Cero En Conducta Nº5 / Enero - Marzo 2019

LA OTRA MIRADA. CONVERSACIÓN CON PABLO MORA A PROPÓSITO DEL CINE INDÍGENA EN EL FICCI

Sembradoras. Cine indígena

Por primera vez en el FICCI habrá una muestra de cine indígena. Pablo Roldán y Diana Ospina Obando se reunieron a conversar con Pablo Mora, uno de los curadores y de las personas que más sabe sobre el tema en el país, sobre esta muestra y lo que, como espectadores, podemos esperar de ella.

 

Diana Ospina Obando : ¿Cómo aparece ese interés tuyo por el cine indígena?

Pablo Mora: Yo soy antropólogo, disciplina en la que me formé, y siempre he sido un amante del oficio cinematográfico, de manera que esa relación siempre ha estado desde el comienzo. Además, he hecho películas a partir de mis trabajos de investigación o de campo en territorios indígenas, entonces esa relación con el mundo indígena ha sido siempre sustancial a mi oficio. Investigador y cineasta. Mis primeros trabajos fueron en el Cauca hace muchísimos años, todavía siendo estudiante. Después estuve en el Amazonas haciendo unos trabajos mucho más sólidos con los Yucuna de Puerto Córdoba, una comunidad del Bajo Caquetá. Ahí hubo un giro porque en vez de hacer películas pensé que lo ideal era acompañar a hacer películas por parte de los indígenas y ahí transformé radicalmente mi manera de acercarme a la realización audiovisual. Me convertí prácticamente en asesor de colectivos de realizadores indígenas recientemente formados o que ayudé a formar. Con este énfasis empecé un proceso en la Sierra Nevada de Santa Marta en el 2006, acompañando y fortaleciendo un colectivo que se llamaba Zhigoneshi,  una palabra que quiere decir en Kogui “yo te ayudo, tú me ayudas”. Este fue un colectivo conformado por Koguis, Wiwas, Arhuacos que veían en el video una necesidad urgente para hacerle frente a la violencia y al conflicto armado que los azotaba. Cuando yo llegué, la Sierra era un territorio de mucho conflictividad. En medio de una crisis humanitaria el video ayudó un poco a divulgar esa situación.

Lo importante de este proceso es que nosotros no solamente los contemos a ellos sino que ellos se cuenten  a sí mismos y le cuenten al mundo lo que quieran, sin filtros. En eso he estado estos últimos años.

 

Pablo Roldán: ¿Con tu experiencia, qué ves en esa diferencia entre el cuento propio y el cuento de otros? ¿Cómo describir lo que separa al uno del otro?

PM: El cine en el que los indígenas se cuentan a sí mismos tiene un nombre técnico, se llama cine de auto representación.  Hay un malestar profundo por la forma en cómo han sido representados por los otros, llámense cineastas, antropólogos, escritores, misioneros, funcionarios o artistas. Malestar que tiene muchas aristas, no se puede generalizar. Por ejemplo, los Nasas, del Cauca, siempre han hecho una crítica de que la forma en que los han representado ha sido asociarlos a la violencia, a cierto tipo de terrorismo, a las mingas violentas, los muertos, al enfrentamiento con la policía. Eso, a su juicio, los ha criminalizado con estereotipos muy negativos. En otros casos, como en el de la Sierra, el malestar proviene de que no en todas las películas realizada allí los tratan a ellos en igualdad de condiciones. Los Arhuacos, por ejemplo, se quejan de que las películas que se han hecho casi siempre han retratado el mundo Kogui como si ellos no existieran.  La otra sensación es la de ser exotizados, ser considerados como unos seres parecidos a los lamas del Tíbet. Así, en efecto, ha ocurrido, en las películas de Alan Ereira, Aluna o Desde el corazón del mundo, por ejemplo, tienen siempre ese tinte exotista, misterioso, espiritual, lo que no quiere decir que no tengan algo de esto pero es incompleta la representación.

