Cartografía

CINE DESDE EL SUR: MÁS ALLÁ DEL PAISAJISMO

El viaje por el extremo sur del país le sirve a Erica Acuña para detectar los posibles movimientos que llevarían a la futura conformación de un nuevo centro de creación audiovisual del país, allá donde las ideas mantienen una lucha aguda con la realidad de los recursos y posibilidades. Una mezcla de energías desbordadas y esfuerzos de todos los sectores empieza a hacer nacer un nuevo capítulo en las imágenes del sur. 

 

Un encuentro con dos realizadores nariñenses

 

 

No solo somos un acento, un carnaval o un volcán”

Juan Pablo “Tuchí” Ortiz  

Rumbo al Sur

Aunque el sol ya alumbra todo, son apenas un poco más de las siete de la mañana, doy una revisión final a la cámara, el micrófono y las baterías. Parto rumbo al sur. Camino al aeropuerto, aún me sigo preguntando sobre el elevado costo del pasaje y la singular escala en Cali, como si mi destino estuviera aislado o en el exterior. Por el teléfono doy unos últimos cruces de whatsapp, cordino los detalles de mi llegada con un desconocido director al que aún no me atrevo a decirle, como todo el mundo lo hace, Tuchi, ¿de dónde vendrá su apodo?

 

Pasto, la ciudad sorpresa

Juan Pablo Tuchí Ortiz ha preparado cada detalle de nuestro encuentro, tiene una cuidadosa agenda que comienza con un almuerzo típico nariñense, sin duda la mejor forma de romper el hielo, pues es imposible no reirse de mi cara al pensar en el cuy en el plato, o de mi ignorancia frente a la existencia de la choriza y otras tantas tradiciones culinarias del sur. El café, obligatorio, lo dejamos para su casa. Nos reciben su pequeña hija y su esposa Paola, una talentosa e inquieta productora, cómplice de sus proyectos cinematográficos. Llenos de mucha más confianza empiezo a descubrir a ese misterioso cineasta que tengo frente a mí.

Entusiasmado, responde a mi interés para saber por qué decidió dedicarse al cine: me cuenta que, desde octavo, cuando se escapaba del colegio, el cine se convirtió en su gran refugio, al principio simplemente porque sería el último lugar en una ciudad tan pequeña donde alguien iría a buscarlo, obviamente, ya fugado, hacía la tarea completa viendo y disfrutando la película. Fue así que el cine comercial de los 90 que llegaba a Pasto despertó su amor por la imagen en movimiento, acá no puedo evitar sentir curiosidad sobre cómo un hombre que empezó con Rambo o El Regalo Prometido llegó a los cortos documentales sobre nuestro conflicto armado, o a hacer algo como Desobediencia o cómo entrenar gallos de pelea (2019), una película experimental que evidencia unas preocupaciones muy particulares detrás de un realizador, sobre el sistema económico imperante, el orden mundial y la obediencia como una forma de coartar la libertad humana.

Para Tuchí son varias las situaciones que marcaron puntos de giro en su vida: dos años en una facultad de derecho (que le mostraron otra(s) realidad(es) lejanas para eso que percibía como una burbuja artística), por varios años estar solo a cargo de su primer hijo (a quien con cariño llama “Yotushi”, lo que me revela el origen de su apodo) mientras estudiaba cine y televisión.; trabajar algunos años en el mundo de la publicidad (donde encontró el éxito profesional, pero la realización personal esquiva, porque, aunque respeta y valora el oficio, simplemente admite que se sentía en el lugar equivocado); también su trabajo en comunidades indígenas como la Awá (se aproximó de primera mano a otras realidades y descubrió que, a pesar de tener otro idioma, otras costumbres y otra cosmovisión, compartíamos muchas más similitudes de las que creía, lo que le permitió aprender y compartir su conocimiento de una manera más fluida); y, por último, su trabajo con otras comunidades de Nariño, aisladas y víctimas de la violencia, donde a través de la experimentación como narrativa y trabajando formatos como la videodanza y el mapping, les dió una voz propia.

