Cero En Conducta N°4 / Octubre - Diciembre 2018

ENTRE ESCULTURAS, PINTURAS Y DOCUMENTALES

En el taller, de Ana Salas. Sobre documentales recientes en Colombia.

Relatos personales para un país no contado

De manera casi imprevista, el documental se ha ido posicionando en Colombia en los últimos años. Cuenta de esto es el incremento de películas documentales exhibidas en salas tan sólo este año en el país (sólo por nombrar algunas: Ciro y yo, de Miguel Salazar, La mujer de los 7 nombres, de Daniela Castro y Nicolás Ordoñez, Los fantasmas del caribe, de Felipe Monroy, Cartucho de Andrés Chávez, My way or the highway, de Silvia Lorenzini). Ello se debe en parte a nuevas iniciativas de circulación como DOC:CO, que le apuestan a la promoción y distribución del cine de lo real. 

Este año comienza y termina con dos documentales colombianos realizados por mujeres: The smiling Lombana, de Daniela Abad, y En el Taller, de Ana Salas. Ambas mujeres buscan respuestas desde su propia intimidad: la de sus relatos familiares, la radiografía de las figuras masculinas en su vida. A través de su singularidad, las directoras exploran, se acercan y cuestionan su mirada interior y la del espectador.

The smiling Lombana: una obsesión por la fachada


The Smiling Lombana, de Daniela Abad

The Smiling Lombana, de Daniela Abad



Con Carta a una sombra (2015), Daniela Abad Lombana nos mostró la vida y muerte de su abuelo paterno Héctor Abad Gómez, un médico social para quien la coherencia entre lo que se piensa, lo que se dice y cómo se actúa era fundamental en la vida. Su historia contrasta con la de su abuelo materno, Tito Lombana, un hombre que refleja la complejidad del ser humano y de nuestro propio país: la belleza en su apariencia y el enigma en su interior.  The smiling Lombana inauguró en febrero de este año la 58ª versión del Festival de Cine de Cartagena (FICCI 2018). En la película, Daniela pregunta por la identidad a través de una narrativa personal construida con material de archivo, la música de Camilo Sanabria y entrevistas a sus familiares.

Lombana, el sonriente escultor

Tito Lombana era un joven atlético y vital de sonrisa persistente. Desde niño tallaba, fue empírico y reservado siempre. Su virtuosismo lo llevó a ganarse el primer premio en el IX Salón Anual de Artistas Colombianos y a viajar a Europa con una beca. Allí conoció a Laura, quien años después sería la abuela de la documentalista. Aunque la abuela no aparece en el documental, el archivo permite al espectador ser testigo de su juventud compartida con Lombana. Junto a estas imágenes, su voz y su memoria hacen de su ausencia una presencia latente a lo largo de toda la película. La voz de Laura resalta la sonrisa de Tito, incluso en los momentos en los que sonreír produce desconcierto. Este gesto seduce y atrae, pero a la vez es capaz de aparecer como una máscara que esconde el interior. La ambigüedad del ser humano puede descubrirse a través de una expresión como la sonrisa. Lombana era un seductor, un Don Juan, y como tal quizás nunca se sabía lo que pensaba, no había certeza entre lo que en realidad mostraba y lo que escondía, era la representación viva del enigma.

Ese misterio describe el arte del escultor y la angustia por la identidad: ¿Cómo estar seguros de quiénes somos o del papel que representamos? ¿Cuál sería la diferencia entre representar muchas veces a un personaje y ser él?  Acaso somos un “universo inacabado”: al mismo tiempo la angustia de ser algo que no queremos ser, el deseo de llegar a ser otro y la frustración de poder ser uno solo. Daniela Abad recurre a la escultura para mostrarnos la angustia del “yo”, esos múltiples universos superfluos que pueden llegar o no a pulirse debajo de la piedra.

Sobre nuestras ruinas

La película nos va mostrando cómo a causa de la codicia desaparece poco a poco el artista, dando paso al obsesivo “moldeador”. Tito se convierte incluso en un escultor al estilo de Pigmalión: aquel que busca a la mujer perfecta y quien al no encontrarla la moldea según sus deseos. Su obsesión por el “desarrollo” europeo –quizás la nostálgica idea de la dolce vita italiana– se ve enmarcada en los años 70 por una Colombia con una profunda ruptura entre el campo y la ciudad; por la obsesión del dinero fácil y la adquisición de objetos lujosos; por una idea de “progreso” que cubrió las fachadas y decoró las casas de los mafiosos y, al final, articuló gran parte de nuestra cultura.  “El mago de Medellín”, Tito Lombana, se hizo conocer precisamente por este tipo de decoración y tal vez por ello no reaccionó a la demolición de “Los zapatos viejos” (1957) en 1994 ni luego a su imitación en bronce erigida detrás del castillo de San Felipe con la firma de otro escultor: su hermano Héctor Lombana.