Eso, entre otras cosas,  los ha obligado a tomar las cámaras en sus manos. Y esto es muy importante decirlo, aunque ya hoy cambia un poco, pero al comienzo los indígenas cogen las cámaras no por amor al arte, como podría hacer un cineasta de oficio, ni por el amor al dinero, como puede ser un productor de la industria, sino por una necesidad. Una necesidad de contarse y buscar aliados, de buscar estrategias. Suena muy político pero en el fondo es un cine político como cualquier otro, lo que no quiere decir que siempre sea de denuncia. Hay películas hermosísimas que no tocan el tema de la denuncia. Y no porque no quieran o porque no exista sino porque su visión de contarse pasa por otros lugares y no por la protesta.  Un ejemplo rápido: las películas de los años 60 del antropólogo Antonio Vidal Rozo sobre la Sierra Nevada de Santa Marta tuvieron mucho impacto en la audiencia nacional. El valle de los Arhuacos o El alma indígena,  son películas hechas con un propósito evangelizador y consideraban a los indígenas de la Sierra alcohólicos, brujos, diabólicos, perezosos y asesinos. Amado Villafaña, director arhuaco se propuso controvertir ese imaginario y realizó una obra muy interesante que se llama Nabusímake, memorias de una independencia  donde expone el punto de vista del pueblo arhuaco sobre esa historia con los capuchinos y la controvierte. Uno como espectador se puede dar cuenta de esos dos puntos de vista y de la injusticia capuchina.

Ahora, hay un asunto que vale la pena señalar: ese cine indígena que está emergiendo (realmente lleva apenas un poco más de una década) cuenta otras cosas o las cuenta de otra manera en un proceso de maduración que todavía no termina. Estéticamente esas películas tienen unas particularidades que nosotros, a veces,  no comprendemos porque hemos sido habituados a ver el cine de una manera y a que las buenas películas tengan unos ingredientes que de golpe no tienen todas las del cine indígena. Esa es una discusión que está en el seno de los realizadores indígenas hoy en el país: “¿Cómo nos contamos?, ¿qué es lo propio nuestro?” Unos responden: “Queremos parecernos a las películas de la industria para que nos vean, nos disfruten y nos conozcan; otros dicen:  “No, nosotros no narramos aristotelicamente, con conflictos narrativos, ni estamos esperando enganchar al espectador para que se quede. Tenemos un ritmo de vida que debe ser equiparable al ritmo cinematográfico”. Ahí hay controversias que nunca van a terminar. De manera que uno debería aprender a ver, aprender a desmontarse y acercarse a una obra como quien descubre por primera vez algo nuevo. No quiere decir que sus formas narrativas sean menores sino distintas, porque también hay mucho prejuicios. Yo creo que nosotros como colombianos deberíamos realmente aceptar esas otras formas de narrar, esas otras estéticas que no circulan en los medios, en las pantallas, en las plataformas, o que apenas empiezan a circular y como son cines nuevos no es fácil descifrarlos. Creo que en unos años esto va a cambiar rotundamente.

 

DOO: ¿Cómo se articula entonces la muestra del FICCI?

PM: Felipe Aljure, director artístico del FICCI, ya había pensado en la realizadora Wayú Leiki Uriana como curadora, después me llamaron a mí. La buena decisión de Felipe, que no debió ser fácil, de involucrar estos cines emergentes de poblaciones que han sido excluidas por las políticas públicas y las industrias es un riesgo tremendo que hay que agradecerle enormemente. El FICCI no es cualquier vitrina. La crítica de las obras es muy exigente tanto por los curadores como por el propio público. Pero yo creo que es importante celebrar esa decisión.

Leiki Uriana había hecho un ejercicio de curaduría muy acertado junto a Juan Carvajal que yo ayudo a complementar con otros títulos y directores. Como Felipe Aljure quería hacer una muestra “diagnóstica” yo propuse que se privilegiaran las películas hechas por indígenas. Sugerí además de los directores de la Sierra Nevada de Santa Marta como Amado Villafaña Chaparro (Naboba) y Rafael Mojica Gil (Ushui, la luna y el trueno) una de Gustavo Ulcué Campo (Ya’ja) y una de Mileidy Orozco Domicó (Truambi) que son películas hechas para televisión lo que representa un riesgo de incomprensión sobre sus tratamientos. Pero pienso que si los indígenas no han pasado a las pantallas de la industria del cine no es porque no quieran sino porque no han tenido esa oportunidad. Las convocatorias étnicas de la ANTV les ha permitido incursionar en la televisión. Deseable sería que hubiera líneas étnicas en las convocatorias del FDC, pero eso, desafortunadamente, todavía no ha ocurrido.

