Cero En Conducta Nº5 / Enero - Marzo 2019

CARTAGENA RESUCITA

Durante la versión 25 del Festival de Cine de Cartagena (hoy FICCI), en 1985, el prominente y siempre lúcido crítico francés Serge Daney visitó Cartagena y otros lugares del país en compañía de Barbet Schroeder. El artículo fue originalmente publicado en el diario francés Liberation (26/08/85). Esta es la traducción de ese artículo hecha por Clara Holguín para el número 16 de la revista Kinetoscopio.

Por Serge Daney

 

El Festival de Cartagena (Colombia) había perdido el camino. Ahora anda sobre rieles. Pero para comprender algo acerca de Colombia y de su cine, lo más indicado es ir a Cali.

“Menos bikinis y más cine”, comentaba una mañana el diario El Espectador. El XXV Festival Internacional de Cartagena comenzaba, en efecto, en un clima extraño de decadencia.

El 14 de junio, los acostumbrados escépticos del Festival observaban, sin creer, un pedazo de papel: el programa. Sí, ¡había un programa! Un año antes, Víctor Nieto, director del Festival, pasaba sus tardes sentado en su escritorio escribiendo él mismo a máquina, la programación del día siguiente. Películas extraviadas, copias perdidas y sensualidades desbocadas habían terminado por darle fama al Festival de Cartagena de fiesta lejana y volátil, vaga reunión de amigos que volvían de Colombia con un aire travieso, las narices tempranamente blanqueadas, bronceados y evasivos. En 1985, la revista Semana hablaba de “un espectáculo insólito” acerca de un festival que, en sus primeros tiempos, había funcionado. Ya era hora.

 

LA PISCINA DEL CARIBE

En 1960, a Víctor Nieto, uno de los personajes más importantes de la sociedad cartagenera, se le metió en la cabeza la idea de hacer un festival de cine para introducir a su ciudad en el mercado turístico Había que competir con Mar de Plata en Argentina. Se debía utilizar el marco colonial del antiguo hotel Caribe y de su piscina olímpica, darle glamour por medio de las estrellas de cine y de pequeños comentarios que se hacen en sociedad, atontar a punta de sol y salsa. Cartagena se convirtió en la principal (sino en la única) villa turística de Colombia (las otras eran, claramente, más peligrosas). Ella era, en la Costa Atlántica, un lugar de seda, lleno de su historia, desplomado en sus murallas, lejos de la áspera Bogotá. Al borde de la piscina del Caribe, bailamos noches enteras y asistimos a la elección de varias candidatas a Miss Mundo Abundaban las curvas de caderas y no únicamente la de las películas, sino también la de las “estrellas”. Se vieron algunos filmes: Hiroshima mon amour (1958), Fresas Salvajes (1957), Jules et Jim (1961), Chinatown (1974) o American Graffiti (1973), entre otros, los cuales disputaron la gran recompensa en forma de estatuilla (la India Catalina). Pero esto no era nada comparado con el hecho de que, en 1961, Virginia Maskell (Virginia qué?) perdió su equipaje y atravesó el Festival descalza, o que en 1972, Rita Hayworth solo abandonó su pieza del Caribe para asistir a una corrida (mientras Polanski firmaba tres mil autógrafos). En 1975, Edith Farfan (sí, ella) se bañó desnuda en la piscina del hotel y, en 1977, Yoko Ono había estado allí, pero tan de incógnito que nadie la vió.

En resumen, la línea que separa al cine del espectáculo estuvo indefinida mucho tiempo. La obsesión de los Nieto fue siempre que las autoridades culturales de Bogotá se interesaran en su festival. La antigua y la nueva capital de Colombia, al parecer, no se querían mucho y después de un intento malogrado de apoderarse del Festival (01-02), Bogotá esperó que la reputación de este pasara de vergonzosa a ser la de un evento de primera categoría. Decían sí a un festival de cine en Cartagena,  pero a uno de verdad. Con un programa impreso, al menos un coloquio, secciones paralelas y un organizador, o sea, una línea de comportamiento de orden. María Emma Mejía, la última gerente de Focine, el organismo estatal encargado de fomentar el cine (de ahí la sílaba FO), le pidió a Atahualpa Lichy que interviniera en la vigésimo quinta versión del festival, Lichy, de origen venezolano pero residente en Francia era conocido por haberse encargado del Festival de Lille y de una sección del Festival de Cannes (“cierta mirada). Lichy era un profesional y no sería difícil importar a Cartagena los usos y costumbres mínimas que debe tener un festival internacional. A cambio, Focine, algunos organismo turísticos y la compañía aérea Avianca co-financiarían el festival. Cartagena y su festival parecían haber vencido.

