Cero En Conducta Nº5 / Enero - Marzo 2019

MIGRACIÓN INTERNA Y EXTERNA

Los 43 años de Juan Andrés Arango García, egresado de la Escuela de Cine y Televisión de la Universidad Nacional de Colombia, le han rendido para caminar muchos países, conocer personas de distintas nacionalidades y, sobre todo, a quienes hacen parte de ese grupo de migrantes internos y externos que crece como la espuma por los cinco continentes.

Obtuvo un intercambio de un año, sin graduarse, para la Universidad Concordia de Montreal y allí realizó dos cortometrajes en 16 m.m. y comenzó el guion de Eloisa y las nieves, ficción que realizó como tesis de grado a su regreso a Bogotá, con el cual recibió una mención de tesis meritoria en la Universidad Nacional y una mención de honor en el Festival Internacional Toma Cinco.

Sería en el céntrico y tradicional barrio de Las Nieves de Bogotá donde un encuentro con un joven afrodescendiente, de Buenaventura, le haría mirar a esa región que, hasta ese momento, le era lejana y desconocida. Y fue por esa amistad que este joven director de cine encaminó sus intereses cinematográficos hacia esos pobladores de la Costa Pacífica, compatriotas, para la mayoría de los bogotanos totalmente ajenos y –el sentido se devuelve– para ellos, nosotros los cachacos, somos, también, extranjeros. Compartimos la lengua, pero las costumbres y modos de vida están muy distantes.

 

ENCUENTROS BIENVENIDOS

Hace unos años la socióloga holandesa Donny Meertens, especialista en el fenómeno del desplazamiento interno no voluntario, escribió en uno de sus textos a modo de conclusión positiva que esa migración interna, dolorosa, arbitraria, destructiva de tejido social, ha hecho posible que los habitantes de ciudades como Bogotá se encuentren con sus compatriotas chocoanos, tolimenses, de las costas Pacífica y Atlántica en el diario vivir, en su cotidiano y que, de alguna manera, sus costumbres y hábitos de vida se han extendido por sectores de la capital y han permeado las costumbres de la ciudad.

Encontrarse con peluquerías, discotecas, restaurantes y modisterías de estas regiones constituye, por así decirlo, uno de los pocos beneficios para migrantes y receptores de esos modos de vida. No de otra forma se explica que un director de cine bogotano, como Juan Andrés Arango , haya puesto su interés, para su primer largometraje, en mostrar una cara de ese poliedro en el que se refleja las vivencias de personas errantes, las dinámicas culturales y los patrimonios inmateriales.  

De ese festivo y diverso universo afro pacífico, afro atlántico, afro colombiano se nutre, en buena parte, la filmografía de Juan Andrés Arango. No precisamente para mostrar la violencia que siguen padeciendo sus habitantes y la carencia de oportunidades, por la que tantos se han visto obligados a dejar su familia, sus vecinos, sus amigos y tratar de emprender nueva vida en la distante y gélida capital, sino que Arango decidió contar otra parte de la historia: su cotidianidad, esa manera de ser y vivir, elementos que permiten apreciar de frente las perversas y mutiladoras huellas del conflicto interno, que no son fácilmente determinadas sino hay un contacto directo y personal con sus víctimas.  

 

“Mas que el desarraigo me interesa el tema de la transformación humana. Me interesa explorar lo que sucede cuando nos vemos forzados a cuestionar lo que somos y reinventarnos como única opción para seguir adelante”.

 

Esta frase, respuesta a mi pregunta sobre el desarraigo que retrata Arango en sus dos cintas, La Playa D.C. (2012) y X500 (2016), pareciera ser el foco de interés de la corta filmografía del director de cine colombiano, radicado en Canadá. Sus dos películas se adentran en ese fenómeno, presente en distintas épocas de la historia patria del último siglo y que de una u otra forma concierne a todos los habitantes del país: el de habitar territorios ajenos. Habitar para tratar de volver a comenzar o para escampar por algunos años o para poner tierra de por medio a una situación de amenazas sobre la vida propia o de alguien de la familia o, escabrosamente, porque hay que huir.

En La playa D.C. son repetidas las imágenes que muestran sectores de Bogotá habitados por hombres negros jóvenes, acosados de manera permanente por policías y celadores de su mismo color de piel: los esculcan y los obligan a identificarse, porque los consideran ciudadanos bajo toda sospechosa. No porque lo crean sino porque sus supervisores, sus superiores, los dueños de los establecimientos, se los reiteran como condición sine qua non para no perder su trabajo.

