Cero En Conducta N°4 / Octubre - Diciembre 2018

GRANDEZA Y DECADENCIA

Grandeza y decadencia de un pequeño comercio de cine, de Jean-Luc Godard

Grandeza y decadencia de un pequeño comercio de cine (Grandeur et décadence d’un petit commerce de cinéma), de Jean-Luc Godard

 

“My dear Ingrid. It’s only a movie”

Hitchcock a Ingrid Bergman en el set de Notorious

Eric Rohmer alguna vez dejó por escrito su creencia de que el cine no encontraría mucho al mirar hacia su ombligo, que hacer una película donde el tema principal fuera precisamente hacer películas era un camino directo a la vacuidad y la insensatez. El tiempo le probaría lo contrario, pero es precisamente en una película de su compañero de redacción en Cahiers du Cinéma y de la Nouvelle vague, Jean Luc Godard, perdida hasta el año pasado y exhibida solo una vez por la televisión francesa en su momento, que Rohmer encontraría un gran lunar en su certeza. Grandeza y decadencia de un pequeño comercio de cine apareció en el festival de cine de Locarno el año pasado. Como su nombre ya lo predica, la película sigue a los miembros de una compañía de cine mientras, tratando de paliar la crisis, hacen una película de televisión, puntualmente se concentra en el proceso de casting de la misma, de la que nos enteramos será de gángsters, tono que tomará ventaja en alguno de las pasajes de la película que sí vemos.

Esta nueva película –no tan nueva– representa una atención especial para esta revista. El film, además de ser una especie de homenaje sin concesiones al arte cinematográfico, es una manera de honrar a Jean Vigo, el papá de los rebeldes, y el nuestro también, a quien hacemos una especie de honor con el nombre de esta publicación (así nos encomendados a su figura, esperando que nos guíe también ese sentido de iluminación, belleza, seguridad y humanismo que siempre dejó en sus películas). El protagonista del film de Godard se llama Jean Almereyda, nombre real de Jean Vigo.  El otro personaje que lleva sobre sus hombros la película, interpretado por Jean Pierre Léaud, se llama Gaspar Bazin (apellido estrictamente asociado a la Historia del cine y la historia personal de Godard). La película parte entonces de una aparentemente sencilla labor de una compañía productora que busca actores para su próximo proyecto para dilucidar un intenso análisis de la relación entre creador, medio, artista, dinero y de todas las posibles combinaciones entre esos factores, creando un esquema parecido a lo que debe verse cuando se ponen dos telarañas una encima de la otra.  

Godard aquí, lo sabe desde el título, está seguro que encuentra más que decir en los momentos de crisis, momentos radicalmente distintos a los que nos tiene acostumbrado cierto cine que hace de la tragedia y la crisis su tema canónico. Al contrario de los directores de ese otro cine, Godard cree en el hombre, así sea consciente, como dice la película, de que no limpia sus ideas, a pesar de que le toque hacer un par de películas para televisión mientras desea con alma cuerpo y corazón el presupuesto que le dan a Roman Polanski. No en vano entonces el título alude a la cúspide y a la caída. Sin embargo, parece que en el film solo vemos la caída: los dos que actúan como jefes no hacen más que gritarse; en sus oficinas parecen aburridos; el productor Almereyda no deja de preocuparse por la originalidad; los otros dos empleados que vemos pasan sus días con la mano en el cachete: no se saben si están aburridos o si se imaginan haciendo cualquier otra cosa diferente a decirle a los demás cuánto se les debe descontar por el pago de la seguridad social.

Godard es un convencido de la facultad técnica esencial del cine: dar orden a unos instantes separados. Es ahí donde comienza su reflexión. Ver esta película, y sus propios films más cercanos (Le Mépris, Passion), es asistir a la confirmación de que para pensar el cine es necesario encarar la reflexión de esa unión de los instantes separados, lo que quiere decir que hay que mirar con detenimiento cómo montar (o desmontar) una película. En Grandeza y decadencia de un pequeño comercio de cine, Godard confía de los intertítulos y las disolvencias, al mismo tiempo que abraza los asuntos cómicos. Puede ser que para él no haya nada más gracioso (y a la vez más serio y más importante, y aquí es donde nos damos cuenta de la naturaleza doble de esta película: da risa pero es seria, es torpe pero es precisa) que un grupo de gente reunida a pensar maneras de interrumpir la vida con el único propósito de capturarla. Sus chistes no sueltan ironía. Godard bien podría ser Bazin y Almereyda al mismo tiempo.

También no hay nada más gracioso (y también soberano) que ver cómo un hombre dedica su vida a mirar caras, a hurgar miradas tratando, como se pueda, de encontrar la próxima gran estrella, una cara que pueda desenvolverse con soltura y elegancia en todas las pantallas del mundo. Quizás de la misma manera como un crítico (oficio que Godard también ejerció) se pasa su vida viendo películas buscando aquellas que pueda guardar en el corazón para defenderlas siempre. Ambos oficios están llenos de ingratitud. Bazin empieza detrás de cámara y, al final, después de la caída, vuelve al frente con un ojo agudo, como alguien que conoce algo que los demás desconocen pero que a nadie igual le importa saber, por eso es capaz de decir una frase como esta: “¿Lo esencial? No son nuestros sentimientos acerca de nuestras experiencias pasadas sino nuestra tenacidad al enfrentarlas.   

Andrés Caicedo decía que Godard era el director que mejor sabía fotografiar a una actriz, el que más las embellecía, a eso le podemos agregar (con esta película como prueba reina) que es el que mejor sabe cómo embellecer un asunto completamente sacado de los cables, como lo es una empresa que se dedica a hacer películas, películas que, además, por la insistencia del director, parecer ser precisamente sobre los rostros de la gente.

 

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