Cero En Conducta Nº5 / Enero - Marzo 2019

LA ETAPA MÁS FELIZ DE LA VIDA

Eighth Grade, de Bo Burnham

Cuarto oscuro iluminado apenas por unas pequeñas luces de colores, es de noche,  vemos solo el brillo de una pantalla de celular y el reflejo de la cara ansiosa que mira una a una las diversas publicaciones que van apareciendo sobre las distintas redes sociales: Instagram, Twitter, Snapchat. Hay muchos likes que dar, filtros que utilizar, comentarios que escribir.

Son los últimos días de Kayla en octavo grado, dentro de poco terminará la secundaria, cambiará de escuela, y, con suerte, la preparatoria será mejor. Digo con suerte, porque  ella me hace pensar en cómo cierra su diario personal el joven protagonista de El principio del placer, cuento de José Emilio Pacheco: “Si, en opinión de mi mamá, esta que vivo es “la etapa más feliz de la vida”, cómo estarán las otras carajo.”

Efectivamente la adolescencia,  la despreocupada juventud puede aparecer como un momento feliz en numerosos relatos, una etapa ligera de pocas responsabilidades. En numerosas películas y textos se exploran los diez o once años, cuando se comienza a dejar atrás la niñez pero aún está muy próxima; o  las inquietudes de los dieciséis, diecisiete, el mundo adulto que parece asomarse a la vuelta de la esquina mientras descubrimos el amor, el sexo o las verdaderas amistades. Bo Burnham, en su primera película, opta, a mí parecer, por un camino menos transitado y pocas veces visto en la gran pantalla: los terribles trece y catorce. Una edad que marca el inicio de ciertas definiciones trascendentales: las preguntas sobre quién somos o quién queremos llegar a ser están ahí, pero aún es casi imposible pensar en separarse del entorno que nos rodea para buscar respuestas. Queremos ser aceptados, pertenecer, pero no nos pertenecemos ni a nosotros mismos, atrapados en un cuerpo en plena transformación que aún, él tampoco, es lo que será algún día.  Para hablarnos de todo esto, Burhman, quien también escribió el guión, decidió que retratar unos días, justamente estos días de cierre para Kayla, serán suficientes, no sólo para conocerla a ella sino, sobre todo, para acompañarla en eso que vive a diario, esa especie de montaña rusa , como lo describe ella misma de manera acertada, en donde todo el tiempo tiene la ansiedad de que se aproxima la caída pero nunca el alivio que llega después de caer.

Algunas cosas quedan claras rápidamente, como que no hay mamá en esta historia, ignoramos las razones, Kayla ha crecido bajo el cuidado de un padre amoroso que intenta acercarse a una hija que no sabe aún cómo leer y que por instantes desconoce, por qué se enoja de repente, se encierra en su cuarto o por qué la encuentra en la cocina con un banano, ella que le dijo detestarlos, ¿qué esconde?, ¿qué le ocurre?, ¿por qué está tan irritable y triste?.  No deja de llamar la atención que Bruhman escogiera generar este vacío femenino en el hogar. La ausencia de una madre, de un referente femenino, en una edad en donde, justamente, suceden tantos cambios, no parece anodina, seguramente esto hace que Kayla se sienta aún más perdida y que busque desesperadamente esa mirada que necesita para construirse.

Kayla, por su parte, se ha convertido en una gran observadora: lúcida e inteligente es capaz de ver lo que necesita para cambiar lo que la afecta y sentirse mejor,  y en plena época de redes sociales ha pensado que debe comunicárselo a otros. Con sutileza, el director explora los límites entre un yo en crecimiento y los otros que son en realidad dos: una masa informe, compuesta por ojos que verán nuestros videos, fotos y darán likes, y otra, próxima, real, la de los compañeros, mucha veces hostiles, que caminan diario a nuestro lado.  Frente a esas dos miradas, tan diferentes, se desenvuelve Kayla. Frente a los espectadores anónimos se muestra maquillada, decidida y segura de sí misma, hace videos para su canal de Youtube en donde puede aconsejar, metaforizar sobre lo que le ocurre y contar su historia desde otros ángulos, mientras espera visualizaciones o, mejor dicho, ser escuchada, dialogar de alguna forma con alguien. Frente a sus compañeros, en su vida cotidiana, al contrario, es reconocida por su silencio y timidez , mecanismos de defensa que ha utilizado durante años en esos pasillos en donde no consigue encajar.

