Cero En Conducta Nº5 / Enero - Marzo 2019

EL AGUJERO

Cine gay, cine queer.

Pero si no tenemos limpio el pecho,

¿cuántos riesgos tenemos que vencer?

¿De qué inquietudes, de qué cuidados y de qué temores

no es desgarrado el corazón de un hombre

que se entrega sin freno a sus pasiones?

Tito Lucrecio Caro

 

No será esta una disertación académica, quien lo espere así se sentirá defraudado. Hablaré sin rodeos y como un espectador apasionado y perverso. Aunque lo perverso es, probablemente, un efecto secundario, resaltable y con doble filo porque tal es el término con el que, despectiva o acertadamente, han señalado varias de las películas que aquí mencionaré.

La penetración explícita en el cine ha sido siempre objeto de discusión y de enfado. Al día de hoy unos segundos de una vagina o de un pene erecto continúan enmarcando a una película en el terreno de lo “no apto para todos los públicos”. Pero la cantidad de películas (de todos los gustos) basadas en la “original” idea de perder la virginidad llena una gran lista. Si bien la imagen explícita de una penetración puede ser agresiva, ciertos contenidos de muchas otras películas son, en mi opinión, mucho más agresivos respecto a lo que nos representa como seres sexuales: ese fervor adolescente de penetrar a las mujeres, de comprender a la mujer como el trofeo, o la extrema sugerencia de  compactar lo femenino dentro de la función plenamente sexual y provocativa. Así mismo, la estigmatizada figura del hombre incapaz de pensar más allá de su sexo.

Es interesante cómo la historia del cine ha establecido una cierta liberación sobre el cuerpo humano, pero persiste la corriente que omite al cuerpo plenamente sexual. Seguido a esto, está la distinción en la construcción del cuerpo humano: el cuerpo blanco, delgado y proporcionado es el que desnuda. El cuerpo negro, indígena, obeso, travestido, transformado, peludo o con particularidades es el que se cubre o, en caso de destaparse, es para conformar un sentido cómico o incómodo de ver (Batalla en el cielo, Nymphomaniac, Love). Entonces el desnudo no es lo que causa impresión sino la condición en que se muestra. De ahí que el sexo lo empecemos a leer lleno de adjetivos: apasionado, puro, deseable y sugerente (sin excederse). Este artículo no es sobre qué debe o no mostrarse en el sexo, pero me parece importante hacer estas afirmaciones para hablar de ese sexo que ha sufrido omisión a causa del pudor y la exigencia de los públicos, ese sexo que es más sucio por la imaginación que por el acto y que carga con los prejuicios y las comparaciones de los demás: la penetración homosexual.

Uno de los directores más mencionados al hablar (o generalizar) del cine queer es el alemán Fassbinder, quien inmortalizó una provocativa relación entre la homosexualidad y el cine que hasta hoy continúa inspirando a generaciones. Quizá su mayor logro es impulsar una presencia de personajes homosexuales tan adheridos a la sociedad que no dan chance al espectador de cuestionar o subrayar con prejuicios. Es una declaración y una imposición de adquirir el cine por sí mismo, sin detenerse a dar explicaciones como muchos de los directores gais se creen obligados a dar.  En Querelle (Fassbinder, 1982) vemos el coraje y el sentido irónico con el que asume la sexualidad entre dos hombres. Construye un contexto sumamente erótico y voltea las cartas sobre la pasividad en el sexo homosexual. La historia en la película gira constantemente sobre el eje de ser penetrado en aquel contexto tan varonil y oscuro. El personaje Querelle, constantemente rehusando a su homosexualidad, sólo desea que lo penetren por placer y es incapaz de ser activo en el sexo porque, para sí mismo, sería demostrar un gran amor que aún no está listo para dar: el de un homosexual. La vuelta de Fassbinder tiene que ver con la otra cara de aquella idea “racional” de que el hombre activo es el que más cerca está de permanecer como macho. Todo lo contrario sucede en gran parte del cine gay (incluso en el contemporáneo) que promueve la pasividad como la sumisión a un otro o la entrega del cuerpo, manteniendo la misma idea de culpa con las que se enseña sobre la virginidad del cuerpo femenino.

El cine queer ha destapado y renovado el cuerpo humano desde propuestas sobre la liberación sexual. Un cine provocativo y consciente de la prohibición y la negligencia con las que es observado. Es importante resaltar las prioridades que se han destacado dentro del cine queer entorno a las relaciones sexuales entre hombres: la promiscuidad (Beach Rats, Mysterious Skin), el descubrimiento (Moonlight, Maurice) y la enfermedad (Test, Milk). Estas “categorías” simplifican brevemente el encuentro entre el cine, el sexo y el homosexual.  En nuestra sociedad, los contextos sexuales entre relaciones de hombres también son categorizados de la misma manera: resaltar la gracia (o lo vulgar) de hombres manteniendo relaciones, de asumir los roles “femenino” y “masculino”, y el de disfrutar juzgando quién hace qué en su intimidad. Muchos directores y directoras de cine han insistido en los mismos prejuicios dentro de sus películas, comprendiendo la sexualidad sólo desde el deseo y asumiendo, libremente, que el sexo homosexual es de caricatura, sencillo y plástico. Es probable que se deba a varias razones: directores que entienden o creen entender las relaciones homosexuales desde el hambre sexual del hombre y, por ende, asumen que la sexualidad es tan pasajera y orgánica como la de heterosexuales. Además, el sexo homosexual se ha caracterizado a través de la historia por estar enmarcado en contextos prohibidos. Hace años las únicas posibilidades de tener contacto entre homosexuales eran encuentros exclusivamente sexuales, dados en contextos de oscuridad, de lo escondido. De allí esa angustia de directores de parecer “muy explícitos”, como si el cine o el arte en general tuviera un manual de qué se debe o no mostrar.