La muestra combinó varios criterios: la primera fue la selección de obras de autoría indígena. No es lo mismo hacer cine sobre, que cine desde. No es un cine indigenista, sino propio. Hay películas Wayú, Nasa, Arhuacas, Wiwas. La segunda fue escoger también otras películas, llamémoslas, interculturales, hechas por indígenas y no indígenas; inclusive dirigidas por no indígenas pero con actores indígenas, como por ejemplo Hermanas Jarariju, de Jorge Cadena, una película tremenda, con una puesta en escena muy refinada. Y la tercera fue preguntarse por películas indígenas extranjeras. Solo hay una película peruana, Sembradoras de vida, de Diego y Álvaro Sarmiento, que propuso el fotógrafo y activista Wayú David Hernández Palmar, que le ayudó a Leiki en la curaduría, David se mueve en la escena internacional como pez en el agua; por ejemplo, ayudó hace unos años a seleccionar la muestra indígena en la Berlinale, un antecedente importante.  

El cine indígena a nivel internacional es muy fuerte. En Australia, Canadá, Japón y especialmente en Latinoamérica es tremenda la presencia indígena en festivales y pantallas de cine. El Festival de Cine y Video de los Pueblos Indígenas de CLACPI es uno de tantos. Aquí en Colombia hay muestras regionales especializadas en cine indígena y a escala nacional está Daupará, la primera muestra de cine y video indígena que lleva 10 años circulando en Bogotá y en territorios indígenas. Estamos hablando de una cinematografía pujante, a pesar de que tenga otros horizontes y otras finalidades. Para resumir, esas tres miradas: películas propias –la mayoría–, películas hechas por no indígena y películas internacionales caracterizan esta muestra del FICCI.

 

PR: ¿Cuál crees que es el diagnóstico que va dar la muestra al espectador que se aventure a ver estas películas?

PM: Primero que el cine indígena es diverso, a pesar de que no todos los pueblos indígenas que lo practican (unos 50 de los 102 pueblos que existen en el país) están representados. Casi todos los directores de esta muestra son personas que llevan ya casi una década de trabajo y quieren incursionar en la industria. Entonces el primer elemento del diagnóstico es que, siendo un cine emergente, no podemos decir que esté consolidado en una tradición, o que el panorama narrativo indígena esté maduro. Sería una exageración decirlo. El segundo elemento es que este cine es potencialmente interesante y novedoso narrativamente. Hay películas que nos van a cambiar la manera de ver y entender el cine; películas donde uno va a encontrar otras sensibilidades y otras manera de ver este país. Un cine intimista hecho por vecinos que han estado aquí hace miles de años y que la mayoría de la sociedad colombiana desconoce. Acercarnos a sus pensamientos y prácticas culturales, a sus demandas y urgencias, a sus lenguajes y modos de contar diversos es algo que van a agradecer los espectadores.  Ojalá impacte para bien a ese público que reclama nuevas cosas.

Es crucial la diferencia cultural en el mundo. Si todos nos vamos a parecer, qué monotonía. Si la industria se empecina en que solo se privilegian obras que tengan unos mismos moldes narrativos, va a ser igual ver una película japonesa, una película embera o de algún director bogotano.

