Cero En Conducta Nº6 / Abril - Junio 2019

DANEY SOBRE LOS STRAUB

Amerika/Klassenverhältnisse / Relaciones de clase

Straub rachâche

Hubo un tiempo cuando ir al cine significaba ver dos películas, una grande y una pequeña. Hubo un tiempo cuando ir a las películas significaba decir, todavía maravillado: “¡Fue un hermoso programa!” ¿Ha terminado ese tiempo? No del todo. El público que rió viendo Pauline à la plage (Rohmer, 35,908 entradas en su primera semana) tiene todas las oportunidades de reír viendo En rachâchant (Straub y Huillet, 35, 908 entradas). Esta excelente producción de siete minutos y unos pocos segundos de Diagonale es el complemento perfecto para un programa. Primero, porque prueba que los Straubs son divertidos. Segundo, porque hay un parecido familiar entre las dos películas: la extraña relación frente a la idea de educación, la claridad de la mise en scène que no sufre del actual mal plagando el cine francés: la celulitis. En rachâchant es primero un texto de Marguerite Duras. Los Straubs lo amaron y, amándolo, lo filmaron. Ante el fait accompli (hecho consumado), Duras debe haber encontrado la película digna de su texto. Duras es por lo tanto amable. En blanco y negro (la fotografía es de Alekan y es soberbia), en una cocina y después en un salón de clases vacío, algunos actores y un niño se resisten obstinadamente. “El niño Ernesto” (ese es su nombre) declara que no volverá más al colegio por la simple razón de que enseñan cosas que uno no conoce. ¿Cómo aprenderá el niño lo que no conoce (pregunta, amenazante, un dinosaurio de profesor)? “I-ne-vi-ta-ble-men-te”, contesta el niño que, mirando a su madre con indescriptible gentileza, deja a los adultos en su confusión y cierra la puerta.

La película es divertida y rápida. No es un “corto” sino una película de verdad, pero corta. Debemos verla pensando, por un lado, en Renoir (que tenía ideas muy liberadoras sobre la educación, pensando que solo sabremos lo que ya sabemos, y en quien –esto lo sé– los Straubs han pensado) y, por el otro, en Alain Resnais, cuya próxima película La vie est un roman (¡Pronto en salas!) comienza a partir de la hipótesis inversa: que la educación, estrictamente hablando, es relleno. Un gran tema de nuestro tiempo.

Libération, 7 de abril, 1983

Nota: En los 37 años desde el lanzamiento de En rachâchant, nunca se ha acordado una traducción al inglés o una aproximación de la frase “en rachâchant”; Ha sido declarado intraducible. El libro infantil original de Duras, ¡Ah! Ernesto! (1971), que Duras misma adaptó libremente en su propia película Les enfants (1985), fue traducida y adaptada al inglés por Ina C. Jaeger y Ciba Vaughan aquí. Su traducción: A la pregunta de “¿Cómo aprenderá Ernesto lo que ya sabe?”, La respuesta es “por re-de-de-re-see-see-re-pee-pee-ting”. La firma Andy Rector. La historia: http://dirkschouten.nl/eng/ernesto.htm

 

 

Los Straubs

Una tarde, entre varios de los curiosos, los mendigos y otros guardias de seguridad, algunos miembros de la S.I (la Internacional Straub) se juntaron como los primeros cristianos que, antes de sufrir el martirio, hubieran fundado un cine-club viajero. Gracias a Franz Kafka (actualmente homenajeado en el Centro Pompidou), ellos asistieron a una proyección previa de la última película de Jean Marie Straub y Danièlle Huillet, inspirada en Amerika (1).

Amerika/Klassenverhältnisse es el título alemán de la película. De las dos palabras, la más larga y marxista significa “relaciones de clase”. Y –las palabras siendo palabras, a menudo juguetonas– esa tarde ciertamente fue sobre “clase”. Pero como una clase que un educador puede enseñar, una clase que puedes repetir, o una (como muchas, más y más) que quieres escapar. Estarías equivocándote si haces eso. No conformistas pero buenos profesores, los Straubs, hilando su camino a través de las preguntas (ingenuos, expertas o irritantes) de la audiencia esa noche, realizaron un acto brillante. Mientras los limpiadores del Pompidou limpiaban la sala de proyección (relaciones de clase mediante) y los guardias de seguridad hablaban por sus radios (ídem), ellos hablaron cine, y como decimos con Renoir, esas cosas son raras hoy.

