Cero En Conducta Nº0

LA RUTA DEL NUEVO CINE

Rotterdam, el festival concebido para salvaguardar las propuestas más atrevidas y particulares del cine, tuvo dificultades este año para encontrar esas nuevas voces que desafían la institucionalidad del medio.

Durante once días, en una ciudad muy cercana a la capital holandesa, se lleva a cabo el International Film Festival Rotterdam. Este año ajustó cuarenta y siete versiones, tiene dos importantes competencias para largometrajes, una para cortometrajes y hace un buen y amplio recorrido por las películas que más sonaron el año anterior. En resumen, es un panorama y una apuesta al futuro.

En esta versión, curiosamente y frente a todo pronóstico, la sección más floja, en la que menos películas interesantes se vieron, fue la oficial: ocho títulos en competencia. Sin embargo, en los otros gruesos del programa sí pudieron verse  propuestas comprometidas con nuevas formas de pensar lo cinematográfico y el acercamiento a lo que se filma.  A continuación, lo más destacado. Primero los estrenos mundiales, las películas por las que se enorgullecen los festivales, las que sueltan como descubrimiento excepcional y las que también miden el aceite del evento.

Azougue Nazaré es la primera película de Tiago Melo, un retrato de tensiones en clave de musical. Estrenó en la sección Bright Future y fue de las propuestas más sólidas que llegaron de Brasil. Sorprende por su capacidad inventiva, por la vitalidad con que mezcla aspectos que en un principio se consideraría no pueden combinarse y por cómo presenta a sus personajes, dándoles una voz propia que supera el “mosaico rural”. Para ofrecer una lectura al terremoto al que se enfrenta el hombre de hoy: su relación con la pérdida (y la negación) de los valores que le han impuesto desde siempre, la película se sitúa dentro de las pesquisas de un grupo dedicado al maracatu que se prepara para el gran festival. Desde esa óptica, las pequeñas batallas sentimentales de sus personajes para insistir en no perder lo que disfrutan es de donde se desprende toda la aventura del film. La película podría pensarse como una colisión. Un grupo de personas quiere algo (sobre todo el protagonista, que en una escena clave se dirige a hacer una reclamo a gritos: la colisión se vuelve literal) que otros insisten en eliminar. El film se aventura a decir que esa insistencia por la prohibición equivale a la pérdida completa de una noción del ser. Una especie de pasión por la vida que se esfumaría.

La película infinita es un ensayo en tono melancólico sobre un par de películas argentinas jamás vistas, películas que sus directores filmaron pero nunca terminaron o películas que se filmaron a medias. Un film que se pregunta por los resquebrajados destinos de lo que se filma, que se piensan desde su título como una sucesión infinita de pensamientos dichos al viento y que quien esté verdaderamente atento es capaz de distinguir. Es la segunda película de Leandro Listorti y fue editada por el colombiano Felipe Guerrero. Es una investigación sobre lo que se pierde. Asistir a la proyección de esta película es comparable con asistir al concierto de un prestigioso artista, donde se ve todo con solemnidad.

James Benning, el cineasta contracorriente por excelencia, presentó Readers, su más reciente película. Se trata de un film con cuatro planos, cada uno de unos 25 minutos, donde vemos a una persona leer (atención: no es en voz alta). El cine de Benning, como se constata en otros de sus trabajos, se pregunta por el tiempo y la relación que tiene con nosotros como espectadores. Ver una película de Benning en un cine, con otras personas y en pantalla grande, produce una sensación de misterio, de algo cercano al rito. Es difícil explicar qué es lo que pasa al convivir con esos lectores que pueblan la película. El detalle, las propuestas que hace un rostro enfrentado a las palabras, lo estático de su cámara, todo resulta, de nuevo, una especie de experiencia litúrgica. Cinefilia dura, donde el evento de mayor envergadura es el pasar de una hoja.

Hay un pequeño film para destacar, que generó todo tipo de disidencias entre los acérrimos espectadores del evento. Sebastian Hofmann presentó Tiempo Compartido, que a Rotterdam llegó con el premio a mejor guión en Sundance. La película sucede en un majestuoso hotel que acaba de cambiar de dueños. Más cercana a la comedia que a la tragedia, la película se decide en doblar la creciente ambición de la clase media por hacer todo lo que sea necesario para convertirse en ricos. Un film sobre la publicidad y, porque no, sobre lo peligroso que es creer en imágenes, albergar en ellas esperanza alguna. La película pierde adeptos por el tono en el que decide desenvolverse, pero que esta afirmación no desanime a nadie, es un divertido film que consigue lo que se propone: poner en duda el mundo que nos rodea.

Las películas exhibidas en Rotterdam parecen cumplir con un requisito clave: lejanía de las zonas de confort, el riesgo para el festival es vital. Luego, el juicio de los resultados de ese riesgo es donde debería estar el debate grueso del evento. La búsqueda de las nuevas voces puede resultar, en cualquier momento, un terreno desierto, pero para el Festival es imposible aceptar esos vacíos. Así que ahí es donde entra la labor del crítico y del espectador más atento. Es fácil que en estos eventos donde se quiere destacar un cine que tiene unas aspiraciones radicalmente distintas a las del mercado tradicional, muchas películas, por hacer uso de cierto estilo, pasen al lugar de “los descubrimientos”, esa es la trampa. Descubrir es siempre una tarea extenuante para los grandes festivales, pero es una labor obligada. La tarea es asistir a esas proclamas, probar esos nuevos descubrimientos y tratar de discernir.

 

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