Cero En Conducta Nº0

BAJO LA PIEL

A continuación, una pequeña muestra de la diversidad de títulos que circulan por otras partes. Películas que soñamos con poder ver, algún día, en la cartelera nacional.

Ta peau si lisse (A Skin So Soft, 2017)  de Denis Côté

El fisicoculturismo es una pasión solitaria, al menos esa es la impresión que queda al observar la última obra del director canadiense Denis Côté, estrenada el año pasado en el Festival de Locarno. El director presenta a un grupo de seis hombres que trabaja duro moldeando sus cuerpos. Para lograr el resultado que desean, deben seguir una estricta rutina de ejercicios, llevar una dieta controlada y someterse a arduas sesiones de depilación y bronceado.

Al contrario de lo que podría esperarse, en la película no se ofrecen explicaciones sobre el mundo del fisicoculturismo ni información sobre dietas, rutinas o esteroides. Tampoco se hace un juicio de valor sobre este particular estilo de vida o sobre los peligros que puede representar para quienes lo practican. Como ya es tradición en la filmografía de Côté, lo que se ofrece es una mirada sensible y una experimentación cinematográfica en torno al tema. No hay entrevistas, los protagonistas no se dirigen a la cámara y, de hecho, las palabras son escasas durante toda la película. Hay, en cambio, volúmenes, texturas y sonidos que nos acercan a la materialidad de los cuerpos. Los bíceps, pectorales y cuádriceps enormes ocupan la pantalla durante buena parte de la película. No hay música incidental y en cambio resaltan los sonidos producidos por el cuerpo: el roce que produce la piel al frotar el aceite y los sonidos guturales al realizar esfuerzos físicos extremos.

Cada personaje lleva a cabo rutinas similares en el gimnasio o en su casa. Sin embargo, las seis historias se desarrollan de manera paralela y no se cruzan sino hasta el final, cuando el director los reúne en un paraje campestre donde toman el sol, descansan y, por supuesto, se muestran unos a otros los músculos que han desarrollado con tanto esmero.

La competencia está siempre presente como parte de la motivación de estos hombres; sin embargo, ésta no ocupa mucho espacio en la película. Côté hace énfasis, en cambio, en los entrenamientos y en las escenas cotidianas en las que los protagonistas alzan a sus hijos en brazos o comparten una comida en familia. El resultado no es una celebración del mundo del fisicoculturismo sino un acercamiento al lado más humano de estos superhombres.

En un mundo que puede ser considerado superficial, en el que se trabaja sobre la apariencia y en el que el tamaño de los músculos es lo que cuenta, estos hombres se muestran sensibles y revelan una fragilidad que contrasta con la fuerza que exhiben sus cuerpos. En una escena de la película, la pareja de uno de los protagonistas, que se desempeña como luchador profesional, le dice que lleva días sin hablarle y, con una mezcla de impotencia y resignación, le recuerda que si él no habla ella no podrá ayudarlo. Se aproxima una pelea importante y, al parecer, la tensión crece; pero estos parecen ser hombres de pocas palabras. En sus miradas y prolongados silencios intuimos que la verdadera lucha la libran día a día y consigo mismos; pero esto queda sólo insinuado y Côté nos deja la tarea de terminar de trazar ese universo emocional.

No poder conocer algo más estos hombres de mirada profunda y tristeza a flor de piel produce frustración. Pero este es un sentimiento conocido en la obra de Côté, quien le entrega al espectador la responsabilidad de interpretar y hacerse cargo de los sentimientos que surgen al ver sus películas. Recordemos Bestiaire (2012), en donde los animales devuelven la mirada de los espectadores generando todo tipo de reacciones en ellos. En esta ocasión, debemos hacernos cargo de la fragilidad que estos hombres musculosos emanan.

¿Documental o ficción? Côté es alérgico a las convenciones. Le gusta, en cambio, mezclar los géneros y está más interesado en pensar en el potencial cinematográfico del tema tratado que en encasillarlo en una categoría. Su obra oscila entre producciones de gran presupuesto con guiones y actores profesionales y películas más económicas, experimentales, difíciles de clasificar y, tal vez, más personales. A skin so soft se sitúa entre las últimas y, aunque pareciera acomodarse fácilmente en el género documental, deja la duda de qué secuencias han sido puestas en escena.

El final, en el que los seis personajes se encuentran, es un momento claramente orquestado por el director para los fines de la película. Pero hay otras secuencias en las que la puesta en escena es menos clara; por ejemplo, una pelea que presenciamos entre uno de los personajes más jóvenes y su pareja debido a que esta última no tiene la motivación necesaria para llevar a cabo el arduo entrenamiento, o la secuencia en la que otro de los protagonistas, sentado a la mesa, llora mientras come y mira algo en una pantalla. A Côté parece divertirle que no podamos diferenciar entre las escenas que han sido planeadas y las que no; pero, aclara, incluso las escenas ficticias de la película están basadas en la realidad de los personajes.

Realidad o invención, la película de Côté despierta sentimientos fuertes, como el caudal de emociones que corre bajo la delicada piel de estos frágiles pero musculosos hombres.

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