Después de varios cafés, voy descubriendo lentamente los intereses, las dudas y los cuestionamientos detrás del realizador. Confieso que me impresiona la humildad con la que habla de su trabajo social. No sé si no dimensiona el impacto que ha podido tener en las comunidades con las que se ha involucrado y a las que ha brindado una herramienta real para mirarse y transformarse, como es el registro de su cotidianidad a través de la imagen, un registro propio, apartado de la mirada sesgada del que llega. 

 

La ópera prima

505 kilómetros al norte, ya en la capital, la atenta respuesta del público vernáculo ha ocasionado que Cine Tonalá programe otras cuantas proyecciones más de Desobediencia o cómo entrenar gallos de pelea, primer largometraje del director Juan Pablo Ortiz. Tuchí me comparte la noticia con una sonrisa mesurada, realmente me sorprende su calma, pues, aunque parezca increíble, estamos hablando de “la primera película pastusa que llega a salas de cine nacional”. Esta novedad nos da pie para ahondar  en el origen y proceso de Desobediencia. Para Tuchí la génesis está en dos textos que, aunque llegaron a su vida en momentos diferentes, constituyen la semilla de lo que varios años después veríamos en pantalla. El primero de ellos es Servidumbre Voluntaria o el contra uno (1548), de Étienne de La Boétie, un manifiesto donde se debate sobre el porqué los pueblos aceptan el poder despótico de unos pocos y cómo ese poder se puede vencer por medio de la resistencia no violenta, el segundo texto es Desobediencia civil (1849), de Henry Thoreau, en donde el autor incita a buscar lo justo, así esto se encuentre fuera de la ley. El primer esbozo del guion surgió de la Maestría en escrituras para televisión, cine y narrativas transmedias de la Universidad Autónoma de Barcelona; sin embargo, tal vez no haya nada más mutable que un proceso creativo, y de este bosquejo no queda casi nada en la historia que hoy conocemos. El hallazgo de una carta de un excombatiente donde le reclama a su madre por haberlo dejado unirse a un grupo armado, algunas historias de nuestra violencia que recopiló mientras trabajaba en las regiones de Nariño y el encuentro con diversas personas, cuyas historia de vida inspiraron la creación de los personajes, un cuestionamiento constante sobre cómo la obediencia de los diferentes agentes de la guerra perpetúa el conflicto, y sus reflexiones sobre el perdón y el autoperdón como camino para la transformación espiritual, confluyen en Desobediencia. Ya establecido un nuevo guion, había un reto mayor, llevarlo a la pantalla, pero, ¿cómo hacer cine sin tener grandes recursos, sin acudir a las convocatorias de los grandes fondos?, mientras trataba de descifrar el acertijo llegó IO, un corto autobiográfico que resultó ganador del Festival Experimental de Bogotá – Cine autopsia en el 2016, el premio consistía en 40 horas de postproducción y la entrega de tres DCPs para una próxima producción, otorgado por  el centro Ático de la Universidad Javeriana. Tuchí, vio aquí la oportunidad perfecta para que su primer largo viera la luz y sin dudarlo se lanzó al agua; premio en mano, convocó a un grupo de veinticuatro personas entre amigos y ex estudiantes de comunicación y los invitó a ser parte de su ópera prima, advirtiéndoles, claro está, que no había sueldos y que el plan era que en algún momento recibirían un porcentaje de las ganancias según su grado de compromiso (sobra decir que, en este punto, no era muy claro cómo llegarían dichas ganancias). Veintidós personas se sumaron a la locura de Desobediencia

Después de tres meses preparando actores, definiendo locaciones y ajustando los detalles de la producción; después de tan solo once días de rodaje y unos cuantos más de edición, Tuchí tenía en sus manos tres DCPs de su película. Riendo, recuerda que lo primero que pensó con Paola fue: “¿y qué se hace con esto?” Un poco a tientas comenzaron a enviarlo a diferentes festivales sin mucho éxito, pues no conocían muy bien cómo funcionaba el proceso ni qué aspectos de la curaduría del festival debían tener en cuenta, su experiencia estaba en el corto documental y experimental. Todo cambió cuando, investigando sobre posibles distribuidores, se cruzó en su camino Distrito Pacífico, una interesante empresa enfocada en el cine comunitario y alternativo proveniente de las regiones, con ellos se abrió la posibilidad de llegar a salas alternativas en Pasto, Manizales, Medellín, Cali y Bogotá, además, descubrieron la viabilidad de aplicar al estímulo automático de distribución que otorga Proimágenes, al final, en alguna parte del proceso, no estaba de más acudir a los grandes Fondos. El día ha sido largo, camino unas pocas cuadras hacia mi hotel, mañana tendré un encuentro con algunas de las personas que han hecho posible Desobediencia. 

