Cero En Conducta Nº2 / Abril - Junio 2018

UNA MUERTE EN LA FAMILIA

Still Walking, de Hirokazu Kore-eda

Still Walking, de Hirokazu Kore-eda*

 

La muerte surge dominante en las películas de Hirokazu Kore-eda. Su primer largometraje de ficción, Maborosi (1995), es un tranquilo estudio del luto sobre una mujer joven luchando por seguir adelante después del inexplicable suicidio de su esposo. En After Life (1998), una fábula sobrenatural sobre la materialidad de la memoria (y del cine), los recién fallecidos se encuentran en un limbo etéreo donde escogen una memoria para ser transformada, a través del celuloide, en su único recuerdo. Distance(2001) observa las emociones conflictivas –la pena, la vergüenza y la incomprensión– de las familias de los miembros de una secta que participaron en un fatal ataque terrorista y un suicidio en masa proferido como ritual.

El sexto largometraje de ficción del japonés, Still Walking (2008), es su expresión más directa hasta el momento del axioma de que la muerte es parte de la vida o, más precisamente, que la vida se vive regularmente bajo la sombra de la muerte. Mientras este hecho es bastante obvio, algo que sabemos de primera mano o que al menos entendemos instintivamente, supone específicos desafíos cinematográficos: hacer una película sobre la pérdida y el duelo es, en efecto, confrontar algo que no está ahí, de mapear el contorno de un vacío. Pero Kore-eda, un director de finura, paciencia e inteligencia emocional, está naturalmente atraído a estructurar ausencias, desde los seres queridos fallecidos en Maborosi y Distance al espectro fuera de pantalla de los padres desaparecidos en Nobody Knows (2004), acerca de cuatro hermanos pequeños dejados a su suerte.

Still Walking es una película con una gran ausencia en su centro. A excepción de un breve prólogo, se desarrolla en todo el día de una reunión familiar anual para conmemorar el aniversario de la muerte del hijo mayor de Yokoyama (es el decimoquinto encuentro), un rito observado por un clan que no corre peligro de olvidar. El altar en memoria de Junpei domina una habitación en la casa paterna. Él está enterrado en un cementerio cercano desde donde hay una vista, de calidad pictórica, al mar, lugar donde perdió la vida. Para la ocasión, los padres ancianos son acompañados, no solo por sus dos hijos adultos y sus familias, sino también, brevemente e insoportablemente, por el niño –ahora un hombre– que Junpei salvó de ahogarse.

Para los padres, especialmente Kyohei (Yoshio Harada), el papá, un médico retirado que había ansiado que sus hijos heredaran su profesión médica, el hijo muerto permanece como un símbolo idealizado de potencial no desechado. Junto al infalible fantasma de su hermano, el hijo sobreviviente, Ryota (Hiroshi Abe), no puede compararsele. Alto y encorvado, con un perpetuo aire de guerra, Ryota es un restaurador de arte subempleado, recién casado con una madre soltera viuda. Sufre de una abierta desaprobación de su padre (quien para saludarlo tartamudea: “Oh, aquí estás”) y, como respuesta, ha cultivado un caparazón de irritabilidad defensiva. La madre de Ryota, Toshiko (Kirin Kiki), es una presencia más amable que su brusco marido, pero el alboroto materno apenas enmascara su profunda amargura y la neurosis (ella es quien invita a la reunión al joven a quien responsabiliza por la muerte de su hijo; ella admite que necesita a alguien a quien culpar).

