Cero En Conducta Nº0

BRUNO DUMONT: EL GESTO PURIFICADOR

Los invitados a esta nueva versión del Festival comparten una especie de devoción por encontrar en las imágenes que crean y de las que son protagonistas un cine demoniaco, irreverente, arrollador, que cuestiona, confronta y transforma.

En una de las secuencias iniciales de Fuera Satán (Hors Satan, 2011), un hombre y una mujer joven se parapetan en las afueras de una granja. Él lleva una escopeta y apunta a un blanco que no vemos. De un galpón metálico cercano sale un hombre que es fulminado de inmediato por un tiro del arma. Lo importante no es el hecho violento en sí: es la reacción del hombre y de la mujer. No quedan exultantes por lo que acaban de hacer, no son un par de criminales en medio de un robo planeado. Quedan con la miraba hacia abajo, como si oraran o reflexionaran, como si ese asesinato fuera algo necesario para ellos, como si al hacerlo se redimieran, como si al ejecutarlo se purificaran.

¿Qué buscan los personajes del cine de Bruno Dumont?  Me atrevo a pensar que ante todo buscan la pureza: el acto, el rasgo, el gesto que los limpie, que los sane. A lo incomprensible del existir ellos contraponen una fuerza interior que los salva, aún a costa de sí mismos. El policía taciturno protagonista de La humanidad (L’humanité, 1999) -equidistante entre la ingenuidad alelada y la locura beatífica- se aísla de la fealdad del mundo mediante su actitud perpleja, mientras su vecina Domino y su novio se entregan al sexo para darle algún sentido a su existir. En la unión explícita de sus cuerpos encuentran el aliento que necesitan para sobrevivir, como ocurre entre André y Barbe en Flandres (2006), donde el sexo es un símbolo de resistencia frente a la soledad y al frío de las almas.

Es el acto sexual también lo que libra del hastío vital a la pareja autodestructiva de Twentynine Palms (2003) en medio de un desierto norteamericano donde no es difícil ver el reflejo de sus propias vidas. A la pulsión sexual habría que sumar la violencia física (asesinatos, violaciones, terrorismo, inexcusables crímenes de guerra) que su cine exhibe como otra manera que tienen sus protagonistas de alcanzar un frágil estado de paz interior, tras haber roto y deshecho todo lo que de débil, enfermizo y punible ven en los demás y que se equipara con las leyes del más fuerte que gobiernan la naturaleza.

En el otro extremo, si la pureza se identifica con el espíritu, Dumont también hace que sus personajes recorran un sendero espiritual no siempre fácil ni satisfactorio, sembrado más de dudas que de respuestas. Ahí está Céline, la novicia de Hadewijch (2009), incapaz de encontrar sentido a sus plegarias, anhelante de que su fe en Dios fructifique. Pese a todo, a pesar de sus derivas e incertidumbres, encontrará al final un gesto único purificador y salvífico que lo justifica todo (no es casual que parezca un bautizo entre las aguas). Pharaon, el policía de La humanidad levita ante nuestros ojos en un punto del filme, para mostrarnos que su imbecilidad lo salva, que su reino no es digno de este mundo abrumador. También un personaje de Ma Loute (2016) se alza por los aires y el protagonista de Fuera Satán exhibe poderes de curación, pero el verdadero milagro es su cine: Dumont ha convertido la distancia en virtud. Sus personajes son inasibles, sus tomas son largas, sus tiempos muertos son memorables, sus actores son naturales, la desdramatización de las situaciones es su marca, la música incidental es prácticamente inexistente. Todo lo anticomercial es su dominio –véase esa miniserie inefable que es P’tit Quinquin (2014) – y, sin embargo, la capacidad de seducción de sus imágenes es enorme. Heredero del cine de Robert Bresson, Dumont busca –como sus personajes– la pureza estética, narrativa, moral. Podemos todos dar fe de que la ha encontrado.

 

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