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LUCRECIA MARTEL: REINA PUESTA

Martel, la reina del cine, estrenó el año pasado su esperadísimo regreso a la silla de la dirección, Zama (2017). Su nueva película participa por el premio a Mejor película de la competencia oficial ficción.

“–¿Y si vuelve? –Que vuelva si quiere” fue la última frase del cortometraje Rey Muerto, con el que Lucrecia Martel, la reina de la cinematografía argentina, se dio a conocer en 1995. Así, la mujer le decía a sus hijos, con firmeza, que no tenía miedo de que el hombre que la maltrataba, regresara. Fue un corto disruptivo por su temática fuertemente feminista para la época, que hizo parte de Historias Breves, compendio del que también participaron cineastas como Daniel Burman o Bruno Stagnaro. Seis años después, al lado de otra mujer importantísima dentro del movimiento femenino del cine en Argentina, Lita Stantic, Martel lanzó su primera película: La Ciénaga, a través de la cual dejó ver que su apuesta era por descentralizar el cine de su país, para que la atención en las historias no se diera apenas en Buenos Aires, sino en regiones, como su natal Salta.

El cine de Lucrecia Martel es extremadamente sensorial. En La mujer sin cabeza, el espectador no puede evitar sentir lo que siente la protagonista cuando, al comienzo, baja de su auto y sin estar en cámara, prefiere esperar debajo de la lluvia. Pero no solo acude a los sentidos, Martel también es una directora que ha despejado su camino con películas que muestran la hipocresía de la sociedad conservadora salteña. De esta manera, no representa la típica cinematografía argentina y su mérito recae en lograr ser muy argentina, sin ser porteña. Además, experimentar con la imagen y el sonido en cada uno de sus trabajos audiovisuales no solo la ponen en el top de los mejores de su país, sino de toda América.

Su obra maestra, Zama, no ha tenido tanto éxito en premios, pero sí frente a la crítica especializada. Y es que tras el infructuoso intento por grabar El Eternauta, Martel le apostó a hacer una película basada en la novela Zama, de Antonio Di Benedetto. El libro, publicado en 1956, representa un gran reto para cualquier director por la dificultad de llevarlo al cine, teniendo en cuenta que se trata de un monólogo donde la quietud y la inacción complejizan dicho proceso. El resultado, una película que supera su filmografía previa y que demuestra que se trata de una directora con una madurez audiovisual que difícilmente podrá encontrar reemplazo..

 

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