Escritos

TIFF (05) – DIARIO DEL AÑO DE LA PESTE EN 76 DÍAS

El tiempo de la inmediatez es el tiempo de 76 días. Su objetivo parece ser el estudio de la propagación y las incidencias del fenómeno invisible en los habitantes del centro del contagio. Convicción versus biología. 

 

45° Festival Internacional de Cine de Toronto

Septiembre 10–19/2020

 

Diario del año de la peste en 76 días

 

Hugo Chaparro Valderrama*

Laboratorios Frankenstein©

Enviado virtual a Toronto

 

La advertencia es clara: el gobierno chino controla cualquier noticia acerca de la reacción del país ante el Covid 19. Los distribuidores de la película nos sugirieron entonces, a los críticos y periodistas acreditados por el TIFF, que nos abstuviéramos de mencionar nombres de hospitales o personas en nuestros artículos para evitar represalias estatales. Algo totalmente comprensible cuando 76 días es un documental sin precedentes por el acceso que tuvieron sus realizadores a las clínicas en las que se presentaron los primeros contagiados en la ciudad de Wuhan. 

No se trataba de una petición extraña debido a la manera como la verdad ha sido dudosa y su truculencia implícita. El torrente informativo ha sumado a la confusión por la novedad del virus un desconcierto generalizado que ha hecho del secreto un misterio al respecto del tratamiento que se le dio en sus inicios al Covid-19, insinuándose que el gobierno chino fue cauteloso, tardía y perjudicialmente cauteloso, para revelar el virus –que se pudo presentar o no en Wuhan meses antes del 31 de diciembre de 2019 cuando el gobierno reportó a la Organización Mundial de la Salud una “extraña neumonía” que había enfermado a varios trabajadores del Mercado de Mariscos de la ciudad, anticipándose el desastre planetario cuando la primera víctima oficial de la pandemia falleció el 9 de enero de este año–.

Los reporteros empezaron a cubrir, a principios de 2020, el viaje de la enfermedad que partió de China hacia Nepal, Australia, Malasia, Singapur, Corea del Sur, Vietnam, Taiwán, Italia, Francia, España y el resto del mundo, sumando cifras de víctimas, de contagiados y de pacientes recuperados con una precisión matemática –igualmente dudosa– con la que se demostraba que los números se cuentan fácil, pero se viven difícil.

El documental, que cubre un lapso crítico, desde el 23 de enero hasta el 8 de abril de 2020, cuando el cierre de Wuhan se levantó tras 76 días de pánico, descubre el sufrimiento detrás de las noticias rutinarias y nos permite observar una galería de rostros y situaciones angustiosas; la manera como se enfrentó a la muerte y se confió en la vida; la energía infatigable de los médicos y las enfermeras que se convirtieron en los héroes de una aventura riesgosa; la épica biológica que atravesaron tantos enfermos y el dolor de los familiares que no pudieron acompañarlos en su agonía infinita.

La primera secuencia nos anuncia el tono general de un relato en el que nada está maquillado y se presentan los hechos tal y como sucedieron en el transcurso de los días: cuando una mujer, que está sumergida en un traje antifluidos y a la que se le ha permitido acercarse a la puerta de la habitación donde falleció su padre, sin que pueda abrazarlo para despedirlo, grita con una voz desgarrada desde el interior de la escafandra que la oculta por completo, desfigurada por las contorsiones de la desesperación.

El reloj que se ve en los corredores del hospital se convierte entonces en un verdugo. La medida del tiempo decide la suerte o el infortunio. Sus giros marcan las jornadas sobrehumanas de los médicos y las enfermeras, los maratones que corren de un lado a otro atendiendo a una multitud de pacientes y enfrentando a los que se agolpan en la puerta, esperando ingresar. Concentrándose en dos hospitales y en dos médicos, alrededor de los que orbita una brigada de atención a los enfermos, los realizadores tuvieron la sensatez de filmar la evolución de los hechos, interviniendo únicamente con su cámara al hombro para seguir en absoluto silencio a los protagonistas de una realidad desconcertante.

Una realidad que, a pesar del caos, les permitió contrastar la muerte con la recompensa de una mujer que ingresa al hospital para tener a su bebé. Al mismo tiempo que en una parte del lugar se protege a los pacientes amenazados por el coronavirus, en otro lugar empieza una vida que permite confiar en que no todo está perdido.

Tras el internamiento de los padres en un hotel donde los mantienen en cuarentena, averiguando por teléfono cómo sigue su hija, a la que tienen que dejar en una incubadora en la clínica, vemos un plano sencillo y elocuente: sus manos entrelazadas cuando regresan al hospital y esperan ante la puerta de un corredor vacío que les entreguen a su bebé. La imagen es la semblanza de la serenidad al margen de la inquietud sin tregua que se vive con el virus.

La edición del documental es tan rápida como las situaciones, pero también se permite las pausas de un armisticio clínico cuando los médicos consuelan a sus pacientes, les ayudan a comunicarse con sus familiares a través de videollamadas, se dibujan con flores y leyendas amables sus trajes antifluidos para otorgarles un encanto que les dé ánimos, conversan acerca de lo que quisieran hacer cuando termine la epidemia –por ejemplo, ir a un restaurante y respirar un aire distinto al fúnebre que los ha martirizado–, aparte de anunciar telefónicamente a los familiares el fallecimiento de un paciente o salir del hospital a entregarles sus objetos personales.

Ante el registro aséptico de la pandemia, hecho por una legión de periodistas apresurados alrededor del mundo, 76 días es un testimonio invaluable cuando sus imágenes le hablarán al futuro de lo que fue un presente agobiante. Un testimonio que hace de las huellas del tapabocas sobre el rostro de una enfermera, tatuado tras las horas que ha tenido que llevarlo puesto, un símbolo de su trabajo. Un testimonio en el que nos sobrecoge escuchar las sirenas que detuvieron el movimiento en Wuhan el 4 de abril de 2020, cuando sus habitantes honraron la memoria de las víctimas. Un testimonio que termina cuando se levanta el confinamiento de la ciudad y en los créditos finales del documental se escuchan los sonidos de la vida en las calles, atravesados por el aullido de una ambulancia.  

 

  

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