(galería Desobediencia)

El efecto Desobediencia, el camino hacia una segunda y tercera película

Pasto tiene ese encanto que tienen la ciudades pequeñas de ir a un ritmo menos vertiginoso, así que me puedo tomar con un poco más de calma el café de la mañana, Tuchí ha coordinado algunas entrevistas con parte de su equipo, así como la visita a algunas locaciones. Nos desplazamos a otro sector de la ciudad para visitar el taller de Ana Lucía Tumal, una reconocida artista visual que ha expuesto su obra en diferentes escenarios de la región y a la que admira por el uso que hace de materiales orgánicos como el barro, el tejido y la madera en sus instalaciones, así como por su capacidad de materializar sus ideas; la artista no solo hizo parte de Desobediencia como directora de arte y actriz, sino que ahora también hace parte del equipo que trabaja en sus siguientes dos largometrajes Entre el arrullo y Negro absoluto. Ana nos recibe con la amabilidad propia del nariñense, me muestra algo de su trabajo y con una profunda admiración me dice por qué se involucró con el cine de Tuchí, “Creo que el cine de Tuchí nos cuestiona sobre la dualidad del ser humano, sus contradicciones, él busca, tal vez, darle un sentido y siente la necesidad de conectarse con nuestro origen, con lo indígena, con lo espiritual, que es vital”. Esta admiración y estas ideas serán el común denominador que encuentre a lo largo de mi charla con otros miembros del equipo, como los actores Brayan Muñoz, Eduardo Ortiz, Esteban Unirraga o Nicolás Tupaz, quienes muy amablemente han separado una tarde para hablar conmigo sobre su experiencia, su incursión en el cine de la mano de Tuchí y sus próximos proyectos junto a él. A todas y todos, sin excepción, los ha convocado las preguntas sobre la espiritualidad que asaltan a Tuchí: su concepto de mundo y su intención de hacer un cine diferente al que ven usualmente en pantalla, un cine conocido popularmente como experimental y que esperan que trascienda, rompa los esquemas y los imaginarios sobre Nariño como el folklore, el humor y el paisajismo, elementos que no necesariamente son malos, pero con los que claramente no podemos simplificar a toda una región.

Antes de que oscurezca, Tuchí me lleva a visitar algunos lugares de la ciudad que sirvieron como set de Desobediencia…, El Teatro Municipal y la Iglesia Cristo Rey, aquella famosa por tener una estatua donde no es muy claro si quien se representa es San Ignacio de Loyola o Vladimir Lenin, son los sitios elegidos para nuestro tour; para mi, es verdaderamente llamativo que dos espacios tan emblemáticos y que representan de cierta forma lo más conservador de la sociedad pastusa hayan sido prestados para una película que puede interpretarse como “subversiva” o “anarquista”; sin embargo, la respuesta es más sencilla de lo que imagino: en una ciudad donde no se hace cine, muchos quieren sumarse y ser parte de la historia cinematográfica de su territorio. Desobediencia… representó, para Tuchí y su productora Paola Suesca, romper un esquema mental heredado, según ellos, desde la universidad, donde se establecía que la única forma de hacer cine era contando con un presupuesto enorme o acudiendo a estos grandes fondos estatales vistos como complejos y básicamente inaccesibles. La figura que les permitió romper ese paradigma heredado fue “La minga”, una práctica ancestral de la región que invita a los participantes de cualquier agrupación a aportar desde su conocimiento, desde su trabajo. Una especie de pequeñas sumas para lograr un cometido preciso. 