 

EL CINE ATRASADO

 

Ya más presentable, el Festival se vió envuelto en geopolítica, entorpecedora característica de los festivales latinoamericanos. Existían, además, otros festivales como el de la Habana, cuyo peso simbólico era real, y el de Río de Janeiro, que iba a continuar. Los tres debían programar las fechas para llevarlos a cabo y poder, así, disponer de las películas. Y también se rumoraba que Argentina, envidiosa, quería reiniciar el Festival de Mar del Plata y que, por otro lado, Panamá tenía algunos proyectos en mente.

Esta plétora festivalera sería estimulante si no fuera la imagen inversa de la debilidad de la producción latinoamericana. Es relativamente fácil organizar festivales de cine (o sea, “hacer su propia fiesta” en el cine) y, en consecuencia, sería necesario, por lo menos, impulsar la voluntad de fortalecer industrias cinematográficas nacionales. Esto es cierto en muchos países del mundo.

Pero los festivales internacionales se reducen, cada vez más, a la presentación de algunas películas de cine-prestigio ya vistas en Europa (por ejemplo, París, Texas, 1984), de filmes no-vistos de la producción “arte y ensayo” mundial y retrospectivas. Esto hace, entonces, comprensible la alegría que sienten los cinéfilos locales, las empresas turísticas y las líneas aéreas, aunque el adjetivo “internacional” ha ido perdiendo un poco su color y verdadero significado. Dicha situación es aún más patente (y cruel) en América Latina, la cual vive desde hace algunos años, un retroceso en las dictaduras y un despertar democrático que debería, en principio, impulsar el deseo de hacer cine. Numerosos temas, tomados de procesos históricos recientes, ya no son tabúes. El bello filme argentino de Luis Puenzo, La historia oficial (1985), presentado en Cannes, deja esperanzas de renacimiento. Sería, sin embargo, ingenuo (aunque lógico) pensar que directores y cineastas estén automáticamente a punto de ocupar el terreno. Existe un deterioro en la producción cinematográfica (sumando el gran auge del video), además de la colonización de las salas de cine por parte de los yankees (sin olvidar la vetustez de estas). Hay, sobre todo, un triunfo no compartido del lenguaje televisivo que hace que ya no se espere prioritariamente de los cineastas que actualicen a diario la imaginería social.  Desde Glauber Rocha o Fernando Solanas (finales de los años sesenta) no tenemos la necesidad de atropellar el lenguaje cinematográfico para decir cosas ofensivas. El esperanto del telefilme basta. Punto aparte.

A pesar de haber sido proyectadas en la monumental sala excesivamente refrigerada del palacio de convenciones (bella mastaba moderna, de líneas duras y color arena), la mayoría de las películas latinoamericanas “en competencia” flotaban seriamente en un espacio demasiado teatral. Es mejor, por decencia, no mencionarlas, a excepción de Orinoko, nuevo mundo, de Diego Rísquez, la cual llegará pronto a París.

Hablemos de los argentinos, por ejemplo. ¿Cómo no tener la sensación de que esas historias tan reales sobre los “desaparecidos”, no abren un “camino argentino” en el arte de la narración fílmica, debido a que ya han sido contadas, de una vez por todas, por escritores argentinos, de Borges a Onetti, de Arlt a Cortázar? ¿Llegaría el cine demasiado tarde? ¿Y si la televisión fuera el arte de aparentar que no hubo nunca atraso, como si todo atraso fuera impensable? Solo hago estas –terribles– preguntas porque nosotros únicamente podremos responderlas en el próximo Festival de Nantes que se centrará, precisamente, en Argentina.

 

 

 

CUBA VIEJA

 

