Cero En Conducta N°4 / Octubre - Diciembre 2018

¿DISTOPÍA O REALIDAD LATENTE?

Sal, de William Vega

Sal, de William Vega (2018)

Pocas son las historias distópicas en el cine colombiano. Sal, la más reciente película de William Vega, bien puede ser una de ellas. Y digo “puede” porque, aun cuando el entorno, la historia y el simbolismo podrían llevarnos a creerlo así, no hay una evidencia clara de que en verdad lo sea. Tal interpretación recae en el espectador.

La historia se centra en Heraldo, un hombre que anda en motocicleta por una carretera desértica en búsqueda del legado de su padre. Un accidente trunca su periplo, y es atendido por una pareja, Salomón y Magdalena, que habita en medio del desierto y vive de la cacería y de negociar con la sal. Los tres buscan la manera de que Heraldo repare su vehículo y continúe su camino.

La esquizofrenia

Una distopía es generalmente una ficción de un futuro postapocalíptico, desesperanzado, donde el hombre regresa a lo bárbaro, a lo salvaje, cuando no trata sobre un porvenir dominado por una tecnología inteligente e irrefrenable o por perversas corporaciones. ¿Pero quién puede asegurarnos que una distopía no está sucediendo en el presente, en algún lugar remoto, o que incluso haya acaecido en un pasado cercano, invisible a nuestra dispersa atención?

William Vega, reconocido por el exitoso film La sirga (2012), busca esta vez trazarnos una historia sin una ubicación clara en el tiempo o donde el tiempo ya no importa, y en ello reside su encanto: podemos nosotros los espectadores pararnos donde queramos a contemplar la tragedia allí reflejada. Aquel lugar desértico, olvidado, donde se ha regresado al intercambio de bienes para sobrevivir, donde la sal ha recuperado su valor transaccional, la misma que le depositó el prefijo al añorado término de “salario”, podría ser alguno de aquellos olvidados por el Estado en nuestro presente o el resultado de una cruel premonición de un futuro cercano.

La historia de este viajero y sus salvadores tiene, además, un talante anecdótico, gracias a su narradora, una mujer china, que en su idioma natal brinda un par de reflexiones durante el film. Este peculiar elemento nos provoca el efecto de la narración de un hecho pasado. Sin embargo, ella podría estar ubicada en el presente o en un futuro mucho más lejano del momento de los hechos relatados. En fin, es un film que nos sumerge en una deliciosa esquizofrenia sobre su línea temporal.

Y aunque su espacio es más evidente por la naturaleza de los personajes y algunas pistas de sus diálogos, la historia tiene un carácter universal. Aquel escenario recreado por Vega es el reflejo de cualquier otro lugar en el planeta que sufre de la enfermedad del olvido o que pronto enfermará.

Sal

“Esta es la cura de todos los males. Sal pura, el tesoro con que construí mi reino”, dice Salomón, el hombre que habita el desierto, el que sana a Heraldo, el que le advierte de los bandidos y se compadece de él. Con elocuente fotografía, Vega retrata ese reino y lo salpica de símbolos de un talante casi bíblico, y nos deja a nosotros suspendidos en un desenlace que se funde en los lindes de la carretera, que acaso conduce a otros desiertos.

 

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