El cuerpo es un protagonista importante de esta historia, Burhman lo pone al centro del relato, la cámara sigue de espaldas a Kayla mientras deambula por los corredores o se aventura en una fiesta, quizás esto nos hace pensar en Elephant (2003) ,de Gus Van Sant, pero aquí no es esa sensación de rutina y aburrimiento lo que planea: la cámara que sigue a nuestra protagonista, esa que nos permite espiar su intimidad, nos transmite todo el nerviosismo y ansiedad que ella experimenta, aquí no hay rutina, ni rostros conocidos, sino la sensación permanente de entrar a un campo minado en el que se está en peligro, –¿de qué o qué?–permanente.

Elsie Fisher, la sorprendente actriz que encarna a Kayla, consigue que todo se vea real y natural, camina torpe y desgarbadamente, dueña de un cuerpo que aún no consigue dominar (algunas no lo logran nunca),  entre incómoda y ajena de sí misma. Su rostro puede verse perfecto gracias al maquillaje pero también en proceso de mutación, cubierto de granos (nunca antes el acné se vio de esta manera), y así sale a enfrentarse al mundo mientras desea, o cree desear, al niño guapo del salón, a ese a quien el acné no parece atacarlo y exuda seguridad y confianza en su gélida y egoísta mirada.  Burhman nos muestra a Kayla desde distintos ángulos, la hace divertida, nos permite reírnos un poco de ella, de sus clichés pueriles, de la manera cómo mira anonadada al que le gusta, de sus deseos de encajar, de su torpeza e ingenuidad pero entonces, nos asoma a otras esquinas, a lugares donde intuimos los peligros a los que está expuesta y lo terriblemente injusto y cruel que puede ser el mundo cuando alguien se siente tan inadecuado e indefenso. Entonces, no da risa. En realidad, nos hemos reído de la situación absurda pero no de ella, a Kayla solo queremos abrazarla y susurrarle que todo va a estar mejor aunque nosotros mismos no no lo creamos del todo.

¿Quién soy y qué quiero? Kayla lo intuye, tiene atisbos, instantes luminosos en los que se  escucha, sigue sus intuiciones acertadas o recibe miradas de otros sobre sí misma que le devuelven una imagen que le gusta.

Los hombres no son dejados de lado en este relato centrado en un personaje femenino, de manera tangencial Burham explora la masculinidad gracias a diversos personajes: el padre, el amor platónico, el chico de la preparatoria o el primo divertido de la odiosa del curso. Cada uno representa diferentes formas de asumir la masculinidad y señala, de cierta manera, que no es tan fácil ser visto cuando se asume un rol menos tradicional al que se espera comúnmente de un hombre adolescente.  Me parece oportuno aquí mencionar, precisamente, la reciente Mid90s (2018), de Jonah Hill, protagonizada  por un muchacho de 13 años buscando su sitio, sin embargo, en el mundo masculino parece, invariablemente, haber muchas menos palabras y sí más presencia de la violencia.

El color predominante  en toda la narración, incluso en el afiche, es el amarillo. Está en el tono del pelo de Kayla, en su camisa amarilla que contrasta con su mochila azul pálida, en diferentes objetos, en las paredes, en la cálida luz que ilumina cierta escenas o en el reflejo del fuego en los rostros de padre e hija frente a una hoguera catártica. El amarillo da un sensación de calidez  hacia el personaje, una suerte de luz íntima, a ella la sentimos cercana, próxima, por otro lado, de alguna manera, es un color que también simboliza cierto optimismo frente a las situaciones que vive la protagonista. La banda sonora ayuda también a introducir un elemento dulce y esperanzador que, a pesar de los sobresaltos y angustias, no deja de estar ahí. Burhman se encarga, precisamente, de cerrar con ese tono este fresco de tan difícil edad y no deja de hablarle, seguramente, a todos aquellos que se han sentido alguna vez desadaptados e inadecuados. La soledad siempre ha estado ahí pero quizás, ahora, en esos cuartos oscuros iluminados por la luz artificial del celular, se sienta más grande que nunca,  solo falta recordar que detrás de la pantalla también hay personas y que algunas, además, están deseosas de conocernos en la vida real.

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