Una discreta música tropical, no siempre de la Costa Pacífica, rompe el silencio que se instala en las diferentes escenas entre estos hombres de pocas palabras, siempre atentos porque desconfían de quienes habitan esa selva de cemento que los aprisiona, pero que, en últimas y en la dualidad más intensa y acojonante que intuye la película, los acoge y protege de esa desgracia que los ha hecho huir de su tierra, de su mar, de sus familiares y paisanos.  

La cámara en La Playa D.C. penetra los encumbrados cerros habitados del populoso barrio Ciudad Bolívar de Bogotá y luego recorre la carrera 10 por las calles quince hasta las 18, para parquearse en un centro comercial en donde se dan cita jóvenes de rostros bellos, con su pelo rizado, su piel negra y sus dientes blanquísimos en una peluquería en la que cada hora se asiste al nacimiento de una estética muy particular en sus cabezas, convertidas en galerías de arte ambulantes, mostrando dibujos y geometrías diseñadas para cada cliente, quienes encuentran en esta acción un gesto, una manera desafiante de mostrarse orgullosos y distintos a los “rolos” o a quienes se asumen como tales. Sus cortes de cabello afianzan sus diferencias, su singularidad. Sus cabezas retratan esa alegría con la que bailan, con la que cantan, con la que sienten la música, así sus vidas no sea la más plácidas ni la más fáciles. Su “tumbao”, su ritmo, su caminado, es distinto, por poner un solo ejemplo, al de un bogotano o un pastuso.

En La playa D.C, una familia que proviene del puerto de Buenaventura se aloja en una casa de Ciudad Bolívar. Llegan de una de las ciudades más pobres, desiguales, inhóspitas de Colombia, en donde surgió una de las modalidades de violencia más vergonzosas de nuestra historia reciente: las casas de pique, para castigar a quienes le incumplen a esos reyezuelos locales del narcotráfico.

La familia de la película tiene que habitar la Bogotá lejana de los centros de poder, incrustada en lo alto de una de las montañas del sur. Sus escasos recursos económicos solo les alcanzan para pagar un alquiler ahí. Son una madre negra, bien cuidada, viuda o abandonada, sola sin marido, con dos hijos, uno muy joven y otro casi adolescente. Esa mujer encuentra un compañero de ruta blanco, un celador, se enamoran y se juntan. Ella vuelve a tener un hijo. No es fácil para ella ni para sus hijos vivir esa nueva vida. Tal vez por eso el menor de ellos quiere emigrar, irse a alguno de esos países que ve en televisión en donde hay menos necesidades, más ofertas de trabajo. El azar muestra su cara dura y, contrario a sus deseos, termina mezclado con quienes manejan el microtráfico y, en lugar de vender la marihuana en los colegios o en los parques que le asignan, la consume y se encuentra un día con que tiene una deuda de cien mil pesos, por lo que en cualquier momento lo pueden matar. Por eso se pisa del hogar, se va a la calle. Su hermano mayor, tentado por un amigo a emigrar, le pide plazos porque hasta que no encuentre a su hermano no se puede marchar. Los dos hijos abandonan a una madre que no deja de preocuparse por ellos, así, en apariencia, ya tenga una nueva vida o quiera hacerla.

La película, que tiene un comienzo y un desarrollo emotivo, termina de manera abrupta. El encuentro del protagonista con una joven blanca, una vendedora del centro comercial, a la que conquista sin una palabra es un final feliz, pero sin credibilidad. Las relaciones amorosas suelen tener más preámbulos, los rodeos que se dan para empatar son variados. De otro lado, los encuentros pasionales por fugaces y ligeros que se pretendan no se ocasionan como si se tratara de un corto circuito. Del encuentro de dos miradas, por fuertes que ellas sean, no se pasa a besos y caricias sin mediar palabra. O eso no sucede sino en las novelas románticas de una época lejana que retrató la española Corin Tellado.  La tristeza de la historia, de los personajes que la habitan, de esos paisajes urbanos tan hostiles no se olvidan con el beso apasionado del protagonista a su princesa. Sucede lo contrario. El espectador no logra asir esa felicidad que llega a la pantalla como refrescante oleada de aire en una atmosfera cargada de vientos de violencia y de injusticia. No hasta que haya algunas señas que hagan previsible un futuro mejor para esos desarraigados, para esos migrantes internos que sueñan con ese norte cada vez más lejano.

La cinta deja el testimonio de unos personajes que ya no nos serán nunca más ajenos a quienes los vimos en la pantalla y compartimos su drama, o eso por lo menos fue lo que busco el director. Hacernos partícipes de los anhelos, de las inquietudes, de los deseos de ese joven del Pacífico que se volvió su amigo.

