Cero En Conducta Nº0

LA TELENOVELA Y LA ESTRELLA

La telenovela errante (2017) y La estrella errante (2018) son dos títulos incluidos en la competencia oficial ficción, candidatas a la India Catalina a Mejor película. Una es como un muerto resucitado y la otra se parece a una experiencia alucinógena.

Dos películas de la competencia de ficción tienen el mismo adjetivo en su título: Errante. No creo que sea coincidencia, ambas comparten un deseo de poner en evidencia el extraño proceso que es construir una imagen, ver una imagen y, al mismo tiempo, ser visto por esa imagen.  Las dos películas, con apropiaciones distintas, son una invitación al vacío, a un lugar que mirado de cerca esconde la amenaza de lo desconocido. ¿De qué se trata todo eso de convivir con las imágenes? Raúl Ruiz, Valeria Sarmiento (La telenovela errante, Chile) y Alberto Gracia (La estrella errante, España), antes que nada, nos avisan que hay que desconfiar de ellas, sus películas orbitan alrededor de la relación de unos pocos (y unos muchos) con lo que se mira. ¿Pero por qué? La respuesta concreta, obviamente, no llegará nunca. Lo que las películas nos regalan son proposiciones distintas de ese peligro, o sea que son films que se adentran a buscar la forma –difícil y esquiva– de capturar la parte extraña de lo que nos es familiar. Cómo abrir los ojos es la pregunta que cada imagen de las películas plantea, ambas son creadas desde el lugar del querer desenmascarar.

ERRANTES

El diccionario define la palabra errante como algo (o alguien) que anda de una parte a otra sin tener asiento fijo, ¿no es esa una cualidad de la imagen/película? Una cosa a la que nunca se le podrá medir sus alcances y que siempre es una vagabunda, que busca quién la reciba pero que es inagotable. En las dos películas se empieza con una noción más o menos dolorosa: para leer mejor este mundo toca dudar, desconfiar de todo. La estrella errante abre con una entrevista a Rober Perdut cuando estaba en un punto alto de su carrera como cantante underground. Después se convierte en el protagonista de ese intenso y alucinante viaje que es la película. En esos minutos se confronta la imagen de un Perdut inmortalizado como un rebelde joven con uno poseído por los signos del declive, que yerra por las consecuencias de su vida lisérgica, haciendo que la película sea como un pensamiento interrumpido, un balbuceo constante que, confrontado a otras imágenes, procede a crear un pequeño argumento sobre esa peligrosa acción que es mirar.

El estudio de las dinámicas de un país que hace La telenovela errante se hace a partir de la duda al producto de mayor consumo en el continente: la telenovela, el programa de televisión que expone las pasiones más álgidas y edulcoradas y que, inevitablemente, se convierte en un registro fiel de los fantasmas que persiguen a quien las ve. Una radiografía a las tensiones de un pueblo que deja su juicio al televisor. Ruiz hablaba de Chile, pero su argumento es universal. La pregunta de quién mira a quién se convierte en un divertido e ingenioso gag que cristaliza esa angustia e incertidumbre que persigue a cualquier imagen.

Quizás sean una invitación encubierta para todos, aún más a aquellos que hemos hecho de las imágenes nuestra vida (¿alguien no?), a aprender lo elemental: como hemos aprendido el lenguaje del cine sin darnos cuenta, olvidamos que es algo que debió ser aprendido. Hay que abrir los ojos a esa nueva posibilidad de re-aprendizaje.  Estas dos películas retuercen la dramaturgia y buscan expandir los lugares de la representación, logrando realizar algo sorprendente y poético, pero también alarmante. Se convierten en una minuciosa forma de preguntarse cómo se resiste la realidad, y quizás advirtiendo que no es tan fácil como se cree.

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