Para el director, Nariño ofrece una oportunidad única de hacer cine bajo un esquema distinto, porque, al no tener una industria y al existir pocos largometrajes filmados, hay un interés real de la comunidad por participar en la experiencia cinematográfica, de aprender, de colaborar, “todo está por descubrir y se puede reinventar, innovar la forma de creación, de producción, además, no se juzga la obra, se puede experimentar porque nace desde el seno de la región, no debemos responder a ningún código estético”. Para Tuchí este modelo, que podríamos llamar de autogestión, le da la posibilidad de pensar desde ya en la realización de otros proyectos bajo una estructura similar, es el caso de su largometraje de ficción Negro absoluto, el cual mantiene la misma línea de exploración sobre las contradicciones humanas que Desobediencia… y al que piensa incorporarle otras estrategias de producción heredadas de la tradición indígena, él se refiere a El trueque: “Creo que si este modelo de producción funcionó una vez, volverá a funcionar, ahora queremos convertirlo en un método estable que se pueda imitar y permita generar más producciones en la región”. Que el modelo de Desobediencia ya se está reproduciendo en otras producciones, como es el caso de la película De Topos y Sapos dirigida por Alberto Moncayo, deja entender en cierto éxito del procedimiento.

Descanso durante la grabación del Teaser de Negro Absoluto – Foto Tuchí Ortiz.

Por otro lado, Desobediencia… también significó un primer acercamiento a esa “industria” hasta entonces percibida como ese monstruo lejano, centralizada, inalcanzable. Fue la puerta de entrada para entender que otros proyectos, como es el caso de la  próxima película de Tuchí, Entre el arrullo, pueden tener un recorrido industrial desde el guion, accediendo a residencias, laboratorios, estímulos, no solo en Colombia, sino en otros países como Ecuador, al cual perciben como coproductor natural de la región. Aunque director y productora son conscientes de que la realización de Entre el arrullo tomará más tiempo y definitivamente marcará otro camino, están convencidos de que representará un importante aprendizaje que podrán transmitir en la región, claramente todavía desligada de una industria nacional que aún perciben muy centralizada y, consideran, todavía mira hacia algunas regiones sólo como posibles locaciones, “Entre el arrullo es una película que queremos hacer desde el modelo de producción industrial, para aprender y replicar con nuestros colegas en Nariño, porque hemos aprendido que el conocimiento es poder”.

 

Un poco más al sur: Tras el Jardín de Amapolas 

Tres horas y media me separan de Ipiales –la frontera–. Usualmente es un trayecto de menos de dos horas, pero esas obras eternas con las que llega el progreso a nuestras vías han alargado el recorrido, incluso dicen que hay días en que uno puede tardar más de 4 horas de camino, más o menos el mismo tiempo que separa a Ipiales de la capital ecuatoriana. Es decir que tengo un buen tiempo para reflexionar sobre mi próximo encuentro con el director Juan Carlos Melo, que es un caso singular en el cine colombiano: su extraño exilio a la tierra del olvido después de su primera película, Jardín de Amapolas (2012), recibidora de muchos elogios y distintas participaciones en certámenes internacionales, ha sido un completo misterio. Podemos estar convencidos de que esa primera película fue el impulso que toda carrera necesita, ahora bien, ¿dónde se ha metido el próximo proyecto de Melo? ¿Cuál es la desconexión entre esa vieja fórmula que sostiene que el éxito de la ópera prima es directamente proporcional al empuje para la segunda?  

Ipiales, como buena ciudad de frontera, tiene, por momentos, una vida un poco más desenfrenada, y no es tan fácil moverse por la ciudad sin conocerla, así que Juan Carlos, muy amablemente, me recoge en mi hotel para buscar un café y empezar a hablar de su historia, de su cine y de sus proyectos. Muy animado, empieza a compartir conmigo, ¿por qué el cine?: el amor por la imagen le llegó desde muy joven, gracias a una cámara que tenía su tío –aún guarda algunos videos familiares donde experimentaba con los planos secuencias y se inventaba métodos para crear planos prefijados, e incluso a algunos trabajos les compuso su música y aprovechaba las exposiciones de arte, que ayudaba a organizar en la ciudad, para exhibirlos–. A mediados de los 90 le presentaron a Jaime Narvaez Lamprea, un coterráneo que había trabajado en televisión en Bogotá y que por ese tiempo grababa la película ipialeña Al son de mi gente (1995). Sin dudarlo, se ofreció como utilero, estando más horas en el set que cualquier otro, allí, con solo 18 años, demostró todo su ingenio y conocimiento, participando en diferentes áreas de producción. Con risas recuerda cómo ayudó con algunos efectos especiales, entre ellos los disparos y la atropellada del protagonista por un carro (en donde fue él el doble de rodaje). También armó luces, fue un personaje secundario, e, incluso, el director descubrió su talento casi innato para la edición, por lo que lo llevó a Quito a que le ayudara con el montaje. Casi 8 años después, viajó a Bogotá y empezó a estudiar cine y televisión, primero en la Manuela Beltrán y después en la UNITEC, pero se sintió muy inconforme con la academia, por lo que regresó a Ipiales dispuesto a hacer su primer largometraje. 

