Cero En Conducta Nº3 / Julio - Septiembre 2018

GUS VAN SANT: EL RETRATO DE UNA GENERACIÓN

Elephant, de Gus Van Sant. El cineasta que definió una generación.

Hoy lo oculto está revelado. Lo que alguna vez se movía con destreza entre las sombras fue saliendo a la luz. Ya poco sorprende y horroriza. Hoy el más andrajoso punker podría estar tomándose un café en Starbucks. El más oscuro metalero puede ser también un exitoso emprendedor. Pero hubo un tiempo en que aquellos personajes, habitantes de la soledad, nacidos de entre la maraña de alguna azarosa contracultura, criados entre un vientre underground, eran mirados con desdén, con sospecha. Pero a finales de los ochenta, y principalmente en los noventa, emergieron de lo oculto aquellos monstruos, aquellos nihilistas con mirada de indiferencia, que no es más que la mirada del abandono, y empezaron a tomar su lugar en el imaginario de la sociedad, gracias a diversos fenómenos culturales y artísticos, como el rock alternativo, los videoclips y, por supuesto, el cine.

Los grandes estudios cinematográficos tenían su mirada puesta en asuntos más importantes que retratar individuos que las urbes escupían al azar, y, por ello, tal tarea quedó a cargo de un lente más independiente, y uno de sus exponentes más importantes e influyentes fue Gus Van Sant, cuya trayectoria hoy lo ubica en los altos peldaños del arte cinematográfico.

 

Un espíritu de desesperanza e indiferencia

Luego de que Nirvana se convirtiera en el revolucionario fenómeno musical que todos conocemos (y algunos recordamos con nostalgia), en 1991 y 1992, MTV hizo (en términos actuales) viral su pieza más popular, Smells Like Teen Spirit, que trajo consigo una bandada de grupos musicales hasta entonces invisibles y ocultos entre las cavernas de lo underground y, con ello, una serie de videoclips que retrataban a los personajes característicos de ese submundo urbano, como Seether, de Veruca Salt; Jeremy, de Pearl Jam; Zombie, de The Cranberries; No Rain, de Blind Melon; 1979, de Smashing Pumpkins, solo por nombrar algunos. Sería atrevido afirmar que tal fenómeno (aprovechado con creces por la codicia del mainstream) haya sido una influencia para Gus Van Sant, tampoco fue el caso contrario; pero este director de Kentucky sí llegó en el momento propicio, y su cine, que venía gestándose desde mediados de los ochenta, rimó con elegancia con aquel espíritu de desesperanza e indiferencia que embargaba a los adolescentes y jóvenes de los noventa.

Tanto su estética como el modo de abordar las temáticas de sus obras nos traen a la memoria momentos recogidos en videoclips como los mencionados, que pretendían ser el reflejo de la sociedad norteamericana de la época y que en distinta medida contagiaban otras culturas.

 

Una relación marginal con la urbe

El cine independiente, por su naturaleza, tiene esa maravillosa capacidad de adentrarse en aquellos lugares que solo sus recursos le permiten, o sea aquellos lugares más inmediatos, que, como en el caso de Gus Van Sant, pueden ser las urbes, y no los decorados de un estudio ni las locaciones más despampanantes elegidas con cuidado, si no esa ciudad que palpita ahí afuera, con la natural decoración de su caos, y su relación íntima y a veces enferma con sus habitantes. La urbe y la marginalidad entonces es un elemento característico de la faceta de la obra independiente de Gus Van Sant, que comenzó a tejerse desde su opera prima, Mala noche (1985), pieza que reúne dos fenómenos siempre complejos en las calles estadounidenses: la homosexualidad y la inmigración. A través de una historia de un amor idílico, poético e imposible que un hombre estadounidense siente por un inmigrante mexicano, se entrevé la relación marginal de la ciudad con aquellos habitantes que, a pesar de ser ajenos a ella (como es el caso de los inmigrantes), la dominan y aprovechan en su beneficio, recurriendo a instrumentos que el azar les pone en el camino, como es el caso de un hombre noble y enamorado.

En otras de sus obras, como My Own Private Idaho (1991) o más recientes, como Paranoid Park (2007), se percibe también esa relación de los individuos con la urbe, la cual toma el lugar del hogar; un espacio infinito, sin fronteras, en el cual pueden darle rienda suelta a su soledad. La primera, por ejemplo, es una road movie en la que los dos protagonistas van en busca de sus sueños por entre las desventuras ofrecidas por el asfalto y sus habitantes, y la segunda es la historia de un adolescente que se descubre a sí mismo tras dejarse llevar por las calles, impulsado por su abandono e indiferencia, hasta que se enfrenta con la tragedia.  

 

Hacer del caos un recurso estético

Aquellos entornos urbanos representan, al mismo tiempo, un reto y una riqueza para darle rienda suelta a la imagen. Gus Van Sant ha sabido aprovechar esas dos posibilidades al hacer del caos y la marginalidad un arte de la composición estética. Antes de enamorarse del cine, el director sentía una mayor afinidad por la pintura, actividad que aún cultiva y que, sin duda, ha llevado al arte cinematográfico. Y su logro, sobre todo en estas obras donde la urbe es protagonista, no consiste en embellecer la ruina, si no en hacer de la ruina, tal como es, un fenómeno estético y atrayente, que invita a los sentidos a buscarla en nuestros propios espacios. ¿Cómo no sentir un cierto placer al ver las calles de Mala noche lustradas por ese sombrío blanco y negro? Suele combinar, además, la estética de su lente con la mirada de cámaras caseras dentro de la historia, precisamente una característica de varios videoclips de rock alternativo de los noventa. Así, en Drugstore Cowboy (1989), To Die For (Todo por un sueño, 1995) o en Paranoid Park presenciamos tal recurso para justificar un flashback o recrear un recuerdo, lo que al mismo tiempo nos regala una dulce sensación de nostalgia y que, además, de forma indirecta y sutil, es un elemento esencial para el desarrollo de los argumentos.