El melodrama de la reunión familiar ha sido siempre una materia prima del cine internacional: en numerosas películas, un enojado clan se reúne para Navidad o Día de gracias o una boda o un funeral, solamente para que las bombas caigan, los rencores exploten y las acusaciones vuelen, pavimentando el camino para un clímax de catarsis colectiva y reconciliación llorosa. Still Walking no está tan llena de eventos. Expone, sin deletrear, las enredadas dinámicas que unen a la familia Yokoyama. En medio de los flujos de pequeñas charlas y momentos de placer cotidiano (los niños juegan, se desentierran memorias y recuerdos de la niñez, los alimentos se preparan y se consumen en comunidad), emergen historias y listas de cosas por hacer. Chinami (You, la estrella pop que se convirtió en actriz y que interpretó a la madre en Nobody Knows), la hija, está buscando mudarse a la casa de los padres con su esposo y sus dos hijos, un plan que requeriría apropiarse de la vieja habitación de Junpei. Las disputas triviales habituales entre los padres resultan del resentimiento de Toshiko por la infidelidad de Kyohei (que también explica, en alguna medida, su sorprendente y espontánea capacidad de agresión pasiva).

Kore-eda dramatiza el flujo del día con una espontaneidad tan pasiva que puede ser fácil pasar por alto el ingenioso arreglo dedicado a este retrato doméstico. En la mayoría de escenas, él aísla dor e tres personas del contento de la familia amplia: padre e hijo, hermano y hermana, cuñado y cuñada, abuelo y nieto. Cada uno de estas configuraciones –grupos dentro de la misma generación o entre generaciones–  rellenan parte de la imagen total, revelando algo acerca de aquellos involucrados en la conversación, así como sobre sus conexiones con aquellos que son el tema de conversación (como generalmente ocurre en las grandes reuniones familiares, mucho es revelado sobre las personas en su ausencia). El sentido surge de las discrepancias entre lo que dice la gente en diferentes situaciones. A veces, más tarde se revela que un comentario aparentemente inocuo fue, para otra persona, un leve herida (los niños se refieren a “la casa de la abuela” en presencia del abuelo, una anécdota mal recordada que sustituye a un hijo por otro). Kore-eda también otorga algunos momentos de soledad a sus personajes, lejos del bullicio de la reunión: Ryota en el baño de sus padres haciendo un balance de los signos tangibles de descomposición y envejecimiento (baldosas rotas, un pasamanos recién instalado); el hijastro de Ryota, Atsushi (Shohei Tanaka), llorando su propia pérdida, hablando en el patio con su padre muerto.

Tanto los toques novelísticos como los detalles documentales en la obra de Kore-eda reflejan sus años formativos: estudió literatura en la Universidad Waseda de Tokio y comenzó su carrera haciendo documentales para la televisión japonesa. Los temas de la pérdida y la memoria, sin dejar de mencionar su empatía-firma por las figuras traumatizadas, están presentes en la mayoría de sus primeros documentales. However . . . (1991) conecta la vida de dos suicidas: un burócrata a cargo del sistema de bienestar social de Japón y una mujer que fue víctima de sus fracasos en el cargo. August Without Him (1994) se centra en el primer hombre japonés que admite públicamente contraer el VIH a través del sexo homosexual; Sin memoria (1996), también estructurado en torno a encuentros directos con sus personajes y sus temas, se trata de un hombre que, debido a un procedimiento quirúrgico fallido, sufre de una rara forma de amnesia que impide que su cerebro cree nuevos recuerdos.

Muchos de los documentales de Kore-eda han informado sus películas de ficción. Él adaptó Maborosi de una novela, pero, al dar forma a su heroína, también se inspiró en la viuda del funcionario del gobierno de However . . . La fascinación por el proceso para auxiliar la memoria en After Life tiene su origen en el caso de Without Memory. Más allá de su propio trabajo documental, Kore-eda también ha tomado prestado de eventos de la vida real. más extraño que la ficción. El culto en Distance se basa en el famoso grupo Aum Shinrikyo, que lanzó ataques de gas sarín en el metro de Tokio en 1995. Nadie sabe, que tiene afinidades con el primer documental de Kore-eda, Nobody Knows (1991), que tiene afinidades con el  primer documental de Kore-eda, Lessons from a Calf (1991), sobre niños de escuela primaria que aprender a cuidar a un ternero (y también para sobrellevar la pérdida), está basado en una noticia de abandono infantil que escandalizó a Japón en los años ochenta.

