Cero En Conducta / Especial cine colombiano

UNA DÉCADA DE CINE COLOMBIANO EN ARGENTINA

Si algo tengo claro es que soy un lego en materia de cine colombiano. De hecho, aclarémoslo, aún no sé si estas dos palabras juntas logran dar cuenta de algo con precisión. Así que, en lugar de profundo o ingenioso, este conteo va a ser burdamente personal y anecdótico. Viví prácticamente la totalidad de esta década en Buenos Aires, Argentina. Y mi contacto con el cine colombiano estuvo mediado por la inesperada posibilidad de poder acceder a alguna película colombiana cada tanto, ya fuera, especialmente, en festivales, muestras esporádicas o estrenos no tan casuales, pues varias películas son coproducidas con Argentina. Así, más que una lista de películas que marcaron la década u obras secretas que pocos ungidos conocen, este listado da cuenta de diez aventuras del cine colombiano en Argentina.

1. El vuelco del cangrejo, de Oscar Ruiz Navia (2010), en el BAFICI. 

La aparición de Ruiz Navia en el panorama del cine nacional fue un hecho de digna algarabía. País acostumbrado a chispazos inesperados y aislados de gracia, la validación de la ópera prima de Navia en el extranjero fue para mí una intriga absoluta. Verla en el BAFICI fue asistir con agrado al desmembramiento de esa intriga, alinearme con aquellos que encontraban en la obra del caleño una mirada sensible y un pulso firme nutrido del mejor cine de autor europeo. En la efervescencia del momento llegué a esperar con ansias la consolidación de una promesa: contar con el gran autor cinematográfico a nivel nacional. Promesa que no se solidificó y expuso lo precario que es seguir hablando de autores y lo arbitrario de buscar la gloria de un país en el esfuerzo de un artista.

2. Gente de bien, de Franco Lolli (2014), en el Festival Internacional de cine de Mar del Plata.

Nunca había escuchado el nombre de Franco Lolli, no había visto sus cortos, no podía entender de dónde había salido esta película, aunque se hubiera presentado en Cannes. Desubicado y sin esperar mucho, Lolli fue una grata sorpresa para mi década de cine colombiano. Su sutileza a la hora de acercarse a la realidad, su perspicaz forma de adentrarse en las relaciones humanas y su cariño y respeto por todos los personajes eran algo nuevo para el cine colombiano. Salí del cine pensando en la delicadeza de 35 rones de Claire Denis y con eso ya no tengo que anotar más razones para que aparezca en este conteo.

3. Días extraños, de Juan Sebastián Quebrada (2015), en el BAFICI

De nuevo el BAFICI. Esta vez selecciona una película sobre jóvenes estudiantes colombianos sobreviviendo entre pasiones y desencuentros en los Aires Buenos. Blanco y negro. Viñetas rebeldes y personales. Cine juvenil. El retrato de una generación de migrantes que pone en pantalla sus experiencias y obsesiones. Imposible no identificarse. Sergio Wolf (Exdirector del BAFICI) se dejó llevar por la euforia y declaró que era la mejor película colombiana en décadas. Desde Colombia salió el incipiente paladín de la precaria crítica colombiana, Pedro Adrián Zuluaga, a defender el cine nacional señalando lo arbitrario de las declaraciones y lo altanero del gesto. Alboroto mediático que funcionó como el perfecto marketing. Ese año fue de las películas más comentadas en los pasillos del BAFICI. 

4. Mambo cool, de Chris Gude, en el MALBA, Muestra Hacia un cine colombiano (2015)

Libertad cinematográfica. Esta muletilla que se le exige muchas veces a las películas y que, cuando se materializa, genera algazara en la cofradía cinéfila. No es la mejor forma para expresarse de una película, pues no dice nada y, sin embargo, lo dice todo. Mambo cool es de esos placeres que desubican, esos bocadillos de sabores exóticos imposibles de definir.  

5. El abrazo de la serpiente, de Ciro Guerra, estrenada en el cine BAMA en el (2016). 

Aunque llegó a Argentina en el 2015, al Festival de Mar del Plata y salió victoriosa del certamen, el verdadero acontecimiento fue ver cómo una película colombiana duraba meses en una sala de cine arte. Algo inexplicable en estos tiempos en los que las distribuidoras rezan y luchan por mantener una película en cines. Un logro que se alimentó mucho del boca a boca y que se podría explicar, en parte, por su nominación al Oscar. Si les gusta o no la película, que cada quien pregone sus loas o escupa sus improperios. Yo les cuento lo que logró en una pequeña sala de cine, de esas que hoy no existen y se han vuelto un mero recuerdo.