Era necesario, sin embargo, que el Festival de Cartagena tuviera acontecimientos realmente importantes. El jurado demostró su mediano “gusto-festivalero”, premiando dos películas que habían ya recibido sus “palmas” en Cannes –la extremadamente refinada Oriana (1985), de Fina Torres, y La historia oficial–, además de confirmar que los premios serían para los premiados. En cuanto a las estrellas, una vez aceptada y lamentada la ausencia de Valérie Kaprisky, fue la presencia de Mario Moreno Cantinflas la que se convirtió en suceso. A los 73 años, el cómico más popular de América Latina encabezó el jurado, sin haber sido nombrado. En una sala de cine de la ciudad (el conmovedor Teatro Cartagena, inmenso y cavernoso) se proyectó, para un público verdaderamente risueño, una retrospectiva de sus películas. Aperitivos como El bolero de Raquel (1956), El portero (1949) o Abajo el telón (1954). No es necesario conocer a este actor mexicano muy personalmente para poder simplemente “respirar” en sus filmes, desconocidos en Francia. Son películas llenas de monólogos, con líneas de fuerza, llena de planos (sí, planos, eso que se vuelto raro encontrar). ¿No habría, pues, ningún suceso en el Festival? Aquello parecía imposible. Hubo, entonces, uno: político. Corrió rápido el rumor de que una película anunciada en el programa fue excluida de repente. Tratándose de la película La otra Cuba, un polémico documental anticastrista de 1983, producido por Orlando Jiménez Leal, director de El super (1979) y co-director junto con Néstor Almendros de Conducta Impropia (Mauvaise Conduite, presentada en Cartagena en 1984), se convirtió en todo un gran lío. Una petición, firmada en París por destacados exiliados (de Goytisolo a Cabrera Infante, sin olvidar a Yves Montand), denunciaba la censura y acusaba a los cubanos de haber impresionado para que se tomara tal medida. Los organizadores del Festival respondieron de manera confusa y el asunto se complicó. En efecto, era lógico entender que los cubanos no se privarían de ejercer presión y también era comprensible que Focine, en vista de las posibles coproducciones con los cubanos, hubiera cedido ante ella. ¿Sería María Emma Mejía la que llevaría el “sombrero”?¿Aprovecharía la oposición política, siempre dispuesta a hacer parecer al entonces Presidente Belisario Betancur como rehén de los comunistas, este incidente? Esto comprobaba, al menos, que entre La Habana y Río, la tronera política del Festival de Cartagena era bien estrecha. Lo más embarazoso era que La otra Cuba (de la cual fue vista clandestinamente una copia en cassette) no merecía en sí el honor de haber creado tanto revuelo.

El filme es una serie de dos episodios filmados por la RAI, donde se alternan documentos de archivos y testimonios de exiliados cubanos en Miami. Las imágenes tienen la indiferencia agria de la película militante mediana, segura de su causa, sin emoción alguna. Nada comparado a Conducta impropia que se convierte en un filme fuera de competencia.

No se puede ignorar que los Nieto, padre e hijo, estuvieran felices creyendo que cada vez que Bogotá se inmiscuía en su Festival era para comprometer en él la soberanía nacional. Focine, organismo creado en 1978, tiene muchas dificultades para ser reconocido y aceptado. Focine tiene enemigos. Recientemente, un abogado descubrió que la existencia de esta entidad era ilegal y que su presupuesto (porcentaje sacado sobre el precio de las entradas de cine, el sobreprecio, revelaba la dilapidación de fondos públicos. El abogado ganó el proceso y Focine ganó la partida con el voto de una ley que ratificaba su independencia. María Emma Mejía no es más que la octava gerente de esta desdichada institución sacudida continuamente por crisis. Su objetivo es noble: impulsar la cultura cinematográfica (por medio de programas de televisión), con miras a obtener cp-producciones con los países vecinos y animar (con préstamos) la poca producción nacional (alrededor de cuatro películas por año). Pronóstico del tiempo: este año, por primera vez, los países latinoamericanos instalaron un stand común en Cannes.

 

EL GRUPO DE CALI

 

¿Y el cine colombiano? Pasemos de largo ante Pisingaña, película de 1984, dirigida por Leopoldo Pinzón, pobre cosa pretenciosa, financiada por Focine. Es más, pasemos también de largo ante Cóndores no entierran todos los días (1984), de Francisco Norden, película más digna, pero que no vale sino por su tema, los “matones” de la época que es sencillamente llamada “La Violencia” (1949-1953 y 1955-1958), violencia paisana al lado de la cual todo lo que hayamos podido ver en cine como violencia parece una fruslería. Queda por decir que el cine colombiano estuvo presente en Cartagena con el cortometraje de Carlos Mayolo, Cali, cálido, calidoscopio (1985), el cual fue premiado. Como su nombre indica, tres veces en una, es sobre la ciudad de Cali y es por eso que Mayolo y sus amigos (L.Ospina, K. Lammassone, S.Romero, E. Carvajal) asistieron al Festival. El grupo, muy unido, es el que más vida tiene en el cine colombiano.

A Colombia no dejan de observarla, es un país disparatado. Bogotá no es la capital del cine y Cartagena es solo la cita anual mundana. Es más bien al sur, en Cali, en la plataforma de la carretera a Quito (“¡tan bella!”) y de la de Buenaventura (“el culo del mundo”, la ciudad más peligrosa del mundo) en donde “aquello” sucede, al pie de Los Andes. Cali es, en efecto, una ciudad clave. Es, ante todo, en el corazón del rico Valle del Cauca, una de las ciudades más expuestas políticamente. Debido al pacto entre el Presidente Betancur y las diferentes guerrillas (especialmente las FARC, comunistas, y el M-19, populista y nacionalista), estas se establecieron en el área periférica de Cali (Yumbo, terrorífico centro industrial, barrios muy pobres como Siloé o Aguablanca), llevando a cabo campañas políticas, reclutando jóvenes, administrando la vida cotidiana.  Pero es también una ciudad con más de un millón de habitantes, pequeña metrópoli cultural, con una fuerte tradición cinéfila.

