Cero En Conducta Nº3 / Julio - Septiembre 2018

¿Quién es John Waters?

John Waters y sus películas

El obsceno muchacho de Baltimore

Un metro noventa, bigotito fino –heredado y tributo al rocanrolero Little Richard–, figura extremadamente delgada, sonrisa permanente y pose muy erguida. Un poco extravagante, entregado a la lectura (no al estudio) y dotado con un finísimo sentido del humor. Un tipo adorable y de charla encantadora y franca. Decidió llevar su vida y carrera en su ciudad natal que siempre le resultó inspiradora: Batimore, un lugar olvidado y sólo mencionado en los medios por Waters y recientemente por la serie de televisión The Wire. Una ciudad multicultural pero tradicional en muchos sentidos. Algo así como un Popayán gringo, donde ser transgresor puede resultar muy divertido. Por algo, es al mismo tiempo la cuna del himno norteamericano y del irreverente músico Frank Zappa.

John Waters es el cineasta de la clase aspiracional gringa y un hábil provocador que gracias a películas como Pink Flamingos o Polyester, ha ilustrado la llamada cultura camp, una suerte de oda a lo estravagante y grotesco inherente a la sociedad. La glorificación del kisch. Arriesgado y dispuesto a hacer en cada película una radiografía, usualmente disparatada, de una sociedad folclórica y balurda que se ve como el eje del universo. Se considera a sí mismo una versión rara y gay de Samuel, su padre, quien financió sus tres primeras películas: Mondo Thasho (1969), Multiple Maniacs (1970) y la icónica Pink Flamingos (1972). Patricia, su mamá, fue actriz involuntaria en algunas de estas producciones, influenciadas por el trabajo de Russ Meyer, Hershell Gordon Lewis (padre del cine gore), Luis Buñuel, Rainer Werne Fassbinder, Ingmar Bergman y Pier Paolo Pasolini, entre otros.  

Cada año presenta su lista de diez películas favoritas, donde queda comprobado ese gusto que se olía en sus películas de forma directa o indirecta. Sus listas incluyen artistas como Woody Allen, Harmony Korine, Almodóvar y claro, su visón  sobre el cine gay. “Amo más Map To the Stars que a mí propio bigote”, “Gracias Dios por Gaspar Noé” o “La escena final de Amor de Haneke hace parecer a Saw una comedia romántica”, son apuntes como crítico provocateur que encierran un conocimiento profundo y particular sobre detalles históricos, mismo que le permite mantener su manía por hacer comparaciones impensadas. Ha mencionado a El Mago de Oz (1939) como la película que le hizo amar el cine. Harris Glenn Milstead fue su vecino y amigo de la infancia. Un año mayor que John, se convirtió en su musa cuando despertó en él su álter ego Divine, bajo el cual protagonizó los primeros trabajos de Waters. Esta icónica Drag Queen cantaba a ritmo de synthpop: “pretendes ser un hombre y en realidad eres un juguete” y trabajaba exitosamente en teatro y cine. Días antes de ingresar al elenco de Casado con hijos (serie que bien podría  haber sido realizada por Waters), fue sorprendida por la muerte mientras dormía, hace 30 años.

La popularidad de Divine catapultó el cine de Waters, que a su vez había sido quien la había lanzado a la fama cuando sus escandalosos videos experimentales cruzaron el país y San Francisco, y su comunidad gay, se rindieron ante su personalidad provocadora y directa. Esta actriz/actor, cantante y activista, fue la más representativa de los llamados dreamlanders, nombre dado a los colaboradores frecuentes de Waters. De hecho en Female Trouble (1974), Divine fue violada por un hombre personificado por Milstead. Las actrices Mary Vivian Pearce y Mink Stole han participado en todas las películas de John Waters. Amigas de la infancia del director, al igual que casi todos los dreamlanders originales, a punta de papeles o cameos mantienen ese record. La denominación viene de Dreamland Productions, la empresa de Waters, fundada originalmente con conocidos y vecinos de Baltimore.

La vocalista de Blondie Debby Harry, el padre del punk Iggy Pop, la polémica cantante y actriz porno Traci Lords, la expresentadora de talk shows Ricky Lake y actores de postín como Melanie Griffith, Johnnie Deep o William Dafoe han trabajado a las órdenes de Waters. Resucitó artísticamente en la película Polyester al recientemente fallecido galán Tab Hunter, un divo del cine a quien ser gay le costó su carrera. Siempre únicos y dispuestos, siempre sus dreamlanders. Dirigió la que parece será su última película en 2004. La fracasada comercialmente A Dirty Shame, que reunió a Johnny Knoxville, Selma Blair y Tracey Ullman en una comedia vulgar sobre calenturas sexuales que no tuvo ningún eco ni se acercó a su antecesora, la aplaudida Cecil B Demented, un tributo, estilo Waters, al cine.  En 1997 protagonizó el capítulo Homerphobia de Los Simpsons representando a Javier, un vendedor gay de artículos vintage. En su tienda podíamos ver una estatua de flamenco rosa porque aunque pasen los años y lo que sea, es imposible no rendir culto a este cuento infantil con algunos elementos fuera de tono (descripción del propio Waters).

Divine comiendo excremento de perro y enfrentando a una banda de traficantes de bebés y heroína. Además, dedicó a las chicas de la Familia Manson, especialmente a Leslie Van Houten de quien se hizo amigo, la entrevistó para Rolling Stone y abogó por su libertad. Waters veía los asesinatos como un acto contracultural desatando una polémica que lo siguió por años. John Waters ha asegurado a lo largo de sus 72 años de vida que la diferencia entre el buen y el mal gusto lo da el tiempo; que la obscenidad no existe, simplemente es belleza; que rió a carcajadas con esa comedia Ninfomanía de Lars Von Trier. El narrador de Baltimore, de los diferentes, de lo corriente, de ese Estados Unidos real que avergüenza al Estados Unidos ideal. Un muchacho maricón y freak que apoyado por sus padres se convirtió en uno de los más importantes directores de culto en la historia.

Intuyo su arte como necesario, nos lleva por un camino hacia lo humano y sus bajezas o virtudes. Para mí gusto, cataliza cosas tan diversas como la banda B 52’s, la familia corroncha de la niña superdotada Matilda, el olvidado y absurdo cine serie B con algo que va más allá de todo y que parece olvidado por la gran industria del cine actual: el derecho a expresarse como a uno se le da la gana.

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