6. Inmortal, de Homer Etminani (2016). BAFICI 2016

El BAFICI estrena competencia latinoamericana. Su director, Javier Porta Fouz, y su equipo de programación buscan darle un nuevo impulso al festival en la región y configuran una sección en donde aparece Cosme Peñalota, protagonista de este híbrido entre documental y ficción que resultó ser la obra perfecta para ese cine imperfecto que soñaba y realizaba Mekas. El último plano de la película filmado en Bocas de Ceniza, el punto de desembocadura del río Magdalena en el Mar Caribe, resulta tan evocador como potente a la hora de hablar del conflicto colombiano, sin necesidad de mostrar una fila de cadáveres. 

7. Matar a Jesús, de Laura Mora (2018). Estreno en el Cine INCAA Gaumont

Al salir de la función de prensa de Matar a Jesús en el cine Gaumnont, los periodistas cuchicheaban que el cine de sicarios había vuelto a Colombia, pero esta vez traía consigo una potencia y humanidad inusual. Una mujer entraba al selecto grupo de “famosos” directores colombianos y lo hacía con vehemencia, desde las entrañas. A Colombia todavía le falta vomitar muchos muertos, a pesar de que la gente esté cansada de hablar de violencia y de verla en el cine. Qué mejor que esta película para recordarlo de la mejor manera posible.

8. Completo, de Iván Gaona (2013); Becerra, de Jerónimo Atehortúa Arteaga (2015); Madre, de Simón Mesa Soto (2106). Cortometrajes nacionales en el shnit worldwide shortfilmfestival sede Buenos Aires

Dirigí durante 5 años la sede de Buenos Aires del festival de cortometrajes shnit. Un evento con una selección internacional de alta calidad que reunía cada año lo mejor del cortometraje de diferentes partes del mundo. Encontrarme con 3 cortos colombianos en su selección fue un llamado de atención. Me di cuenta  que en la tierra de Shakira y el Pibe algo estaba pasando mientras yo intentaba labrarme un camino en otros lares. 

9. Documentales: Como el cielo después de llover, de Mercedes Gaviria;  Pirotecnia, de Federico Atehortua; Después de norma, de Jorge Botero, Lázaro, de José Alejandro González (2019 – 2020) 

Si algo debo defender, y no es por ser programador de la MIDBO, es el importante lugar que se ha labrado con el tiempo el documental. Etiqueta caduca y manoseada, que momifica un género en ebullición. El cine de lo real es el espacio idóneo para la experimentación, los riesgos formales y la reflexión desencadenada. Estas son obras personales y diversas, y, aunque podría anotar varias más, con estas basta para declarar que el documental nacional está transitando un momento particular en donde lo íntimo como insumo de reflexión y conocimiento personal se convierte en algo público para poner en evidencia la complejidad de nuestros lazos familiares y nuestra historia.  

10. Luis Ospina en el BAFICI y en el Festival de cine colombiano en Buenos Aires.

Por último, es imposible mirar esta década del cine colombiano, y la anterior, y la anterior, y la anterior, sin pensar en Luis Ospina. Durante todos los años que asistí al BAFICI, era increíble verlo hacer fila desde temprano para devorar películas. Con sus gafas anchas y su semblante comprimido, me hacían pensar que si los argentinos se hacen llamar apasionados es porque no conocían la pasión de Ospina por el cine. El BAFICI y muchos otros festivales y muestras reconocieron esta obsesión con retrospectivas y tributos. Su ausencia marca la década por venir, pero su presencia permeó, influenció y marcó la década que dejamos atrás.

11. La ñapa: Este conteo me señala algo que es especial en Argentina y que, en esta década, lo es aún más en Colombia. La vitalidad e importancia de los festivales de cine. El FICCI, el Ficcali, la MIDBO y el BIFF, son espacios que ayudan a consolidar esa anhelada utopía de la industria nacional cinematográfica que emerge en cada conversación amenizada con una cerveza. Que el FICCI haya renacido, no de las cenizas, sino del mismísimo estiércol, es, para esta humanidad cinematográfica agobiada y doliente, una bendición. Vine hace unos años de vacaciones a ver si tantas murmuraciones sobre el FICCI eran ciertas, y descubrí con agrado que se había convertido en un referente en la región y que los directores, productores, críticos y amantes del cine tenían de nuevo en Colombia un espacio para embriagarse de buen cine, conspirar y ver revolotear sus ideas. En Cali y Bogotá no se dejaron echar tierra y esos espacios se fueron fortificando o consolidando. Hoy en día, mirando hacia una nueva década virtual, en donde la fiesta que brindan estos espacios parece desaparecerá, será el contacto humano lo que más se extrañe del 2010-2020, porque, en el fondo, aunque no hayan festivales presenciales y se conviertan en espacios virtuales, el cine nacional continuará creciendo, mutando y alimentándose de los cambios y las exigencias de cada época.

 

TAMBIÉN PODRÍA GUSTARTE

No hay comentarios

    Responder