Still Walking, el trabajo más personal de Kore-eda, tiene fuertes elementos autobiográficos. Él ha dicho que lo hizo en respuesta a la muerte de su madre, que cuidó hacia el final de su vida, y la película está llena de detalles que la personalizan, en el sentido de los recuerdos de los sentidos de la infancia. Permanecen en la cocina mientras se pelan los rábanos chinos, se cortan las zanahorias, y se sirve la soja. El humilde maíz apanado es el equivalente aquí del bizcocho de Proust, y Kore-eda capta los vívidos detalles de su preparación, desde el chasquido de los granos de la mazorca hasta el crepitar de la masa cuando golpea el aceite caliente. El título de la película proviene de la letra de un éxito de los años 60, “Blue Light Yokohama”, un favorito de la madre de Kore-eda, y de Toshiko en la película, para quien esta canción nostálgicamente romántica tiene un significado perverso (aprendemos que es una recordatorio de la traición de su marido).

Kore-eda siempre se ha distinguido de la mayoría de su cohorte generacional: muchos de sus contemporáneos más conocidos, como Kiyoshi Kurosawa y Takashi Miike, se dedican a la experimentación con mentalidad de género y, a su manera, extienden los proyectos radicales de figuras de la Nueva Ola japonesa como Nagisa Oshima y Shohei Imamura. A menudo etiquetado como un humanista de la vieja escuela, Kore-eda parece más directamente descendiente de la era del cine clásico, y, al abordar el “drama casero”, que es el género por excelencia japonés, invita a comparaciones con el  cineasta más venerado de su país, Yasujiro Ozu.

A primera vista, a Still Walking no le faltan temas y tropos de Ozu. Se trata de la relación entre padres e hijos. Gran parte confinada a las puertas y ventanas “shoji” o a los tapetes “tatami”. La cámara suele estar fija e incluso hay un rastro de una puntuación a través de los “pillow-shot”; cuando estamos afuera, un tren ocasional se extiende por la pantalla. No sería impreciso llamar a Still Walking una película que “creció bajo la sombra” de Ozu, tal como Claire Denis ha descrito 35 Shots of Rum, su tributo de 2008 a Late Spring. Pero es importante señalar que Still Walking carece de la discreción insistente y la austeridad circunscrita de una película de Ozu. Al igual que otra actualización de Ozu, Café Lumière, de Hou Hsiao-hsien (el tema de uno de los documentales de Kore-eda), Still Walking se ocupa de reflejar las realidades socioculturales del Japón actual (“En estos días, no somos tan anormales”, Ryota le dice a su madre cuando lanza codazos sobre su familia no convencional). Y si la gente común de Ozu son parangones de aceptación tranquila, los de Kore-eda están menos reconciliados con las crueldades y desilusiones de la vida; en todo caso, como ha señalado Kore-eda, están más cerca de los obstinados y abiertamente angustiados personajes de Mikio Naruse, un director con una visión del mundo más sombría que Ozu.

No hay avances sentimentales en el día de Kore-eda, y el epílogo implica que no existen en la vida, punto. En esta familia, las personas y las relaciones no cambian en ningún sentido fundamental; el evitar prevalece sobre la confrontación. Algunos podrían atribuirlo simplemente al decoro japonés, pero tiene que ver con la evaluación de Kore-eda a cómo las heridas y los agravios se manifiestan en la mayoría de las familias, cualquiera que sea la cultura: silenciosa y subcutáneamente, en palabras y acciones codificadas. Aunque Kore-eda no concede epifanías a sus personajes, les permite arrepentirse y momentos de despertar de consciencia. Los resentimientos quedan sin salir a la superficie, y los problemas permanecen sin resolver, pero son, aunque confusos o privados, reconocidos, incluso comprendidos, lo que es, al menos, una definición del amor familiar. 

 

 

*Este texto fue originalmente publicado para la edición del DVD de la película por parte de The Criterion Collection. La traducción es del editor. No tenemos ningún derecho sobre el texto. El original lo puede consultar acá.   

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