La alucinación que produjo el narcotráfico en la vida de Tito y de tantos colombianos ha dejado al descubierto las ruinas de nuestra propia cultura. “Nuestras ruinas (…) son (…) recientes, restos de nuestra violencia, restos de la mafia que financió nuestra guerra…”. De ahí que las ocultemos, no hablemos de ellas o las convirtamos en lugares turísticos y al final sigamos reproduciendo las mismas obsesiones. La historia de Tito termina siendo la historia de los matices colombianos, el reflejo de los múltiples colores de los valores, de las decisiones morales del país, de la ambigüedad de la legalidad. The smiling Lombana nos cuestiona mostrándonos, no la biografía íntima de un hombre que deba ser condenado, sino una imagen de nuestra propia historia, de la que tal vez aún no nos hacemos cargo.


En el taller: trazos de una obra alimón

El pasado 1 de noviembre se estrenó En el taller, una película de Ana Salas sobre su padre el pintor abstracto Carlos Salas. Irrumpiendo, o quizás compartiendo la intimidad de su taller, Ana nos permite ser testigos del proceso de creación de una de las pinturas de su padre. Dicho proceso se divide en ocho partes: “En busca de la imagen”, “Paso a paso”, “En el abismo”, “Camino”, “Un cuadro, una historia”, “Marcas del sentimiento”, “Retorno” y “Epílogo”.

En el taller, de Ana Salas

En el taller, de Ana Salas

Como preludio a estos fragmentos tenemos un contexto: planos generales de Carlos en el blanco taller, un enorme lienzo circular sobre el que poco a poco van apareciendo trazos, una conversación epistolar entre padre e hija.  El padre se siente intrigado por la obra de John Berger y la relación de éste con su hija Katya. Conjuntamente han escrito una obra de teatro. Ana le responde a Carlos mostrando su alegría por tener también ahora un proyecto juntos, otra obra alimón.

La voz de Carlos toma fuerza en el relato del documental. Para hallar la imagen sobre el lienzo hay que tener en cuenta los materiales y la fluidez con la que éstos empiezan a habitar las superficies: la pintura irritable, las líneas, las herramientas que dejan surgir aquellas marcas, las telarañas que plasman el estilo del pintor, los detalles y las cosas que, a pesar de aparecer aparentemente en disputa, se van articulando a medida que generan su propia lógica. Primeros planos de estos detalles permiten al observador acercarse a aquella intimidad de creación del artista en sus primeros pasos.

Paso a paso, vamos comprendiendo el sentido de esta obra hecha a varias manos. La película nos habla de la forma misma de su creación, así como el pintor habla del nacimiento y mutación de su pintura. El documental interroga el modo como se registra la realidad permitiéndonos acceder a su propio proceso de filmación: la presencia en pantalla del boom y la claqueta nos hacen conscientes de la realidad siendo filmada. Del taller ocupado. De la observación permanente, en ocasiones controlada y en otras participante.  La crisis del pintor revela también su inextricable relación con “el afuera”. Lo “interior” de la pintura se ve afectado por el mundo abismal que rodea al pintor, la situación del país y la pregunta por la violencia se hacen latentes en su camino.

Tantas cosas que ocurren, es de todos los días, todos los días tiene que haber algo. Es como si la maldad se hiciera real. Se materializara. ¿Cómo atacar eso? Para eso existe la justicia, pero ¿cuál justicia? en Colombia no hay ninguna. Eso no se aguanta más. Tenemos que salir del abismo. ¿Qué tanto ocupa en mis pensamientos la situación del país? ¿Qué tanta irritabilidad se puede almacenar? ¿Qué tanta se va hacia el cuadro?

Es la voz del pintor que retumba en off sobre sus propias imágenes. Ana no quiere hablar de esos temas. Parecen estar fuera de campo, fuera de marco, por fuera de la película. La política pareciera en ese momento no ser parte relevante de la filmación.  Y, sin embargo, al final, retumba. El cuadro pareciera querer expandirse hacia ese “afuera”. Los sonidos del afuera pasan entonces a primer plano. El silencio adentro y los ruidos afuera del taller. Las noticias resuenan en la televisión y en la radio, en las historias de personas cercanas, en los pensamientos del pintor, en la película de su hija. No en vano este apartado representa el instante mismo en el abismo del artista, un momento de crisis interna que se exterioriza con la caída de la pintura.

En el taller, de Ana Salas

En el taller, de Ana Salas

El momento se convierte en oportunidad. “El cuadro se sale de los bordes”. No se trata sólo de ver los problemas, sino de crear algo con ellos, imaginar, revelar otras opciones que han estado ocultas. Poco a poco se muestra un camino. La técnica del pintor se hace revelación. Su abstracción se desvela en el proceso. Una técnica sencilla es capaz de plasmar la complejidad.
La película demanda una serie de cosas que sobrepasan la intuición del pintor… Entonces sus pensamientos se hacen audibles: “No quiero que me digan qué hacer”. “No me dejan hablar de política”. Sus palabras, también, son resistencia política. ¿Cuál es el papel del artista en un país fragmentado por el miedo y el horror de todos los días? El cuadro es al final una tormenta de colores y texturas, de trazos y sensaciones, más una lluvia de sonidos y movimientos que convierten la abstracción en un paisaje vivo. “El taller de cada artista es portátil, se lleva”, ha pasado a formar parte de la naturaleza.

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