Cali no tiene ningún complejo frente a Bogotá: se siente orgullosa de su pequeña cinemateca (La Tertulia), de su café intelectual (Los Turcos), de un bar gay muy alegre (el Pine Menor), una tradición en cuanto a revistas de cine tan vivas como efímeras (desde Ojo al cine hasta Caligari), de la belleza de sus mujeres y de su manera artística de vivir la vida (es decir, de rumbiar, construir la vida). Se puede leer en los muro de “Cali, sucursal del cielo” y camisas estampadas “Caliwood”. En fin, Cali tuvo también su escritor genio, Andrés Caicedo, animador febril de cine-club, quien se suicidó a los veinticinco años y cuyo escritos apenas empiezan a ser publicados (Destinos fatales de la Editorial Oveja Negra).

Sería exacerbado hablar de un “cine colombiano”, pero es posible hablar del “grupo de Cali” que, en una quincena de años ha producido una serie de cortometrajes cuya visión ayuda a imaginar una (¡oh, cuán endeble!) pasarela entre el país real y el talento de sus eventuales cineastas. El grupo de Cali saca su fuerza de una larga amistad entre Carlos Mayolo y Luis Ospina, co-signatarios de esos testimonios pasados por el vitriolo que se titulaba Oiga, vea (1971, anti-película sobre los Juego Panamericanos que se realizarían en Cali en 1972), Cali de película (1972, una especie de “A propósito de Cali”, como homenaje a Jean Vigo), Asunción (1975, en la que un mayordomo, en ausencia de amos, mancilla su imagen burguesa) y en especial Agarrando pueblo (1977). En este último filme, la ironía es total. Uno ve a Mayolo en las calles de Bogotá, filmando a los lisiado, pagándole a los gamines para que se lancen a una fuente de agua helada, encuadrando artísticamente un barrio de tugurios hasta que un personaje picaresco y desdentado lo insulta, chapalea con su dinero y echa el equipo a sablazos. Se trata, claro está, de un actor y el blanco de este filme divertido, en el cual se le da cabida a todo, es la explotación cinemato-pornográfica de la miseria.

Se comprende, por medio de esta producción nerviosa y despellejada, algo de la Colombia verdadera, país del cual se desconoce su Historia y en donde la “violencia” es un arte. ¿No inventaron los bandoleros de los años cincuenta el “arte del cadáver”, asombroso y poco conocido, cuyo testimonio son algunas fotos mórbidas de la célebre obra del Padre Guzmán, La violencia en Colombia? ¿Y no es una posición radical de esta violencia la que el país hereda hoy en día, se trate de la mafia de la cocaína o de la vida paralela de los guerrilleros? Preguntas.

No es muy cierto que Mayolo y Ospina, trabajando por separado, mantengan indefinidamente esta energía y ese humor castrante. Su cine-cultura, muy inclinada a la serie B (hay un culto por Chabrol en Cali), el horror vidente y la fantástica crítica social, los llevó a realizar su primer largometraje. No he visto Carne de tu carne (Mayolo, 1983), pero Pura Sangre (Ospina, 1982) me pareció bastante convencional. La estrechez del mercado colombiano y los préstamos venenosos de Focine (préstamos que deben ser reembolsados, lo que hace que los cineastas a quienes se les ayuda sean después arruinados) son verdaderos obstáculos. Pero esto no impide que el grupo de Cali merezca un pequeño homenaje de cinemateca (la Francesa, por ejemplo).

 

“LA VIOLENCIA”

 

El resto de Colombia: un país atormentado. El 20 de junio el Festival de Cartagena andaba a paso lento. Tachuelas en las calles, buses incendiados, la fuerza pública por todas partes. Los sindicatos habían convocado a una huelga general (un paro cívico) con el objetivo de sensibilizar al Presidente Betancur frente al deterioro económico del país. En este vacío creado, todo era posible: provocaciones de una parte de la fuerza armada deseosa de destripar a la guerrilla, provocaciones de sectores disidentes de las guerrillas (como el Grupo Ricardo Franco) deseosos de romper el pacto. Hasta el hotel Caribe, aislado aparentemente del mundo, tenía un ambiente extraño. El paro no contó con mucho apoyo, el país no resbaló. Algunos días más tarde, la prensa anunció que el primer grupo de la guerrilla, el M-19, había roto el pacto y había vuelto al monte, dejando sus campamentos vacíos. Las emboscadas comenzaron de nuevo en casi todo el país y, sobre todo, alrededor de Cali. El 28 de junio, en Génova, murieron 35 personas. En resumen, el estado normal de la violencia se reanudaba.

 

Originalmente publicado en la revista Kinetoscopio; noviembre – diciembre de 1992; número 16

 

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