Cero En Conducta Nº3 / Julio - Septiembre 2018

ISLA Y CONTINENTE

Hannah, de Andrea Pallaoro

Hannah, de Andrea Pallaoro (2017)

La segunda película del cineasta italiano Andrea Pallaoro, Hannah, estrenada en el Festival de Venecia en 2017, es aun más contemplativa y críptica que su ópera prima, Medeas, de 2013. Construida con planos cerrados o lejanos, en los que lo que no se muestra es tan o más importante que lo que podemos ver, la trama sigue a una mujer en su vejez, que debe afrontar una realidad poco grata.

Ganadora de la Copa Volpi a Mejor Actriz, Charrlotte Rampling, con toda su belleza, su porte y sus años a cuestas constituye la película entera. Le aporta toda la dignidad necesaria a este personaje complejo, introvertido, del que tan poco sabemos de principio a fin de la historia. La vemos en medio de su cotidianidad, si bien nos cuesta entenderla: sus clases de actuación, su trabajo de empleada doméstica, sus viajes en metro en una ciudad indeterminada, en los que observa detenidamente a los demás pasajeros con sus dramas a cuestas. Esta mujer, que vive corrientemente como si tuviera la mitad de sus años, aunque es visiblemente anciana por los surcos en su rostro, debe enfrentarse por fin a la vejez al quedar sola.

El afecto, parte fundamental de la trama, es esquivo todo el tiempo. La relación de pareja es fría, la filial, negada, la amistad parece no existir. El único cariño que recibe Hannah es el del pequeño hijo ciego de su jefa, que no logra reemplazar el vacío dejado por su nieto. El amor propio es difícil de mantener en sus circunstancias, si bien Hannah hace todo el esfuerzo necesario.

A la manera que lo hace Lynne Ramsey en Tenemos que hablar de Kevin, Pallaoro sigue a Hannah en su tragedia heredada y solo poco a poco, y a medias, nos devela los sucesos que la confinaron en la isolación y en el rechazo. La película es el retrato del dolor, del paso de la negación al reconocimiento a golpes de la realidad por parte de Hannah, aunque esta realidad siga siendo un misterio para el espectador.

Se trata de una película de interiores, con mínimos diálogos, escenas empezadas a media res, en la que el lenguaje cinematográfico es tanto o más importante que el guion mismo. La trama se devela en los matices, en los gestos, en la manera de hacer las cosas, más que en las acciones o las palabras. La fotografía oscura es aparentemente simple, pero está llena de reflejos, de luces tenues que resaltan, con la mayor sutileza, las emociones de la protagonista. La dirección de arte es sobria y discreta pero llena de intenciones. La figura de Rampling se enmarca en un vestuario neutro que destaca su delgadez, ese cuerpo que vemos desnudo —metafórica y también literalmente—, que resiste maravillosamente el paso de los años, así como en espacios que la definen: su apartamento viejo y con mobiliario muy tradicional, que contrasta con la casa que limpia a diario, enorme, moderna, llena de luz (aunque fría), el andén y el vagón de metro que toma a diario, el espacio cerrado —nunca mostrado por completo— de sus clases de interpretación, la piscina pública techada y llena de gente.

Sin ser circular, la película termina como comienza: en medio del correr de la vida cotidiana. Hay un primer y un último fotograma, pero no hay un verdadero principio ni un final. Somos espías de un rato de la vida de Hannah, un momento decisivo, sí, pero incompleto, como lo seríamos de la vida de alguien de este mundo. Un tiempo apenas suficiente para tratar de entender a esta mujer singular y a la vez común y corriente.

 

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