Cero En Conducta / Especial cine colombiano

ABRIRSE PARA RESPIRAR

Narraciones de duelo en el cine de Nicolás Rincón Gille

 

En el prólogo del libro El viaje…. Rutas y caminos andados para llegar a otro planeta (2012), Tatiana Huezo define la labor del documentalista como un “interpretador de mundos, y en este oficio de interpretación, uno de los retos más grandes es atravesar esa distancia que [nos] separa del otro”. En un mundo cada vez más distante física y emocionalmente, la(el) documentalista emerge desafiante. La distancia entre las personas es una de las avasalladoras causas de la violencia. La guerra se alimenta de la falta de comunicación y se fortalece con las dicotomías; su triunfo se mide acorde a la longitud entre los puntos extremos. Ciudad y campo. Héroe y villano. Hombre y mujer. Realidad y mito. 

El cine de Nicolás Rincón Gille resiste y desafía estas dualidades. Sus películas presentan una ruta de duelos narrados desde la tradición oral. La contemplación, el mito y la poesía son la base de su cinematografía. En conjunto, configuran una polifonía de silencios, susurros y voces de desplazamiento y desaparición forzada en Colombia. El mito se enlaza con la realidad, está vivo, es dinámico y adaptable; interpreta lo inexplicable de la cotidianidad, reelabora el paisaje y los acontecimientos. Las brujas, espíritus y ánimas aportan otros sentidos a la existencia, conviven y afrontan la violencia. La poesía multiplica la naturaleza del relato; muchas veces nace de la confusión ante el dolor, materializando sensaciones y emociones. Las palabras, sonidos e imágenes construidas poéticamente provienen de la necesidad, en palabras de Rincón Gille, de acallar a la bestia.  

Las narraciones de duelo en Colombia provienen en su mayoría de mujeres. Vale la pena preguntar por qué. Es cierto que muchos hombres han sido asesinados o desaparecidos y quedan las mujeres para contarlos. También es cierto que la expresión de sentimientos y miedos se asocia -de manera desacertada- con las mujeres más que con los hombres y se les señala como rasgos de debilidad y sumisión. En el texto El hombre, su imagen dorada, publicado en cuatro partes en El Tiempo entre enero y febrero de 2020, Rincón Gille cuenta cómo al ir en búsqueda de los relatos se ve una marcada diferencia entre la apertura de las mujeres en relación con la de los hombres. “La palabra masculina era corta, esquiva, escapaba de sí misma y cambiaba de derrotero tratando de no formular tristezas, dolores o miedos. Era una palabra difícil, muchas veces aburrida, intentando camuflarlo todo; con mucho temor a posibles represalias. Por el contrario, la palabra femenina era densa, ininterrumpida y sin tapujos. El dolor no era motivo de vergüenza. La ira se expresaba sin violencia. Todo quería abrirse para respirar”.

Tanto Carmen En lo escondido (2007) como Blanca en Noche herida (2015)1 dibujan con su relato las huellas que va dejando a su paso el desplazamiento forzado (entre otras violencias tangibles y simbólicas). Sus voces están cargadas de dolor y al mismo tiempo no temen a la exposición de su intimidad. Carmen se muestra inquieta. Traza con su cuerpo y sus palabras una imagen cercana a la experiencia vivida. A pesar de los detalles atroces de su historia personal, hace uso del humor para mantener la atención de quien la escucha. Cuestiona su propio accionar y, a su vez, lo asume y acepta. De vez en cuando revela su pena y sensibilidad y de la nada lanza una estruendosa carcajada. Poco a poco cuenta su inmersión en el mundo de las brujas, la dificultad con la que parió a sus hijas e hijos, los maltratos y humillaciones de su esposo y el día que llegaron los paramilitares a sacarla de su casa. Ruder, el hombre que convive actualmente con ella, no interviene en sus relatos. Su presencia es silencio o misterio, participa en sus narraciones desde la distancia.

