CRÍTICAS

DEMONIOS TUS OJOS

La nueva película de Pedro Aguilera, Demonios tus ojos, llega al BAFICI, en la sección vanguardia y género, después de su paso por Rotterdam.

La nueva película de Pedro Aguilera, Demonios tus ojos, llega al BAFICI, en la sección vanguardia y género, después de su paso por Rotterdam.

 

Por Pablo Roldán

Empezamos en lo que sospechamos es un tren o un vehículo que se mueve y asistimos a una especie de sesión entre nuestro protagonista y su psicólogo. La cámara nos presenta solo el rostro de Oliver (interpretado por Julio Perillán), casi que en una confrontación, él tiene poco espacio para respirar y todo huele a señal: la vida de este hombre, que intuimos ya desorganizada, está a punto de encontrarse con la sombra del horror. Aparece, simulando un aviso que ha sido tachado en algún escritorio o puesto de estudio, después de un extraña confesión de Oliver frente a un recuerdo de su infancia, el título de la película.

La película confía en lo provocador, estimulante y perverso de su argumento: un hombre, viendo un video porno, reconoce a la mujer de la escena: es su hermana. En un usual recorrido que tiene Oliver por sitios pornográficos se encuentra con un video, de corte amateur, donde cree reconocer a la mujer que es filmada. La mira repetidas veces y, pausándolo, encuentra cierta conexión con aquel cuerpo. Los ojos de ella no lo dejan de mirar, parece que bastó esa mirada para ser poseído y aprisionado ¿es ahí donde está el demonio, según lo que insinúa el título? En cualquier caso, ese contacto con esos ojos en la pantalla son el momento que marca el declive del personaje. Su espíritu, según parece, dejará de pertenecerle. Decide retomar contacto con su hermana y resolver las dudas (si existen) que le quedan.

El sentimiento, que como hermano mayor se tiene de cuidar, de proteger al hermano menor, en este caso una muy joven hermana, se corroe frente a nosotros bajo el mandato del deseo. Lo que empieza como una inaudita y torpe vigilancia termina en algo casi enfermizo y venenoso. Aguilera, en su película, parece gritarnos que no hay cuerpo que aguante lo físico que una mujer (así sea tu hermana) puede dar.

La película se empieza a preguntar por el lugar del deseo y del sexo, pero al rato ya comienza a derrumbarse por las banalidades cómo lo presenta, no hay rastro alguno de cavilaciones de una puesta en escena compleja o determinada por un juicio más poderoso que el de querer aterrorizar o seducir al espectador por situaciones más familiares a la pornografía que al cine.  El registro de lo sexual se hace sin insinuaciones, sin rutas, de la forma menos elegante y termina por derrumbar lo que ciertas escenas dejaban ver como una ruta interesante sobre los caminos del control.

El tono de contención y misterio que mantenía la película sufre por no resquebrajarse. Allí, donde el caos amenaza con una explosión inminente, la película pierde los estribos: los actores enloquecen y el sentido de incertidumbre se convierte en gritería y frivolidad novelesca, todo empieza a ser un sin sentido, mera provocación básica; ni el “instinto” es visto con el rigor que merece.

Sorprende esto viniendo de un director que desde su ópera prima, La influencia, había dejado ver una habilidad para nadar las aguas de la incertidumbre de los lazos familiares y un poder sin tapujos para la formalidad cinematográfica.

Después de deambular por escenas típicas del común cine para adolescentes (nuestra protagonista es asediada por comentarios desafortunados en la biblioteca, su mejor amiga la ha traicionado, su madre decide encerrarla en su cuarto por “mala conducta”), la película se rehúsa a ahondar en las consecuencias de ir contra corriente. La provocación básica y subrayada parece ser la motivación principal de esta película.

El film finaliza con una cita a Holocausto caníbal (un poco forzada incluso), al fondo escuchamos: “castigo para el adulterio, mejor disfrute”. Todo esto mientras vemos a esa hermana que, ahora convertida en toda una lolita, intenta seguir con su vida.

Por Pablo Roldán

 

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