Cero En Conducta Nº2 / Abril - Junio 2018

EL DESIERTO HELADO DEL ESPÍRITU

Once Upon a Time in Anatolia, de Nuri Bilge Ceylan

El desierto helado del espíritu

El cine de Nuri Bilge Ceylan

Ceylan ha compuesto una filmografía que se caracteriza por lo agudo y perspicaz de su ojo, donde las pequeñas cosas (un gato maullando por una ventana, un hombre arreglando la entrada de su negocio antes de iniciar la jornada, por ejemplo) toman tamaños magnánimos. En sus películas notamos una gran preocupación por el lugar del ser humano en su entorno, por el cómo se comporta alrededor de las dudas que emergen en la interacción con el otro y la incapacidad de adaptarse en un mundo que muta constantemente. De esta manera, no es raro esperar de sus películas un aire austero que se alimenta de la mundanidad y lo terrenal, obteniendo un resultado excesivamente realista, pero que no deja de lado la búsqueda de un posible lirismo místico que eleve las cuestiones que intenta desentrañar: el equilibrio que dé estabilidad a una existencia que se desmorona a cada paso. Sus personajes son puestos en situaciones en las que su vida personal llega a un estancamiento, un punto de no retorno que tampoco permite avanzar, un punto al que llegan por sus propias acciones y es a través de ellas que tienen que tomar una decisión que ponga, si se puede, final a su dilema.

En Distante (Uzak, 2002), Ceylan nos muestra esto a través de Yusuf, un aldeano que se ve obligado a viajar a Estambul a quedarse en la casa de un amigo, Mahmut, un cineasta frustrado que trabaja de fotógrafo, mientras busca trabajo y así poder enviar dinero a su familia que tiene problemas económicos. Yusuf es sucio, irresponsable y relajado, Mahmut es disciplinado y organizado, sus personalidades chocan en medio de los conflictos que tienen cada uno por su propia cuenta: Yusuf necesita dinero, Mahmut quiere reencontrarse con las personas que lo amaron en algún momento y salir de su soledad. La vida de ambos está en un lugar del que no se pueden mover y no hay culpables, solo ellos. Yusuf no encuentra trabajo porque es perezoso y prefiere quedarse en el apartamente de Mahmut mientras él no está. Mahmut, en cambio, no logra entablar una relación saludable ni con su esposa ni con su amante, y sus obras fotográficas empeoran a cada día. Ambos hacen un intento por cambiar a través de un viaje de trabajo comisionado a Mahmut por una empresa para tomar fotografías de paisajes turcos. A pesar de la oportunidad, Yusuf es prácticamente inútil y termina siendo un peso para el trabajo. Mahmut no logra encontrar esa voz artística que tanto necesita. Vuelven a casa sin haber logrado nada.

Los dos personajes consiguen entender que la única forma de balancear su vida es cambiando. El meollo del asunto, y el interés absoluto de Ceylan, está  en la reticencia de esos personajes por el cambio, en hacer la elección y actuar. Lo que sí hacen es deambular por una Estambul en invierno, en donde las personas caminan solas y sin un rumbo fijo. El único propósito parece ser escapar.  Si tomamos a Ceylan como claro faro del cine turco, podemos hacernos la idea que esa cinematografía es una que se muestra muy influenciada por la principal idea de la filosofía sartreana: el aplazamiento de la decisión. En general, el cine de Ceylan se sitúa bajo esa diatriba y sus películas terminan con la huida. El cambio parece no concretarse mucho. Sus personajes se enteran del obstáculo, no de la salida, el esfuerzo que conlleva descubrirla les parece aniquilador.

Climas (İklimler, 2006), protagonizada por el mismo Nuri Bilge Ceylan y su esposa, Ebru Ceylan, demuestra lo expuesto anteriormente a través del relato de un matrimonio hecho añicos por la rutina y la necesidad de “respirar” por fuera del compromiso. Isa, profesor universitario, pide a su esposa Bahar tomarse un tiempo fuera de la relación pues a los dos les está haciendo daño el compartir tanto tiempo juntos. No mucho después, Isa se arrepiente al ver que la satisfacción suscitada en otra mujer no es suficiente para llenar el vacío que deja Bahar. Con esta cinta, Ceylan se enfoca en el tedio y la sofocación que se experimenta en la vida conyugal, y también en la ironía que nace al crearse una costumbre que posteriormente se convierte en menester para sobrevivir. Luego de estar solo, Isa se da cuenta que no puede alejarse de Bahar y quiere que vuelvan a estar juntos, pero ella no está tan segura. Ya el daño está hecho, ambos se dan cuenta que si quieren que su relación perdure tienen que transformarse y mejorar en pro del otro, pero no son capaces de hacerlo: las mismas cosas que los unen son las que los separan. Ninguno de los dos está dispuesto a buscar una alternativa. Eso deja que, a pesar de su deseo compartido por regresar a su estado inicial, la voluntad de ambos repose en el aire.