Yo por ejemplo para curarme de ellas [de las brujas]

para que no sepan lo que voy a hablar

digo una oración entre mi mente…

Entonces digo: murmullos.

Relato de Carmen Muñoz, La vida de las brujas, 2005

 

Blanca vive con sus nietos en la periferia de Bogotá. Su historia es la de muchas personas que han llegado del campo a la ciudad, desplazadas por la guerra. La película no muestra “lo que les pasó”, sino cómo sortean el presente. El documental permite la cercanía a esta realidad a través de la magia del plano fijo. En las acciones cotidianas: cuidar la casa, hacer tareas del colegio, visitar a las ánimas en el cementerio, aparecen indicios de la tierra dejada atrás y la continua sospecha de la violencia. El desplazamiento transforma la relación con el territorio, pero ello no implica el olvido absoluto de lo vivido ni del lugar de origen. Ambos habitan el espacio y el cuerpo de la persona desplazada2. El pasado resuena en la forma en la que Blanca conversa con sus vecinas y aconseja a sus nietos; se refleja en la lógica de sus objetos, en sus altares, en cómo cocina, en el autorretrato que moldea día a día con sus creencias.  

 

Ánima mía, 

ánima de paz y de guerra, 

ánima de mar y de tierra, 

que todo lo que tengo ausente o perdido 

se me entregue o se me aparezca.

Plegaria prólogo de Blanca en Noche herida

 

Los abrazos del río (2010) y Besos fríos (2016) abordan la paradoja ausencia-presencia que conlleva la desaparición forzada. En su búsqueda incansable, las familias de las víctimas activan artilugios de reconexión con el ser ausente. Nadie desaparece del todo. Los vestigios sobreviven al cuerpo no hallado. Todos los rincones en la casa de una persona desaparecida están permeados del antecedente de su existencia. Sus fotografías, los espacios que rozaron su piel, las voces que quedaron impregnadas en las habitaciones, su mirada en la mirada de los familiares sobrevivientes. El cortometraje Besos fríos retrata la resistencia de las madres de Soacha para devolverle la identidad a sus hijos ejecutados extrajudicialmente por el ejército colombiano. Al mantener su memoria viva evitan una segunda desaparición y confrontan la omisión de la justicia. Sus objetos se encuadran en primeros planos y su presencia espectral queda consignada en los sueños de sus madres. Cada imagen y cada voz se conecta con las de todas las madres y todos los hijos desaparecidos. 

 

…Qué pena madre, este disfraz.

No me lo puse yo, me lo pusieron.

Incluso entre los muertos tuviste que buscar a otro, 

y otro te dijeron que yo era.

Mírame bien,

quítame el lodo.

Que los vea yo desde la muerte3.

Rincón Gille reconoció el diminuto espacio que ocupaba la expresión del dolor en un padre de Soacha: “el cuerpo se le hundía, su voz se ahogaba. Era un ejercicio que aborrecía. Durante varios días quedaba ensimismado, tratando de escapar de la pena. No sabía de dónde sacaba fuerzas su mujer para poder contarlo”5. Muchas veces se acude al silencio esperando sobrepasar esa sensación perturbadora5, pero el peso del dolor puede llegar a consumir la vida. ¿Cómo resistir? Exteriorizar el duelo algunas veces requiere de artificios. La reconstrucción o reinterpretación artística de la memoria se convierte así en escudo y arma contra los hechos victimizantes que, tras la desaparición del cuerpo del ser querido, insisten en aniquilar incluso su recuerdo.  

Los abrazos del río teje fragmentos de historias de desaparición con las del Mohán, espíritu del río. La corriente es reflejo enigmático del mito y a su vez arrastra los cuerpos de los N.N. entre sus aguas. La mayoría de testimonios provienen de mujeres. Su voz es lenta, acentuada o quebradiza, pero siempre resuena con fluidez. Sus palabras conjuran sensaciones, imágenes, olores, texturas y sonidos. Sin saber muy bien la función que podría tener en un futuro, María Isabel Espinosa consignó en su diario, uno a uno, los cuerpos que veía bajar por el río. Mediante su relectura, la película convierte al espectador en otro testigo del conteo. Un poema de María Isabel acompaña una de las gigantografías de la exposición Magdalenas por el Cauca de Gabriel Posada6.  La secuencia activa un ritual funerario.