Creo que también va a propiciar una sana discusión sobre las películas que se han hecho sobre los indígenas: películas de éxito, como El abrazo de la serpiente o Pájaros de verano, o La eterna noche de las doce lunas, o, precisamente, una que va a estar en el Festival –sección La gente que hace cine y lo que el cine le hace a la gente–, Marquis de Wavrin, du manoir à la jungle (2017), de Grace Winter y Luc Plantier, basada en las expediciones que hizo el Marqués Robert de Wavrin en los años 30 por toda América. Este expedicionario visitó entre otros lugares a la Sierra Nevada de Santa Marta; allí filmó y escribió un libro famoso, Les Indiens sauvages de l’Amérique du Sud. Este marqués conoció  a un personaje en la Sierra que se llamaba Duane Villafaña y se hicieron amigos, al punto que le tomó muchas fotos y aparece en sus películas. Más de setenta años después Grace Winter descubre ese archivo y hace esta película. El hijo de Duane, el director Amado Villafaña Chaparro que hemos mencionado, también presentará una de sus películas. Cuando Duane murió, Amado tenía unos ocho años. De manera que para él fue impactante ver a su padre en esas fotos y películas de Wavrin. Estoy seguro de que el encuentro entre Grace y Amado va a ser muy especial. Yo he estudiado la obra de este marqués y he sido un poco crítico sin conocer a fondo sus expediciones. En una película que hice sobre el trabajo cinematográfico de Amado, Sey Arimaku o la otra oscuridad, jugamos a burlarnos de la representación etnográfica de los europeos.  Con todo, el marqués tuvo una actitud indigenista honesta para su época. Los encuentros entre dos mundos reflejados en las películas enriquecen ambas miradas. También muestra la otra cara: cómo hemos sido vistos por europeos en los albores del cine en Colombia.

La historia del cine o, mejor, de los cines indígenas es larga y compleja, no solo en Colombia sino en toda América Latina y creo que esta muestra debería servir para señalar la importancia y la urgencia de fomentar este cine, de que la industria le apueste a este cine, porque ahí hay un potencial enorme de unas nuevas narrativas. Como ha ocurrido con mucho éxito en otros países, para poner el ejemplo más obvio y más cercano a nosotros: el cine negro norteamericano. Creo que esa es la apuesta. Descubrir esa sensibilidad indígena y  no solamente conocer otras culturas desde adentro, cómo se están contando, sino pensar cómo hacer que esos cines incipientes sean fortalecidos por las políticas públicas del Estado y por la industria nacional…

 

DOO: ¿Por qué preferir en el FICCI, frente a tantas otras películas, las de esta muestra?

PM: No creo que sea un asunto de escoger. Esperemos que en los horarios programados no sea tan dura la competencia. Quien va al FICCI va también con una intención de curiosidad. La curiosidad es quizás el mejor incentivo para ver este cine. Un cine que están proponiendo unas personas que pocos pensaban que pudieran ser directores, o camarógrafos, o guionistas, que siempre los hemos considerado bajo estereotipos distorsionados y que tienen mucho que decir y contagiarnos con nuevas sensibilidades.

Hay una nueva era de lo indio, y se comprueba, por ejemplo, en los graffitis de Bogotá. Vi uno hace poco que dice: “Ser india es bello”. El mundo indígena tan despojado y violentado está produciendo discursos de sanación, de conservación ambiental, de buen vivir. La película Nasa Üus Wejxia. Tierra y Olvido, de Mauricio Acosta y Vilma Almendra, nos recuerda con contundencia lo que una sociedad y un modelo de desarrollo han hecho con los pueblos indígenas. Es una película muy bien narrada que golpea nuestra conciencia. También está la película que ayudé a producir Ushui, la luna y el trueno del director wiwa Rafael Mojica sobre el papel de las mujeres sabias y de la terrible conmoción que sufrió el pueblo de Kemakúmake, en la cuenca del Guachaca, cuando  cayó un rayo en el centro ceremonial masculino y mató una docena de personas. La explicación que ellos dan sobre ese suceso nos enseña otras formas de pensar y de vivir. Otro ejemplo es el de la directora del pueblo Embera Mileidy Orozco Domicó, criada en la ciudad y profesional en el área de la comunicación, que se embarca en una aventura para regresar a su lejana tierra de origen. Ella está ahí no porque quiera sino porque su familia fue desplazada y produce una obra que merece, como todas las demás, hacer parte de la historia de la cinematografía colombiana. Su última película, Truambi, que es también sobre la nostalgia por el territorio perdido, está en la muestra. Hay entonces una rica combinación de narrativas indígenas.

 

 

Aquí compartimos algunos trabajos representativos de ese incipiente cine indígena:

Jiisa Weçe – Raíz del Conocimiento

 

Mu Drúa, de Mileidy Orozco

País de los pueblos sin dueño

TAMBIÉN PODRÍA GUSTARTE

No hay comentarios

    Responder