La visión de Ceylan es seca, adusta, su cámara se mueve muy pocas veces (exponiendo de manera visual el estancamiento, la inmovilidad de sus personajes), casi siempre como un observador tranquilo y distante que no teme en esperar que las acciones tomen su curso a su tiempo. Su cine respira una fuerza literaria elevada (característica llevada al extremo en  Sueño de invierno): el turco disfruta de largos momentos de silencio (desde el sentarse a observar las nubes pasar hasta el recorrer grandes campos deshabitados en soledad absoluta), pero también hace uso de largos monólogos en el que se expresan todos los pensamientos que fluyen alrededor de los tormentos en los que sus personajes residen. Su estilo es ascético, todo se reduce a lo fundamental. Esto no impide, como lo decíamos al principio, la aparición de una cámara que poetice las cosas, que solo con un movimiento logre una especie de cariz lírico. La niebla que rodea los personajes, la fotografía de contraste suave, los planos grandilocuentes que aseveran unos paisajes de una Turquía que, como Yusuf o Mahmut, va en decadencia son las pistas de esos momentos donde todo está enmarcado en una estética sublime, que  eleva y engrandece las dudas que expone Ceylan. Viendo sus cintas con un ojo inocente se podría decir que la mirada del director es pesimista, gris, atenta a lo peor. Después de todo, sus personajes nunca deciden, el azar elige por ellos y terminan por escapar de cualquier resolución. Observando con detenimiento, el director nos deja ver el mundo siguiendo su curso, los parques con sus visitantes y parejas paseando, los barrenderos limpiando las aceras, el cielo trayendo una tormenta… Casi dejándonos ver que todo sigue, sin importar qué tan mala está la situación de sus personajes, todo continúa, nada se detiene.

En Érase una vez en Anatolia (Once Upon a Time in Anatolia, 2012) cuenta la historia de una pesquisa para hallar un cadáver, llevada a cabo por un grupo muy particular de policías. A pesar de lo espectacular de los hechos, la película prefiere irse por los pensamientos que generan los diferentes sucesos en los que se encuentran los personajes para ubicar el paradero del occiso. Ceylan finaliza la narración con la imagen de la esposa de la víctima y su hijo, solos y devastados  con la confirmación de la identidad del muerto, recorriendo una calle que pasa a un costado del colegio del pueblo en el que se desarrolla la trama, dándonos a entender, sutilmente, que, a pesar de lo ocurrido, la existencia permanece. Todos tenemos que levantarnos al día siguiente a continuar con nuestras labores, aún si nuestras dolencias han sido curadas o no. En Sueño de invierno (Kış Uykusu, 2014), el patrón se repite. Luego de contar las peripecias de Aydin, un escritor, actor retirado y hotelero que, además, es arrendador de varias personas en el pueblo en el que vive, que quiere reconciliarse con su esposa y con las personas que le deben dinero y no tienen cómo pagar, Ceylan arriba al mismo resultado: no hay cambio elemental y significativo: su matrimonio persiste en un limbo, sus arrendatarios lo odian sin importar los esfuerzos que haga él o su esposa por remediar la circunstancia en la que están metidos, y su vida de escritor es un engaño que sólo sirve para mantener su ego, debilitado desde el momento en el que abandona la actuación.

En cierta medida, Ceylan nos deja ver una especie de rayo de esperanza, uno que no delibera una conclusión asegurada y absoluta en su verdad, a todo lo que atormenta al ser humano; aparece una especie de luz que nos hace sentir que, sin importar lo mal que estén las cosas, lo derrumbadas que estén nuestras vidas y lo cerradas que estén las salidas, todo sigue en movimiento. Para Ceylan no hay fin, todo es transitorio.

 

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