 

…Con sus manos amarradas atrás,

la boca llena de trapos

y el cuerpo lleno de balas,

tal parece que no le dejaron opción de gritos, 

de llanto, de quejidos.

No se escucha dolor ni llanto,

ni una madre que diga: hijo mío, Dios te bendiga…

 

Los abrazos del río cumple este año una década de estreno y sigue siendo inagotable. El río como tumba y afluente de vida no era hace diez años una temática nueva en el cine nacional. Se cumplen décadas de su repetición. Se insiste en reinterpretar, denunciar y resistir; la reiteración refleja la dimensión inconmensurable del gesto violento y sistemático. Con Tantas almas asistimos directamente a la búsqueda de los hijos desaparecidos en el río desde lo ficcional y lo masculino.   Durante la creación de Los abrazos…, Rincón Gille se encontró con Nelly. “Sus hermanos habían sido asesinados por los paramilitares y sus cuerpos habían sido arrojados al río. Su padre, braveando la prohibición de buscar y repescar los cuerpos, había salido al río. En poco tiempo y con la ayuda de algunos amigos, pudo lograr lo imposible: volvió a casa con ellos para enterrarlos. Era un gesto valiente que ponía un punto final al dolor7.  

La historia del padre de Nelly sería una señal para Tantas almas. ¿Cómo mostrar la búsqueda y el mundo emocional del buscador? El realizador afirma que mientras el documental recrea de manera indirecta lo sucedido, los hechos y las emociones van aconteciendo en la ficción. Además, era importante crear una especie de universo -o espacio paralelo- en el que la narración masculina se pudiera materializar. Mostrar debilidad, amor y tristeza desde lo masculino y lo paternal -y sin máscaras- puede ser un reto enorme. Rincón Gille ha contado que la desconfianza o el temor que algunos hombres sentían durante su acercamiento terminaba por alzar un muro entre ellos. Por lo general, los hombres no quieren mostrar sus duelos. Muchos se sienten juzgados o re victimizados de antemano. Frente a la fragilidad prefieren huir de sí mismos y de los otros. No se les ha permitido abiertamente ser de otras maneras. Nuestro sistema cultural estereotipado les demanda ser siempre fuertes, guerreros, dominantes. En medio de la guerra ha sido incluso justificado y celebrado su accionar como victimarios.  ¿Qué puede hacer el documentalista, interpretador de mundos, frente a estos roles impuestos? Rincón Gille decidió hacer de Tantas almas una ficción documentada. “Las buenas películas de cine se instalan siempre entre las dos”, asegura . “La ficción era, después de todo, un espejo que permitía descubrir las cosas sin juzgar. Le da al hombre distancia para mostrarse como posiblemente es”. 

Cuando el director conoció a Arley vio en él lo que llama “la precisión tranquila”. La potencia de la presencia8. Corresponde a una especie de seguridad interior que poseen algunas personas y se expresa en su mirada serena, en su voz, en la espontaneidad de su cuerpo, en la forma de aproximarse a los otros. Arley actúa un papel cercano al de su propia realidad. En Simití, al sur de Bolívar, José es un pescador. Sus dos hijos, Dionisio y Rafael, son asesinados y lanzados al río por los paramilitares. José sale a buscarlos a pesar de las manifiestas amenazas de los grupos armados. La inmensidad del río acompaña su soledad. Las ánimas y rezos le cuidan la espalda. Los objetos de sus hijos encontrados en las aguas funcionan como artefactos de llamamiento. José canta y su canto evoca la relación con sus hijos. 