It is not the homosexual who is perverse, but the society in which he lives (1971), documental de Rosa von Praunheim, persigue y reflexiona sobre la actitud que la sociedad impulsa al hombre a creer qué es y debe ser. Los baños públicos, los fetiches del cuero, los saunas, y la lista sigue, permitieron una expresión sexual libre, espacios que se organizaban desde el deseo porque no podían (o no pueden) darse a la luz del día. Los homosexuales buscaron o crearon estos sistemas para que la sociedad no los encontrara, producto del miedo. Han pasado las décadas y permanecemos en una sociedad que continúa limitándonos; si en el cine hay homosexuales, que follen fuera de cámara; la excusa: eso “no tiene relevancia”,  eso incomoda y es un exceso.

Pasolini reinventa la noción de sexualidad en el cine, destapa un fervor y una complicidad entre espectador y pantalla, comprendiendo el desnudo y el sexo desde diferentes puntos. Salò (1975) resulta como una exaltación de lo pervertido, de lo vicioso, lo oscuro y, sin embargo,  es una película que no deja de reflexionar en torno a la postura de un sexo desenfrenado, un sexo incapaz de diferenciar entre lo hetero u homosexual, tan necesario para el público. Replantear la idea del sexo en el cine, detener su cotidianidad o su simple función dramática. Pasolini, como homosexual, comprende que el sexo no puede ser algo natural en el cine si no lo es en la realidad. Teorema (1968) se construye desde lo que genera el deseo por lo prohibido socialmente, no es una simple atracción sexual lo que sentimos, es hambre, es ansiedad, es lo animal. Por eso encuentro tan irónico omitir el sexo y el deseo entre hombres, construir personajes homosexuales por que sí, y asumir que sus deseos sexuales son iguales a los de todo el mundo: Moonlight (Barry Jenkins, 2016) o Freier Fall (Stephan Lacant, 2013), entre muchas otras películas que simpatizan y deliberan sobre la vivencia homosexual, tanto personal como social. Asumir al homosexual sólo en una de estas caras es la evidencia de que persiste el prejuicio en el cine. Los sentimientos entre heterosexuales y homosexuales no son diferentes, pero el contexto limita y atropella al homosexual. El heterosexual, de entrada, no siente culpa por lo que desea, no es minoría, no oculta gran parte de su vida qué le gusta y está en un contexto donde está del lado “correcto.” Los del lado oscuro, en cambio,  viven en la indiferencia y sus sentimientos están encadenados, por la sociedad o por ellos mismos. El silencio de tantos años, la burla y ofensa de otros, dividen y cambian la forma y exposición de los sentimientos.

Las películas heterosexuales sobre la pérdida de virginidad entre hombres y mujeres son numerosas, están las franquicias de comedias ofensivas de Hollywood, donde se simplifica la sexualidad desde el pudor y se expone, radicalmente, la idea de poder “sentirse hombre” después de haber tenido sexo. Esta enfermiza persecución por perder la virginidad permitió la construcción de personajes estereotípicos basados en la sexualidad, evocando la idea del nerd como el fracasado sexualmente, el macho alfa como el que puede tener sexo con quien quiera, y los ejemplos siguen… Otras películas, en cambio, plantean la pérdida de virginidad desde acercamientos más sugestivos: The virgin suicides (Sofia Coppola, 1999), Kids (Larry Clark, 1995), Jeune et jolie (François Ozon, 2013) o À ma soeur! (Catherine Breillat, 2001), donde la mirada es mucho más radical o sensata sobre lo que es la entrada al mundo sexual.

 

Fresco romano

Boquitas Pintadas. Columna de Miguel Fajardo

Diferente a la cantidad de películas gay donde el paso no es de madurez sino de aceptación, por un lado de ser homosexual y por el otro de asumir un rol pasivo. El cine ha contribuido a construir la imagen, tan diferente, entre el activo y el pasivo. Y además se ha omitido, en un gran porcentaje, la pérdida de virginidad, como si no tuviera el mismo valor y la misma presión que para los heterosexuales. Es continuar con la idea de asumir que, por ser hombres, en la primera vez sólo hay pasión y deseo. Es decir que mucho cine asume, cómica o despectivamente, la representación del rol pasivo y, además, se despacha su revisión sobre “la primera vez”, cayendo en la falsa creencia de que es normal o poco importante. Todo lo contrario.