 

 

X 500 HISTORIAS LEJANAS Y CERCANAS

 

“La migración es uno de los detonantes más fuertes de cambio que hay, pues nos quita lo que dábamos culturalmente por sentado y nos obliga a encontrar nuestro lugar en un espacio con nuevas reglas de juego”.

“Otro detonante que me interesa es la adolescencia, como un momento en que todo está a flor de piel. Los adolescentes son en mi opinión al mismo tiempo muy vulnerables y muy fuertes por la búsqueda de sí mismos y la inmensa energía vital que tienen. Esta dualidad me cautiva narrativamente”.

 

La segunda película de Arango, X 500, desarrolla tres historias en las que persiste su indagación por esos terrenos abruptos del desarraigo que reiteran su interés por mostrar el cotidiano de esos nuevos habitantes que llegan del campo a, por ejemplo, Ciudad de México, o de Filipinas a Canadá. Jóvenes, en apariencia desarraigados por su pasado, desconectados de él –ese pasado se les presenta como un abismo–, expulsados de su entorno y obligados a manejarse con otros códigos a riesgo de no ser integrados, de pasar como parias en una época en la que se quiere pertenecer a la manada, al rebaño.

No la tuvieron fácil ni él ni su equipo de producción para hacer seguimiento a sus personajes en lugares tan distantes y luego grabar las historias con un comienzo, un durante y un cierre inesperado.      

 

“Las historias de X 500 surgieron de la observación de lo que sucede en las calles de las tres ciudades en las que rodamos la película. Durante dos años estuve visitándolas y pasando mucho tiempo en ellas hablando con la gente. Intentando descifrar la red de interacciones que se tejía en sus espacios. El guion de la película es una reacción muy personal a ese cuerpo de historias e imágenes que fui recolectando. 

Los elementos presentes en la historia colombiana vienen de los meses que pase en el barrio Lleras de Buenaventura. Durante este tiempo muchos de sus habitantes me fueron poco a poco narrando la historia de la violencia en la ciudad, así como también las de la resistencia civil que poco a poco iba surgiendo como única salida. Yo creo que la película generó reflexiones importantes sobre la situación del pacifico colombiano, pero lamentablemente a un nivel masivo se venden más las noticias simplistas sobre violencia en el puerto”. 

 

La cinta es dramática, desoladora, angustiante. Logra, sin lugar a duda, retratar con destreza la vida de tres jóvenes, dos hombres y una mujer, de orígenes muy distintos, abocados a vivir situaciones diametralmente opuestas a las que han enfrentado en su corta vida, en las que la desesperanza y la rebeldía son los rasgos comunes. Arango logra con su cámara y con las pocas palabras de un guion muy preciso, casi lacónico, entregar al espectador tres historias relatadas con los suficientes elementos para sean creíbles, actuales. Esos problemas repetidos de jóvenes del mundo que buscan un sitio en este planeta para ser mejores ciudadanos, mejores seres humanos.

 

“Yo sí creo que la adolescencia colombiana tiene un futuro. Creo que muchos de nuestros jóvenes viven en un país que les cierra muchas puertas, pero creo profundamente en su resiliencia y fuerza vital que les permite abrirse un camino por encima de todo. Creo, además, que la generación actual de adolescentes va a ser en buena medida la que va a tener que comenzar a reconstruir y sanar un país profundamente herido a medida que la guerra comienza lentamente a cesar”. 

 

Y sí, tal como se ve en X 500, la esperanza es lo último que se pierde. Las nuevas generaciones, además de retos, por lo menos, aquí y ahora, pareciera que les queda la esperanza de vivir unos años menos dolorosos y más pacíficos. Para terminar, Juan Andrés nos cuenta las nuevas historias que quiere relatar:

 

“En este momento estoy en proceso de investigación y escritura de dos proyectos de largometraje. Uno tiene lugar en una comunidad Inuit en el ártico canadiense y el otro narra la historia de una joven Embera en Bogotá y el viaje de retorno a su territorio natal”. 

 

Sigue caminando este joven y talentoso director por esas rutas por las que marchan quienes no repiten el mismo relato. No ha sido fácil para directores y directoras sacudirse de ese sello de violencia con el que se han hecho tantas películas como no fue fácil para los escritores colombianos dejar de lado la escritura que buscaba emular a García Márquez, pero unos y otros lo han logrado. Estas dos cintas de Juan Andrés Arango García exploran otros mundos y otras temáticas cercanas, pero que no se reflejan, con asiduidad, en la gran pantalla.

 

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