CRÍTICAS

LAS ESQUINAS DEL CLÓSET: BEACH RATS, DE ELIZA HITTMAN

La película de Eliza Hittman ganó el premio a mejor dirección en Sundance 2017 y  estuvo nominada en otras categoría en Hamburgo y Estocolmo.

La película de Eliza Hittman ganó el premio a mejor dirección en Sundance 2017 y  estuvo nominada en otras categorías en Hamburgo y Estocolmo.

Por Pablo Roldán

Me parece muy bien que empiece a quedar registrado en las películas lo tonto y ridículo que se ven los hombres al hacer más del noventa por ciento de sus actividades sin camisa, al empeñarse en creer que toda estructura a su alrededor es un gimnasio que pide a gritos su utilización, y que entonces están siempre, entre ellos mismos, en una competencia: a ver quién sube más, quien aguanta más.  Beach Rats, de Eliza Hittman,  trata sobre una juventud que se hunde a sí misma, donde los comportamientos de los personajes son indistinguibles, una generación que vive exclusivamente para la noche de la fiesta. “Somos bellos, luego desfigurémonos” escribió alguna vez Passolini para describir la juventud de su época, de esa frase parece nacer esta película.

 

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Como se sabe, la juventud de hoy ha aceptado la cultura del consumismo en su ejercicio de vida, lo que determina que sus aspiraciones giren siempre entorno a mostrar, ser algo para los demás. En la película, el protagonista, en quien se intuye un profundo cansancio en el corazón, está siempre frente a ese dilema: si no está mezclado entre “los suyos” –las beach rats– está acabado, perdido. Tendrá entonces la actitud de un sometido lleno de miedo: sabe que está en medio de una batalla pero no tiene idea alguna de cómo luchar. Su vida está bifurcada. Viven dos personas en él.  Hittman identifica ese conjunto de comportamientos como violencia en estado puro. Este séquito, réplica de muchos otros, tiene en sus manos un arma poderosísima: la intimidación y el ostracismo. Es claro entonces que en estos grupos nadie puede mostrar debilidad, mucho menos admitir que el sexo con las mujeres no le parece tan fascinante como el sexo con los hombres.

En un intento por llegar a términos consigo mismo y con sus amigos aparece la violencia  (estos séquitos de zombies son mundialmente conocidos porque también necesitan dejar claro que son capaces de la agresión física, que son hombrecitos de verdad), los dos que lleva adentro el protagonista parecen llevar su batalla final y Hittman, tan sobria y sugestiva, los escenifica con juegos pirotécnicos.

El detalle con el que se construye la película sólo prueba la fuerza de una realizadora que piensa su cine y es atrevida con sus ideas y personajes. Además, y quizás esto sea lo más importante, es sensible al mundo circundante. Con fuerza muestra esa aridez donde se disfraza el goce y el disfrute ofrecido a la juventud, pero también intuye que, por oscuro que sea el panorama, por laberíntico que se presente, siempre habrá una rendija dispuesta a dejar pasar la luz. No es fácil pero la película, en pequeñas dosis, lo sugiere. Para decir algo se necesita saber ver y Hittman lo sabe. Lo sabe muy bien.

 

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