 

Jardín de Amapolas: El plan B

La idea inicial de Juan Carlos era realizar otro largometraje cuya idea aún conserva (y que espero vea la luz en algún momento); sin embargo, dicho largo requería de un mayor presupuesto y actores profesionales, por lo que en ese momento optó por desarrollar la idea que creía más sencilla de llevar a la pantalla, Jardín de Amapolas, un relato de ficción, construido a partir de diversos relatos que se oían en la región y algunos sucesos que habían vivido sus amigos, conocidos y familiares, fue el resultado. Para él, la película no necesitaba mayores locaciones, sentía que podía usar actores naturales, y su amigo Milton Cabrera, un artista plástico Ipialeño, le podía ayudar. En un mes concretó el guion. Juan confiesa que para él es más fácil pensar en imágenes, primero se imagina toda la historia en su cabeza y después la lleva al papel. Con la plata de unos lotes que vendió, encargó a Estados Unidos una Panasonic P2, tiempo después, Jardín de Amapolas resultó ganadora del Fondo de Producción de Largometraje de Proimágenes y, con el premio, cambió la cámara, mejoró las condiciones de producción y comenzó a trabajar. Sin embargo, la plata no alcanzó y tocó frenar por varios meses la realización, a tal punto que, mientras se retomaba el trabajo, algunos de los miembros del equipo alcanzaron a realizar otros proyectos, como fue el caso del sonidista Miguel Vargas (cuando empezó con Jardín… no tenía ninguna experiencia, pero cuando se reanudaron las grabaciones ya había logrado un reconocimiento en su área). Al final se necesitaron tres etapas para lograr terminar la película. Realmente es muy entretenido oír todas las anécdotas que tiene Juan Carlos sobre Jardín de Amapolas: tuvo que aprender a sembrar amapola y después solo cultivar lo mínimo para que la policía no le decomisara nada, al mismo tiempo, sufrir por distintas siembras, pues la amapola solo dura una semana en flor; cuenta cómo la policía le mostró prensas y material incautado, y, además, se lo prestó; revela que parte del cultivo y la avioneta, los hizo digitalmente; que para realizar la bellísima escena en la que el glifosato cae sobre el cultivo usó la carioca o espuma que se usa en Ipiales para el Carnaval; que pintó la mitad de un pueblo, incluida su iglesia, para que tuviera la tonalidad que él buscaba; que  hicieron el sonido en Chile y mandaron a hacer la copia de 35 mm ¡hasta la India!, lo más económico en ese momento. Es muy divertido oír todas sus hazañas, con él el cineasta adquiere esta figura de un eterno fabricante de impensables problemas y soluciones. Frente a mí tengo un cineasta innato, apasionado, pensador de imágenes, que cuando me habla de su ópera prima se desborda en emoción, entonces ¿qué pasó?, ¿qué falló en todo el proceso para que por tantos años estuviera desencantado y desconectado del cine? Al principio, Juan Carlos solo pensaba en hacer películas, quería lanzarse al agua y materializar lo que tanto le apasionaba, contar historias a través de la imagen en movimiento. En ese momento ni conocía el concepto de ópera prima, sí, le habían hablado sobre la posibilidad de participar en los fondos y aunque no estaba muy enterado de las políticas y las leyes alrededor de esto logró presentarlo; ya después de terminada la película, de haber mostrado el largo a Proimágenes (requisito para cerrar su compromiso con el fondo) y de haber sido exhibido en  el Festival Internacional de Cine de Cartagena, no tenía muy claro todo el resto del proceso. Su productora vendió la película a Sundance Channel, gran error, esto obviamente frenó la distribución en Colombia, las exhibidoras no querían llevar a salas una película que ya estaba en televisión por cable, se logró exhibir en Ipiales, con una taquilla muy interesante, básicamente porque la comunidad ipialeña apoya lo hecho en la región. “A la comunidad le gusta que se cuente nuestras historias con una óptica propia”, dice Melo. Por otro lado, algunos errores en la exhibición causaron que la película perdiera la posibilidad de obtener el estímulo automático por estrenar en Colombia: Juan esperaba recuperar lo invertido y salir de deudas con dicho subsidio, la situación lo dejó muy golpeado anímica, económicamente y, por un buen tiempo, no quiso saber más del cine. Reconoce que el mayor problema fue el desconocimiento del sistema, percibido hasta ese entonces como complejo. Hoy sabe que el mayor responsable, por no empaparse de los procesos, fue él: “Creo que la segunda película se debe pensar antes de hacer la primera, nuestro problema fue que no conocíamos muy bien el proceso durante la primera, cometimos muchos errores”.