 

El impacto de la arquitectura narrativa

Es precisamente en la estructura argumental de sus obras donde más se encuentra su mérito como gran realizador del cine independiente: la ausencia de una linealidad cronológica o de una sensación de transcurso temporal evidentes, la relación laberíntica entre los sucesos, la repetición de escenas desde diferentes ángulos y puntos de vista, intrincadas secuencias que conducen al inicio, trozos de acontecimientos que van arrojándose al espectador para que sea él quien con gusto los arme y los contemple luego con orgullo ajeno. En Drugstore Cowboy y My Own Private Idaho es difícil percibir el transcurso del tiempo, como si más que ver una secuencia de sucesos presenciáramos un hilo de recuerdos, igual a las imágenes que pasan por nuestra mente cuando nos cuentan una anécdota. Pero donde más se evidencia el manejo y combinación artística de estos recursos es en To Die For, Elephant (2003) y Paranoid Park. En las tres podemos saborear el placer de ser nosotros mismos, como espectadores, quienes le damos forma al argumento, ubicando los elementos narrativos desperdigados donde correspondan. To Die For cuenta la historia de una mujer ambiciosa que busca a toda costa lograr su meta de ser una estrella de la televisión, hasta el punto de manipular a un grupo de adolescentes para que asesinen a su esposo y así deje de interponerse en sus sueños. El director recurre a las técnicas del documental para darle forma a la trama; la audiencia va entonces recogiendo la información de los personajes, la cual brindan a modo de entrevistas o en su participación en el relato, y el argumento luego se edifica en su totalidad en el desenlace, con la ayuda del espectador.

Del mismo modo, Paranoid Park expone escenas sin una ubicación clara en el tiempo, que se reiteran en distintos momentos, con cada vez más elementos para justificarse, hasta que la historia se desarrolla y ubica su linealidad en el entendimiento del espectador. Pero aquella deconstrucción en la estructura es aprovechada de modo magistral en Elephant, una de las obras del director más aclamadas, que alcanzó la Palma de Oro en el Festival de Cannes y que es considerada por muchos como una película de culto, incluso por encima de sus nominadas al Oscar Good Will Hunting, (En busca del destino, 1997) y Milk  (2008). Este film, basado en la matanza cometida por dos estudiantes en el Instituto de Columbine en 1999, se centra en los acontecimientos previos al crimen. Con pocos diálogos y escenas que se repiten desde distintos ángulos y puntos de vista, incluido el de los asesinos, el argumento ubica al espectador en los espacios y lo familiariza con los personajes, hasta convertirlo en un testigo más de los acontecimientos, en una de las víctimas o, incluso, en uno de los perpetradores. Aquella arquitectura argumentativa es la que le otorga la fuerza al momento concluyente y, como resultado, se gesta una historia impactante y cruda.

 

Una despedida

A diferencia de sus films más comerciales, sus películas independientes no proponen soluciones a las problemáticas sociales planteadas ni deja residuos morales; es el espectador quien debe dar sus conclusiones, quizá porque estas obras fueron construidas con la misma apatía e inconsciente indiferencia que caracterizó a la juventud de los noventa, y aunque las obras aquí mencionadas no fueron todas creadas en esa década, sí parecen traer consigo esos componentes, o, por lo menos, a quienes vivimos ese periodo nos invade esa sensación. Incluso Drugstore Cowboy, que, a pesar de ser una historia que se desarrolla en los setenta, su estructura, su estética y su problemática social guarda una evidente afinidad con las demás.

Con ese film y Mala Noche comenzó Gus Van Sant a extraer de entre las sombras a esos personajes que luego fueron desarrollándose con mayor desparpajo en las siguientes obras, como en My Own Private Idaho, donde tienen su centro de acción por completo en las calles. Con To Die For ensambló una crítica a la cultura norteamericana de los noventa sobre su adicción a las cámaras, al estrellato, a buscar la cúspide del éxito a cualquier costo. Con Elephant retrata de forma contundente la indiferencia, no ya del adolescente, sino de la sociedad entera y las consecuencias que de ahí acaecen y que bien se muestran en la película, mensaje que parece alcanzar con una estructura similar a Paranoid Park, aun cuando esta historia se encuentra en un contexto de inicios del siglo XXI.

Sin embargo, con Last Days (2005), aquella suerte de biografía apócrifa sobre Kurt Cobain, Gus Van Sant pareciera querer cerrar ese ciclo que lo ata con los noventa, relatando los últimos días de uno de los símbolos más sobresalientes de esa década, el que precisamente encarnaba el dolor, la rabia, la soledad y el abandono de esa generación. Aunque el director retrata a un Cobain excesivamente desquiciado, la película tiene momentos conmovedores, como la larga toma de Blake (el nombre que lleva la estrella en el film) tocando una canción al melancólico estilo del líder de Nirvana. Opera esa escena casi como una despedida del director a ese periodo, colmada de melancolía y nostalgia, que luego cierra con contundencia cuando el personaje muere y se ve su espíritu desnudo abandonar su cuerpo y dirigirse a las alturas. Habrá que evaluar las nuevas miradas independientes que nos traerá Gus Van Sant con su lente.

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