Cero En Conducta Nº6 / Abril - Junio 2019

LOS VIAJES DE LA MÚSICA

Miguelito, de Sam Zubrycki

Entrevista a Sam Zubrycki, Director de Miguelito – Canto a Borinquen

El documental Miguelito, ópera prima del director australiano Sam Zubrycki, tuvo su estreno mundial en el pasado FICCI. La película, que comienza como una tradicional biografía sobre Miguelito, el niño puertorriqueño cantante de salsa que desapareció luego de grabar un único disco en 1973, sorprende al público con los caminos inesperados que recorre, producto de la búsqueda de Miguelito, y las preguntas que su final plantea. En su tercera visita a Colombia, hablamos con Sam sobre sus inicios en el cine, el proceso de seis años para hacer la película y lo que significa hacer un documental lejos de su país y su entorno cultural.

Alvaro Ruiz: Sam, usted es músico y también DJ. Eso seguramente explica su conexión personal y el porqué se animó a hacer esta película. Sin embargo, vamos al origen, ¿dónde nace su pasión por la música?

Sam Zubrycki: Yo estudié trompeta clásica por 15 años. Gracias a esto me empecé a interesar mucho en la música y a coleccionar discos. Fue la trompeta la que me abrió las puertas de la música latina, a través de los grandes de la trompeta de la música latina, Arturo Sandoval, Víctor Paz y otros más. Supongo que cuándo cambié de carrera, en algún momento dejé a un lado mi sueño de ser trompetista clásico. Me fui a viajar y mi afición por la música creció, seguí coleccionando más música y aprendí a bailar. Esta película simplemente es el resultado de la unión de mis dos pasiones, el cine y la música.

AR: Entonces, ¿vino a Colombia atraído por su tradición salsera?

SZ: Yo ya había estado en Suramérica, en Argentina y Brasil, pero había oído hablar mucho de Cali y su amor por la salsa, en general por la pasión que tienen aquí por la música. Entonces quise venir, explorar y tratar de entender eso. Fue en ese viaje que me topé con el disco de Miguelito.

AR: ¿Como australiano, qué fue lo que lo conectó con la música y el mundo latino?

SZ: ¡Todo! La música fue la puerta de entrada, pero cuando pude acercarme un poco a la

cultura latina en Sídney, en los bares y lugares de bailar salsa, quise saber más. Ver la gente llena de vida me hizo querer ser parte de eso y entenderlo.

AR: Usted pertenece a una familia de cineastas, ¿sabía que iba a terminar haciendo cine?

SZ: Al principio no quería. Mi energía estaba puesta en mi música y en ser DJ. Pero cuándo me fui de viaje, empecé a tomar fotos y a hablar con la gente; regresé y estudié antropología. Y ahí nació mi interés por el documental.

AR: Hablemos de la película. Es claro que es usted el cineasta que está tras la cámara y tras la pista de Miguelito. Pero hay un punto en la película en que usted decide ponerse frente a la cámara y deliberadamente ser parte de la historia. ¿Cómo surge esta decisión?

SZ: Fue una decisión orgánica que salió en la sala de edición. Al principio yo no quería ser parte de la historia, pues mi intención era que la historia fuera contada únicamente por la gente que conoció a Miguelito, pero la realidad es que la película también es sobre mi viaje, sobre mi descubrimiento de Miguelito.

AR: Seis años le tomó hacer la película. En un documental, muchas veces se sabe el punto de partida, pero no dónde ni cuándo va a terminar. ¿Cómo fue el proceso de rodaje y edición de la película?