 

Ese muchacho que yo quiero tanto

ese que yo regaño a cada rato

me hizo acordar ayer,

que así era yo también cuando muchacho

que sólo me aquietaban dos pencazos

del viejo Rafael.

Y se parece tanto a papá

hombre del alma buena…

 

Fragmento de Mi muchacho, de Diomedes Díaz

 

La mayoría de actores y actrices son naturales y conocen muy bien el territorio. Carmen, de En lo escondido, vuelve a aparecer en Tantas almas. Actúa de la mujer campesina que es. La película tiene un aire muy cercano al documental, pero la ficción le permite a Rincón Gille mostrar lo que va sucediendo siendo fiel a su estética contemplativa. Incluso los sueños tienen un vínculo directo con la mirada del espectador.

 

Mis recuerdos son aquellos paisajes

y los estoy pintando exactos como son.

Ya pinté aquel árbol del patio

que es donde tú reposas cuando calienta el sol…

Fragmento de Los sabanales, de Los Corraleros de Majagual9

 

En su soledad, José continúa sin compartir el dolor más que con sus propios muertos. Buscarlos y encontrarlos lo mantiene en pie, navegando o nadando sin descanso a lo largo del río. Tantas almas abre una puerta en la carrera del cineasta al indagar acerca de posibles formas de expresión del duelo masculino; formas de contención que permitan respirar y atravesar el dolor y la ira que va dejando la violencia. Necesitamos más cine que haga estas preguntas y plantee otras estrategias. Ojalá la ficción documentada o el documento ficcional –el cine a fin de cuentas– encuentre la forma de revertir los muros y hale de los puntos extremos para dialogar entre las distancias y mostrarnos sin temor al acecho o al ataque premeditado. Ojalá el cine que viene nos dé señales para gestionar mejor el dolor y nos permita observar y escuchar de frente –o acaso diagonalmente– el pasado que erróneamente ubicamos a nuestras espaldas.

 

 

 

 (1) En lo escondido (2007), Los abrazos del río (2010) y Noche herida (2015) forman parte de la trilogía Campo hablado.

(2) Un bello ejemplo de esto es la serie fotográfica Signos Cardinales. Cuadernos de geografía (2008), de Libia Posada: evidencia la relación, a la vez simbólica y directa, entre cuerpo y territorio. Posada trabajó en talleres cartográficos con once mujeres desplazadas, quienes reconocieron el valor de sus pies y piernas en sus propias historias de huida y despojo. Los mapas de sus desplazamientos fueron trazados por la artista en las piernas de estas mujeres y luego fueron fotografiadas.  Las imágenes funcionan como evidencia de lo vivido y son testimonio de la resistencia de las sobrevivientes. 

(3) Nicolás Rincón personifica la voz de uno de los jóvenes de Soacha asesinados que ha sido reconstruida/imaginada por su madre a través de un texto. 

(4) Rincón Gille, N. El hombre, su imagen dorada.  El Tiempo, enero-febrero de 2020.

(5)  El hombre trata de ocultar sus heridas pensando en que así van a desaparecer. La mujer las expone y en su acto de valentía nos permite secarlas al viento”. Entrevista realizada a Nicolás Rincón Gille por Diego Batlle para retinalatina.org en 2017. 

(6) La imagen de una mujer llorando y tapándose la boca con las manos forma parte de esta secuencia. https://magdalenasporelcauca.wordpress.com/

(7) Rincón Gille, N. El hombre, su imagen dorada.  El Tiempo, enero-febrero de 2020.

(8) Rincón Gille define la “presencia” como “esa capacidad espiritual que tantas veces se confunde con el físico o el porte y que tiene que ver con ese todo que envuelve a una persona y que aún no logramos entender, base de nuestros lazos afectivos más profundos”.

(9) Canción que conecta a José con su hijo Dionisio, perdido entre los desaparecidos en una fosa común en el cementerio.

 

 

 

 

 

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