CRÍTICAS

LA TRAGEDIA EN EL ALMA: EL DÍA DE LOS IDIOTAS, DE WERNER SCHROETER

La mítica película de Werner Schroeter motiva este texto, donde se revisa la visión de lo moral y la forma cinematográfica en la película.

La mítica película de Werner Schroeter motiva este texto, donde se revisa la visión de lo moral y la forma cinematográfica en la película.

Hay un momento en el que nos damos cuenta que lo que vemos es una mentira, todo lo que nos rodea y en lo que solíamos creer se tiñe de falsedad y no hay escapatoria, tan solo rogar por una muerte que traiga calma y paz a nuestra alma. Esta es la situación en la que se encuentra Carole Schneider en la cinta, El Día de los Idiotas, y por la que decide acusar falsamente a tres mujeres desconocidas de terrorismo para así ser alejada y llevada a un sanatorio mental dentro del cual buscará aquel sosiego deseado.

Dirigida por Werner Schroeter, famoso por haber hecho parte de la reconocida Nueva Ola de Cine Alemán junto a grandes nombres como Werner Herzog, Rainer Werner Fassbinder, Wim Wenders y Margarethe von Trotta, esta cinta nos introduce al mundo onírico, por momentos abstracto y delirante, de una mujer que, al no encontrar la posibilidad de comunicarse con la gente que la rodea, no encuentra satisfacción y lleva una vida sin objetivo, en la que solo hay perdición y ansiedad; ante ella se revela una tela que tiene que rasgar de alguna manera para ver qué trata de ocultar.

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El mundo que plasma Schroeter en esta película es asfixiante, sofocante, uno en el que sus personajes viven encerrados entre cuatro muros gigantes, un lugar en el cual pueden desarrollar su desesperación en libertad, una desesperación constituida en un margen existencial, en el que el individuo no localiza su puesto en la sociedad, en el que no consigue encontrar tranquilidad ni la posibilidad de comunicarse.  Las compañeras de Carole, así como ella, no logran adaptarse al exterior, pero, a diferencia de ella, parecen perdidas tratando de explorar aquello que las molesta, mientras que Schroeter intenta acercarla a una respuesta a través de las personas que tiene a la mano: una doctora desinteresada, un psicólogo poco eficiente y un enfermero que, aunque se comporta comprensivo al lado de ella, no logra dar con las explicaciones que ella busca. Todos ellos desempeñan un papel importante en la búsqueda de Carole.

Al principio del filme, todo tiene una apariencia falaz pero verosímil: los decorados se ven frágiles, las paredes dan la sensación de caerse en cualquier momento, los alrededores del sanatorio tienen la apariencia de ser un gran bosque, es fácil darse cuenta de que los árboles están hechos manualmente, que el paisaje está pintado sobre un muro de madera. Apoyado en esta idea, Schroeter no tiene miedo de dejar ver una que otra luz en pantalla, como si todo estuviera tratando de revelar el hecho de que estamos viendo una película, pero nunca se confirma, los personajes aceptan el espacio como lo ven y nunca ponen en duda nada.

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Este es un mundo inestable, en el que la realidad se ve intervenida de manera notable, casi destruida a ratos. Por esta razón, Schroeter lo plasma en pantalla con planos torcidos, casi siempre puestos por debajo de los personajes o en puntos donde se genere incomodidad visual. Sus personajes se mueven alrededor de la cámara en una puesta de escena teatral en la que sus movimientos parecen hacer parte de una coreografía dentro de la que todos tienen un papel que desempeñar y en la que los monólogos que narran hechos traumáticos se lanzan contra el espectador en cantidades alarmantes. Todos tienen que hablar, sacar aquello que llevan adentro. El sonido es un elemento crucial, pues para continuar con la intervención de la realidad propuesta por el director, sale a relucir el hecho de que muchos diálogos no están en sincronía con la imagen, otras veces algunos personajes ni siquiera están hablando y sus voces suenan por todo el lugar. La fotografía hace uso de penumbras profundas para crear una atmósfera impresionista en todo el filme, lo cual va ligado al ambiente tan angustiante que rodea los personajes.

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Todo funciona para hacernos vivir aquello que Carole está sintiendo: la imposibilidad de compresión por parte de un mundo que se muestra indiferente ante sus preocupaciones. Un mundo que se sabe que es hecho de falsedades y mistificaciones, con el que no se puede razonar.

Poco a poco vemos que el descenso se torna cada vez más excesivo y la protagonista pierde el control y la esperanza, hasta dar con la sensación final: el desmoronamiento de la realidad, la destrucción de lo que suponía un suelo en el cual poner los pies.

Schroeter configura en su cinta un viaje deprimente y nihilista, que nos deja sin aliento cuando al final termina disminuyendo al ser humano a escombros y cenizas, lo desnuda frente a la cámara mostrando su lado más patético, llegando a la conclusión de que estamos condenados a una existencia fatídica, a buscar pero nunca a encontrar, predestinados a la coacción y la tortura.

Todo esto queda condensado en un diálogo pronunciado por una de las enfermeras de Carole, que al ver el estado en el que se encuentran las pacientes dice: “Como seres humanos estamos elegidos para sufrir”. Una visión trágica que se expresa en el dolor, pero que al mismo tiempo no tiene trabas en manifestarse con sinceridad y decir todo hasta dejar al espectador anonadado y sin palabras. 

Por Octavio Andrés Tejeiro

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