ZS: En los seis años hice tres viajes, a Puerto Rico, Nueva York y Colombia. En el primer viaje conocí a algunas personas, pero sentí que la travesía había sido un fracaso, que hacer esta película iba a ser muy difícil. Además, yo no hablaba el idioma; entonces la abandoné. Y mi papá me dijo: “Tú no vas a ser capaz de hacer esa película, es muy difícil”. Eso, al contrario, me motivó a seguir. Regresé un año después y rodamos sin parar por tres meses. Me devolví a Australia con 150 horas de material y me pasé los siguientes seis meses viendo todo, haciendo apuntes. Las traducciones tomaron otros seis meses. Hice un primer corte y luego llegó al proyecto el editor, y con él trabajamos otros 16 meses. Finalmente tuvimos un corte, y en ese momento decidí hacer otro viaje para capturar algunas cosas que hacían falta. Luego de eso trabajamos otros ocho meses, hasta que llegó la noticia de la selección en el festival y tuvimos que correr para hacer la finalización de la película.

AR: ¿Sus padres, como cineastas, se involucraron con la película?

SZ: Sí, ellos son la compañía productora, JOTZ. Fueron esenciales durante todo el proceso, siempre dándome retroalimentación en la edición sobre qué sentían ellos que estaba funcionando y qué no. También editamos en la casa de ellos, lo cual fue una ventaja.

AR: ¿Entonces, haciendo la película, sintió el peso de ser el hijo de Tom Zubrzycki y Julia Overton, dos figuras importantes del documental en Australia?

SZ: Sí, se sentía un peso grande. Los dos son muy respetados en la industria, pero ¿qué puedo hacer yo al respecto? Algunas personas seguro van a tener una opinión más dura porque soy el hijo de Tom y Julia; pero eso también me ha abierto puertas. Por ejemplo, recibí retroalimentación del proyecto de personas con mucho conocimiento y muy valiosas.

AR: Usted logró que la familia de Miguelito y Harvey se expusieran frente a la cámara hasta el punto de reabrir heridas del pasado. ¿Cómo lo logró siendo un extranjero y un desconocido?

SZ: Ser un extranjero me trajo beneficios. No hablar el idioma y no conocer muchos de los códigos culturales me dio libertad para lanzar preguntas fuertes sin que las respuestas me afectaran; pero no tener el idioma también fue una desventaja. Muchas veces no sabía dónde poner la cámara, cómo ponerme en contacto con la gente o cómo buscar a las personas. Por ejemplo, encontrar a la familia de Miguelito fue muy difícil, pues al principio tan solo tenía su nombre completo, que había sacado de la portada del disco. Fue por pura casualidad que encontré a su hermana vía Facebook. Ahora, la historia de cómo me gané la confianza de ellos no está en la película por cuestiones de tiempo. Al principio ellos no querían hablar conmigo, tenían miedo que les pasara lo mismo de antes con Harvey. Pero una vez conocieron mis intenciones, las cosas fluyeron. También, de cierta manera, a la hora de contar historias ser un extranjero es positivo, pues permite tener una mirada desde afuera sobre las cosas que se tratan, y eso puede ser refrescante, novedoso.

AR: Al final la película plantea unos dilemas morales que no resuelve. ¿Fue esta la intención desde el principio, que el público fuera quien tuviera que responder estas preguntas?

SZ: Sí. Por ejemplo, al final, cuando vemos a Harvey y al niño que toca en la calle, nos preguntamos qué tanto del niño debíamos poner en la edición. Entre más poníamos al niño, más parecía que la historia era de Harvey. Entonces quisimos dejar que fuera el público quien tomara partido. Harvey no sale muy bien librado en la historia, y aún tengo sentimientos encontrados con él, pues su música me gusta.

AR: El público natural de la película está en Latinoamérica, sin embargo, ¿cuáles son sus expectativas cuando se estrene en Australia?

SZ: Espero que muchas personas que no conocen esta cultura vean la película, se enamoren de la música y entiendan lo que yo siento por este tipo de música. Claramente aquí está la casa de esta película.

AR: ¿Cuál es su próximo proyecto?

ZS: Voy a hacer una película sobre los melómanos en Cali. Sobre los coleccionistas de discos, su relación con la música y la relación de la ciudad misma con la música. Cali es la única ciudad del mundo en la que he estado en la que la ciudad misma se ha apropiado de un tipo de música que no nació ahí. La manera en que Cali adoptó la salsa es muy poderosa.

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