Han pasado los años, Juan Melo sigue reflexionando sobre lo acontecido, pero su amor por el cine es más grande y pronto volverá nuevamente al ruedo, tiene en sus manos un nuevo guion titulado Soluvia, espera presentarlo al FDC 2020, obviamente, su experiencia con el primer largo lo hace enfrentar un nuevo proyecto con mayor cautela, analizando todas las etapas de un proceso que a veces se puede percibir como fragmentado; sin embargo, para él ya es claro que se debe entender desde el guion hasta la exhibición como un todo, y que el proceso se debe asumir de una forma tal que le permita proyectarse a un siguiente trabajo, esta es una idea que también encontré en mi conversación con Tuchí. Termina mi encuentro con Juan Carlos Melo sin mayores detalles de su próximo proyecto (no hay individuo más cauteloso y misterioso que un director de cine para hablar su película que apenas empieza a rodar). Creo que este silencio hace parte de su estrategia de tomar los siguientes pasos de su carrera con mayor precaución para no cometer ningún error que la frene. Sin lugar a duda, la ópera prima equivale a aprendizaje. Un rito de paso que permite conocer el mundo, el mundo del funcionamiento de las película, con todo lo bueno y lo malo. 

 

Un pequeño balance

Mientras comienzo mi largo regreso a Bogotá, trato de empezar a organizar las ideas en el papel y de recoger algunos puntos en común de mi encuentro con estos dos realizadores nariñenses, que, aunque han llevado procesos cinematográficos muy diferentes, se han convertido, claramente, en dos referentes muy importantes para el cine de la región y, claro está, del país. Creo que la primera conclusión importante es que mi percepción, sobre sentirme viajando al exterior o a una zona apartada, no era tan errada, Nariño sí es un departamento que, territorial y culturalmente, está aislado del centro del país, y el cine como parte de la cultura no es la excepción. Los dos realizadores han manifestado que sienten que la industria sigue estando muy centralizada y que la región es vista, en muchas ocasiones, simplemente como una locación, e incluso cuando se filma desde afuera, se siguen perpetuando ciertos estereotipos como el del pastuso sinónimo “del bobo del paseo”, ó reduciendola a sus paisajes, los dos son enfáticos que, una región tan pluricultural, aún tiene muchas historias qué contar. Otro síntoma importante de la centralización lo encontramos en el sistema educativo: no existen escuelas de cine en la región, la mayoría de realizadores o de profesionales que se vinculan al cine vienen de facultades como comunicación social o han tenido que salir del departamento a estudiar en el interior, incluso algunos, después de salir, no vuelven a mirar la región. Nariño quiere hacer cine, la comunidad se vuelca en torno a su cine, lo apoya, quiere participar, les gustan las historias que surgen desde su interior, los dos directores cuentan con un reconocimiento en sus ciudades, son partícipes de la vida cultural de ellas; sin embargo, tal vez faltan más recursos desde la misma región, inclusive a mi vuelta aún no era muy claro si el estímulo de Cultura Convoca, que ha impulsado diferentes proyectos, se mantendría, sería una pena que uno de los pocos recursos locales de fomento, desaparezca.  Hay que reconocer los grandes logros que hasta el momento ha tenido el sector cinematográfico en el país, sin embargo, sería una necedad no aceptar, que aún son muchos los retos que enfrentamos, seguramente las políticas y el sistema en general, tendrán que seguir madurando para alcanzar esa sostenibilidad tan añorada.

 

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