Claro, hay películas que han planteado el miedo a la penetración, como Closet Monster (2015) de Stephen Dunn, pero recaen en la idea de un trauma y lo que hacen es, nuevamente, asumir el inicio o no-inicio sexual desde comodines dramáticos. Y no se trata de exigir el sexo como eje de una película con personajes homosexuales, pero de reflexionar sobre lo que no se enfrenta en el cine. En Call Me By Your Name (Luca Guadagnino, 2017) es delicada la precisión del sexo entre la pareja, para Elio es un cambio perder su virginidad con otro hombre, cambio tan drástico que no pasa invisible y no es solo por ser un adolescente, sino que está aceptando una agresión placentera en su cuerpo. Y por ello la película no es sólo un romance homosexual, es un gran cambio, una aceptación, una verdad que sale a flote.

Creo que el sexo, junto a la muerte, son los actos peor disfrazados y asumidos en el cine. Ambos actos se hicieron tan cotidianos en el cine que pareciera que no importan realmente. Además, el sexo en el cine propone y limita a los personajes homosexuales, asumiendo que el hombre gay “al que se le nota” es pasivo y al que no, activo. O, en cambio, la construcción de una pareja en la que a ninguno “se le note”, proponiendo, nuevamente, ver o entender al homosexual como alguien “normal” y asumiendo que existen ventajas en parecer heterosexual. En este sentido no “pierde” su masculinidad si tiene sexo y es pasivo, como si este estándar de hombre, de alguna manera, reemplazara la idea que se tiene de homosexuales, de maricas, de locas con pluma. ¿Necesitamos que nos quiten esta imagen? ¿Precisamos ser machos para que nos den por el culo sin escándalo?

El terror que, aparentemente, causa una vagina o un pene erecto en pantalla resulta de las convenciones que han permitido que películas como Love, de Gaspar Noé, o Nymphomaniac, de Lars Von Trier, adquieran un supuesto prestigio por su “polémica”. No son más que  películas pasajeras, aburridas y plásticas a lo absoluto. Esa polémica que existe sobre el cine no es más que el reparo para una sociedad hipócrita, que asume el sexo en la oscuridad pero que mantiene a la pornografía con índices de búsqueda elevados. Claramente el sexo en el cine sigue estabilizado y estandarizado. ¿Cuál es el escándalo en encontrarnos entre cuerpos? En comprender que dos hombres tienen sexo y que les duele, que les gusta, que se ensucian, pero que eso no los detiene, entienden que todo eso bien lo vale. Privarnos en el cine de un encuentro natural es, de muchas formas, estandarizar y determinar lo que está bien y lo que está mal, es sentir pena por lo que somos y nos gusta hacer, es darle palmaditas al amigo heterosexual para que no se incomode si ve un par de huevas peludas, un condón sucio o semen sobre un pecho peludo, una nalga o un cachete.

Y esto no ocurre sólo con el cine homosexual, también la figura de la mujer ha sido tratada de absurda y plana,  (siempre depiladas, delgadas sin imperfecciones, gimiendo bajo cualquier hombre) y, a veces, da la impresión, lo único que se muestra de ellas son sus senos. Catherine Breillat, directora francesa, también se detiene en ello, en Anatomy of hell (2004) propone el sexo de una mujer en su período, porque así sucede y sí es una imagen “agresiva”. Ambos casos están directamente relacionados con el machismo, con lo que aquellos quieren o no quieren ver, con lo que “está bien” o “está mal.”

Otros han encontrado caminos para contemplar el deseo y la sexualidad homosexual desde horizontes más interesantes: el sexo como respuesta a la masiva construcción de una nueva clase media (Nova Dubai, Gustavo Vinagre, 2014), el fetiche y la explotación del cuerpo hasta animalizarse (O Fantasma, Jõao P. Rodrigues, 2000), el espacio como protagonista sexual (L’inconnu du lac, Alain Guiraudie, 2013) o en el grito sexual como protesta frente a la enfermedad y la indiferencia (BPM, Robin Campillo, 2017). Miradas que asumen la sexualidad entre hombres desde una naturalidad con matices, reevaluando lo que representa el contacto sexual, la relación del hombre con su cuerpo y el de los otros. Es comprender el acto sexual desde una iniciativa política y que no pase invisible para el espectador.

El sexo entre homosexuales no es simple, no tiene una coreografía, no puede encerrarse entre dos roles y, sobre todo, no es puro. Tampoco ser o querer ser pasivo en una relación es una decisión cualquiera; sí, los hombres sufren y temen perder la virginidad, como cualquier persona, y también les preocupa el pudor, la exigencia y reacción de su compañero sexual. Y no es algo que deba ser representado en el cine en cada ocasión, pero el asunto sí puede reflexionarse, comprender que la sexualidad gay no está enmarcada únicamente en roles o en contextos. Incomodemos, hablemos desde nuestra verdad, desde nuestra diferencia, desde nuestra suciedad. Recordemos siempre las palabras de Lemebel: “Yo no pongo la otra mejilla, pongo el culo, compañero. Y ésa es mi venganza.”

 

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