Escritos

ANA VAZ Y EL PAISAJE INSÓLITO

La cineasta brasileña Ana Vaz es caminante, en el sentido más Le Bretoniano, es decir, su reloj es cósmico, es el de la naturaleza, el de su cuerpo, la cámara lo atestigua: un tiempo ya no parcelado por la voracidad meticulosa de la cultura contemporánea. El cine de Vaz es revestimiento pluriversal y su mirada, balbuceante y derivativa como la poesía enfebrecida de Cecilia Meireles.

La realizadora de A Idade da pedra (2013) hace parte del seminario de la MIDBO “Cine documental especulativo” dirigido por Almudena Escobar; la contingencia pandémica de estos tiempos permitió un cruce inaudito y fascinante: Sky Hopinka, Lois Patiño, Ben Rivers son sólo algunos nombres que se aúnan al de Vaz. Precisamente uno de los triunfos evidentes del seminario propuesto es la revaloración de la especulación como un valor profundo en la creación cinematográfica; una praxis periférica de la hegemonía del “deber ser”; libre de la atadura  burocrática del fondo subsidiario de formas y sentidos; esta especulación atemoriza precisamente por su libertad, ese funambulismo de procedimientos estremece a las academias y a los teóricos del fetiche categorizante: “Esto qué es con relación a esto otro”. Pues entonces los quiero ver chascando el cine de la brasileña. 

Etnografía experimental, decolonialismo sensible, historicismo abstracto, antropología de la ruina; hay un verdadero festín de la etiqueta para esgrimir los encuadres y los paisajes sonoros de las películas de Ana Vaz. Deleuze define las naturalezas muertas en el cine por la presencia y composición de objetos que se envuelven en sí mismos o se transforman en su propio continente; encuentro algo similar en A Idade da pedra o en Occidente (2014), pero también un activismo fiero en contra de los procesos de colonización de espacio y tiempo en la sociedad brasileña, ya sea en Occidente, donde la progresión historicista de la colonización endógena portuguesa se subvierte con una lucidez abrumadora que recuerda a las operaciones de Jean-Gabriel Périot con las ruinas de Hiroshima en 200.000 phantoms (2007); una abstracción estética que también pone en alerta los filamentos racionales para advertir que nuestro paso por los territorios que invadimos es de carácter efímero.

Ana Vaz no deja la contemplación de ese vaciado del espacio como un postulado; abierta a la especulación, realiza un boceto de lo real y lo imaginario, de la huella y el vacío, del cuerpo y el objeto; bajo sus operaciones se amparan las ruinas, los minerales, el humano y sus tradiciones orales y las cicatrices profundas de la herida colonial de los procesos eurocéntricos; se intuye de manera incontestable una de las máximas de Enrique Dussel: “La modernidad como un mito”. La creación en Vaz se sabe atravesar por el lenguaje como en Há Terra! (2016), ese cortometraje de serpenteantes maneras lúdicas, donde cazador y presa se funden en el mismo horizonte; el pie y la tierra se vuelven osamenta y el tiempo occidental de la cuantificación imperiosa una mera modulación opaca. Vaz, junto a Laura Huertas Millán (Aequador, 2012), llevan la implicación de la ruina a un nuevo estadio; atraviesan el umbral de la melancolía a zancadas dejando por el camino premoniciones en forma de huellas. No es ciencia ficción etnográfica, bajo sus volátiles soportes crujen verdades que deslumbran, que tocan la luz y abrazan la sombra. ¿Qué ocurre en nosotros al contemplar esos parajes inhóspitos dominados por esas paquidérmicas estructuras atemporales? Hay que regresar a A Idade da pedra y a Há Terra! Celebro el cine libre, colérico y fantasmagórico de Ana Vaz.

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