Straub nunca ha disfrutado del éxito (quizás un poco con Chronicle of Anna Magdalena Bach, 1967), pero sus películas siempre han asustado a unos cuantos. Esta manera de enfrentar el cine sin compromiso –body and soul– está simplemente demasiado lejos de las suaves teorías de comunicación y la focalización sistemática de las que se hablan en el mundo del espectáculo. Demasiado difícil, demasiado fácil.

Además de eso, los Straubs han tenido la malicia de nunca presentar su trabajo como “marginal” sino como –es un matiz– minoría. Ni siquiera están en un gueto, pero desde donde están se agarran al cine como al hilo de Ariadna. Un falso judío (pero le dedicó un tríptico a ese tema), un verdadero exiliado (de Metz a Roma a través de Munich), un objetor de conciencia (debido a la guerra de independencia de Argelia de 1959, amnistiado en 1971), Jean Marie Straub, nacido en 1933, es “demasiado viejo” (uno de sus leitmotivs) para no hablar de sus películas con gracia. Él es el que es pobre, pero sus películas (que también son de Danièlle Huillet) son como niños que, como dicen los pobres, tienen todo lo que necesitan.

No hay un céntimo, lira o marco que Straub (y especialmente Huillet) no conozcan personalmente la procedencia, la circulación y el uso de. Una buena comprensión de “las relaciones de clase” comienza con una simple comprensión del valor del dinero. Y es precisamente porque el cine actual ha perdido de vista eso que está siendo amenazado por la inflación y la hinchazón. Straub-Huillet (como Godard, Duras o Rohmer) son los cine-artistas por excelencia (no digo a propósito “autores”) de esta era en la que los roles de la imagen y del productor han desaparecido. Producir, para ellos, es producir tanto su vida como su arte, o, más modestamente, su trabajo y su fuerza laboral.

Todo esto no es una advertencia antes de presentar, una vez más, a los Straubs y su cine como “indispensables”, “rigurosos y ascéticos” o “sublimes pero aburridos”. Esto se ha hecho demasiadas veces. Además, hay demasiado resentimiento en la forma en que hablamos de los “puros”, demasiado odio por la ilusión que nos dan de haber elegido por sí mismos, es decir, sin nosostros, las contradicciones de su existencia (con los santos es imposible estar, uno solo puede reunirse con ellos de ver en cuando, de ahí la S.I). Luego, desde 1962, los nueve largometrajes y los cinco cortos constituyen –ya sea que lo queramos, lo quisiéramos o no– un cuerpo de trabajo. (Cuidado con ese pequeño término: habrá muchas más películas hermosas pero ¿quién puede decir si habrá otros “cuerpos de trabajo” del cine?

Finalmente el tiempo está del lado de los Straubs. No porque de repente pudieran volverse muy populares (aunque Amerika/Klassenverhältnisse es su película más limpia), sino porque la distancia que han puesto, desde muy temprano, entre ellos y “el mundo del cine” y la soledad de los que cuentan “solamente con sus fuerzas” se están convirtiendo en el destino, común e inevitable, de los jóvenes cineastas que hoy (lo que significa muy tarde en el juego) tendrían la frivolidad de querer beneficiarse del aura romántica y la “libertad de expresión” del autor sin ni siquiera haber tenido el tiempo para pensar en lo que significa.  Esta vez, los Straubs (tal vez porque son ellos dos) no perdieron el tiempo aprovechándolo. Y si esa noche, en el sombrío mezzanine del Centro Pompidou, hubo algo realmente fuerte en lo que dijeron, algo que todavía cuestiona al mundo a través de los medios del cine, es porque ellos han invertido todo su orgullo en pensar que nada nunca se les deberá.

Libération, 3 October 1984

 

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